Puede que, en un quinto piso sin aislamiento en Vallecas, un barrio popular al sur de Madrid, el termómetro supere los 30 grados. La ventana está abierta, pero no entra ni una brisa de aire fresco. El edificio de cemento sigue irradiando el calor acumulado durante el día. A kilómetros de allí, en barrios próximos a grandes zonas verdes como Aravaca o el entorno de Retiro, la noche es distinta. Los árboles del parque amortiguan el calor, las fachadas reflejan parte de la radiación y los vecinos duermen con relativa normalidad. La temperatura interior puede ser de hasta ocho grados menos. Allí, el verano sigue siendo incómodo, pero en el otro barrio se transforma en una amenaza. No es solo una sensación desagradable en el cuerpo. Seguir leyendo
La pobreza energética ya no es solo un problema asociado al invierno. Las altas temperaturas comienzan a tener un impacto sanitario superior al del frío
Puede que, en un quinto piso sin aislamiento en Vallecas, un barrio popular al sur de Madrid, el termómetro supere los 30 grados. La ventana está abierta, pero no entra ni una brisa de aire fresco. El edificio de cemento sigue irradiando el calor acumulado durante el día. A kilómetros de allí, en barrios próximos a grandes zonas verdes como Aravaca o el entorno de Retiro, la noche es distinta. Los árboles del parque amortiguan el calor, las fachadas reflejan parte de la radiación y los vecinos duermen con relativa normalidad. La temperatura interior puede ser de hasta ocho grados menos. Allí, el verano sigue siendo incómodo, pero en el otro barrio se transforma en una amenaza. No es solo una sensación desagradable en el cuerpo. Más del 30% de las familias españolas no logra mantener su casa a una temperatura adecuada durante la época estival, según un informe de la organización ecologista Greenpeace de 2025. Esta desigualdad tiene nombre: se llama pobreza energética de verano y requiere estrategias que vayan más allá de convertir cada hogar en un espacio refrigerado a golpe de aire acondicionado. La arquitecta y coordinadora del proyecto internacional Cooltorise, Carmen Sánchez, lleva años investigando cómo el calor urbano se distribuye de forma desigual en Madrid, Barcelona y otras ciudades europeas de Grecia, Bulgaria e Italia. “El centro urbano y los barrios vulnerables mantienen temperaturas más altas porque sus materiales han acumulado mucho calor y lo liberan lentamente”, señala en conversación con EL PAÍS. Cooltorise es la primera iniciativa financiada por la Comisión Europea para reducir la vulnerabilidad de los hogares en la estación más cálida del año.Más informaciónSu equipo ha cartografiado barrios como Usera o Carabanchel, donde este fenómeno se intensifica en las calles estrechas y edificios envejecidos que retienen el calor después de la puesta del sol. Esa combinación convierte el estrés térmico en un factor de desigualdad que afecta de manera desproporcionada a quienes menos recursos tienen para protegerse. Hoy, la pobreza energética ya no es solo un problema asociado al invierno. El calor comienza a provocar un impacto sanitario incluso superior al del frío. El año pasado se registró en España el verano más cálido de la serie histórica desde que comenzaron las mediciones, en 1961, al superar el récord de 2022, según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet).“Es muy importante no tratar los edificios como termos. Un piso muy aislado necesita disipar el calor generado en su interior y para ello requiere una sinergia con un entorno fresco”, sostiene la también directora del Máster de Medio Ambiente y Arquitectura Bioclimática de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). Entre el asfalto, el hormigón y la escasez de árboles se alimentan las llamadas islas de calor que generan un sobrecalentamiento mayor en el centro de las ciudades en comparación con la periferia o l
