España aventuraba con Adolfo Suárez no solo una democracia, sino también una tendencia. España es un país que nunca se ha creído demasiado su historia, su genio, su vanguardismo de individualismos, que siempre nos ha tenido que venir un inglés, un francés, para reivindicar estas cosas y que nos las creyéramos. Sin embargo, avanzaba en los setenta, con aquel joven de UCD con encanto, un «trending topic» prematuro en nuestra Iberia, que es el político guapo. En aquel debate entre JFK y Nixon, la televisión adelantaba, en esos años en que Estados Unidos era un futuro conjugado en presente, que la política próxima descansaría en la fotogenia del candidato y no en su programa electoral, lo que venía a asentar que, en unas décadas, lo relevante de una idea no sería el concepto que representaba, sino quién la anunciaba. Este sindicalismo de la imagen para la cosa pública ha prosperado hasta nuestras telegenias actuales, como han venido a subrayar Justin Trudeau, Pedro Sánchez y otros varios.. El político de antes necesitaba un discurso, un mensaje, una visión de nación, algo que Felipe González, con su enganche popular, entendió bien y, en un golpe de ingenio, glosó en una americana de pana. Una prenda que era todo un eslogan. Un resumen de su progresía de socialista andaluz. Toda esa lucidez, la de convertir la chaqueta en mensaje electoral, estuvo bien hasta, claro, cuando el asunto se le empezó a descoser con ese amago de la OTAN. Ya no es necesario defender una economía, sino vender un Instagram currado, dar bien en el post, tener unas redes oportunas. La biografía ejemplar, como aquella que vendió Obama como introducción a su ejemplaridad y a sus horizontes intelectuales, es propaganda de ayer, igual que intentar airear discursos en la sociedad del eslogan.. En nuestros tiempos, lo que se estila es lo del chaval ese, Abdul El-Sayed, el político norteamericano, el mismo que ha hecho temblar las bases del Partido Demócrata. Aunque a muchos por ahí lo que más les ha molado de este chico es lo mazao que está y no ese izquierdismo que vende y que algunos interpretan como una reacción a Trump. Se ve que, en una sociedad de influencers, al fin, lo que se va a terminar votando no es un partido, sino a otro influencer. Un tipo en cuya sonrisa todas las mentiras siempre suenen como verdades.
Se ve que, en una sociedad de influencers, al fin, lo que se va a terminar votando no es un partido, sino a otro influencer. Un tipo en cuya sonrisa todas las mentiras siempre suenen como verdades
España aventuraba con Adolfo Suárez no solo una democracia, sino también una tendencia. España es un país que nunca se ha creído demasiado su historia, su genio, su vanguardismo de individualismos, que siempre nos ha tenido que venir un inglés, un francés, para reivindicar estas cosas y que nos las creyéramos. Sin embargo, avanzaba en los setenta, con aquel joven de UCD con encanto, un «trending topic» prematuro en nuestra Iberia, que es el político guapo. En aquel debate entre JFK y Nixon, la televisión adelantaba, en esos años en que Estados Unidos era un futuro conjugado en presente, que la política próxima descansaría en la fotogenia del candidato y no en su programa electoral, lo que venía a asentar que, en unas décadas, lo relevante de una idea no sería el concepto que representaba, sino quién la anunciaba. Este sindicalismo de la imagen para la cosa pública ha prosperado hasta nuestras telegenias actuales, como han venido a subrayar Justin Trudeau, Pedro Sánchez y otros varios.. El político de antes necesitaba un discurso, un mensaje, una visión de nación, algo que Felipe González, con su enganche popular, entendió bien y, en un golpe de ingenio, glosó en una americana de pana. Una prenda que era todo un eslogan. Un resumen de su progresía de socialista andaluz. Toda esa lucidez, la de convertir la chaqueta en mensaje electoral, estuvo bien hasta, claro, cuando el asunto se le empezó a descoser con ese amago de la OTAN. Ya no es necesario defender una economía, sino vender un Instagram currado, dar bien en el post, tener unas redes oportunas. La biografía ejemplar, como aquella que vendió Obama como introducción a su ejemplaridad y a sus horizontes intelectuales, es propaganda de ayer, igual que intentar airear discursos en la sociedad del eslogan.. En nuestros tiempos, lo que se estila es lo del chaval ese, Abdul El-Sayed, el político norteamericano, el mismo que ha hecho temblar las bases del Partido Demócrata. Aunque a muchos por ahí lo que más les ha molado de este chico es lo mazao que está y no ese izquierdismo que vende y que algunos interpretan como una reacción a Trump. Se ve que, en una sociedad de influencers, al fin, lo que se va a terminar votando no es un partido, sino a otro influencer. Un tipo en cuya sonrisa todas las mentiras siempre suenen como verdades.
