La credulidad humana se pone a prueba a diario. Aun a riesgo de ser tildado de fanático, tengo la impresión de que casi no nos quedan verdades a las que aferrarnos. Y la culpa de semejante desafección la tiene la ausencia de fuentes informativas consensuadas. Los conflictos bélicos son perfectos para comprobarlo. En el siglo VI a.C., Esquilo, el padre de la tragedia griega, denunciaba ya que «la primera víctima de la guerra es la verdad», pero es ahora cuando empezamos a darnos cuenta de lo frágil que resulta un mundo sin ella. Desde que Estados Unidos e Israel atacaran a Irán hace diez días, hemos visto de todo: desde el cuerpo del imán Jamenei entre escombros creado por IA, hasta una de esas «inteligencias», Grok, dando por falsas imágenes ciertas del bombardeo de un colegio en Minab. Las redes sociales reciben hoy la misma consideración que los medios de comunicación tradicionales, generando una niebla que solo desdibuja los hechos. Hace siete siglos, Petrarca lo vio venir: «A su manera, el vulgo ha aprendido a tener lo falso por verdadero y lo verdadero por falso», escribió. Y aunque en tiempos del poeta no existían Facebook ni X, en la Italia del quatrocento las fake news y las campañas de distracción circulaban con fuerza parecida, yendo de boca a oído, macerándose semanas antes de un conflicto, hasta acabar en sermones dominicales o en arengas políticas.. Con Irán está sucediendo otra vez. Me detendré en un ejemplo de mi especialidad. En los días previos a la operación Furia Épica, prensa y redes devoraron con deleite un «desliz» del expresidente Barack Obama en un popular podcast. «Los extraterrestres existen», soltó como si tal cosa, llevando al presidente Trump a acusarlo de haber cometido «un terrible error» al mencionar aquello, pero sin entrar en el fondo de la cuestión: ¿Sabe o no la Casa Blanca algo sobre extraterrestres?. Esta anécdota ha sido la cortina de humo prebélica. El debate de si Estados Unidos guarda información sobre alienígenas o si lleva décadas sacando ventaja competitiva de ellos, reverdeció incluso recientes titulares sobre comparecencias en el Capitolio de militares que acusaron al Gobierno de hacer «retroingeniería» con materiales rescatados de ovnis estrellados. Y así, con Epstein y las tensiones con Oriente Medio desdibujadas del foco público, nos ha sorprendido la nueva guerra.. Yo, que soy ávido coleccionista de historias colaterales como esas, acabo de recordar la que bien podría ser la madre de las desinformaciones «de otro mundo». Es la desconocida peripecia de un reverendo evangelista llamado Frank Stranges, en «cruzada internacional cristiana» (sic) para la conversión de América. En 1967, ese hombre de aspecto afable, regordete y con gafas de pasta, fundó el National Investigations Committee on Unidentified Flying Objects (NICUFO) y le dio el carné número uno de su organización al gobernador de California, Ronald Reagan. Le contó entonces que cada año mandaba un informe sobre platillos volantes a su amigo Gerald Ford, y que antes de eso había conocido incluso a Dwight Eisenhower en una circunstancia bien singular: en 1959, durante un viaje a Washington DC para predicar sobre ovnis en la Biblia, fue invitado a visitar el Pentágono. Ike y los militares le pidieron que hablase con un joven trajeado, peinado a raya, que llevaba un año en sus instalaciones y que aseguraba haber aterrizado su nave espacial a las afueras de Alexandria, en Virginia. Stranges conoció así a Valiant Thor, un venusino con aires de funcionario, blanco, de ojos claros e inglés perfecto, que le explicó que había llegado a los Estados Unidos para evitar que una escalada nuclear en la Tierra afectara a todo el Sistema Solar.. Aunque su historia parecía la versión pobre de Ultimátum a la Tierra, el reverendo la convirtió en el eje de sus sermones. Entre fotos de ovnis de época y documentos desclasificados, llegó incluso a compartir imágenes de aquel «forastero misterioso» con la prensa, para contarles que lo único que lo diferenciaba de nosotros era no tener huellas dactilares. Hasta escribió un libro, Stranger at the Pentagon (1966), que se convertiría con los años en objeto de culto bibliográfico.. Por increíble que parezca, los fieles de Stranges han estado pagando hasta 2008 por atender sus charlas en EE.UU., Canadá o México. Les encantaba oírle contar las historias de Val Thor, de sus colegas venusianos ahora infiltrados por todo el planeta, de sus extravagantes citas a lo largo de décadas, y de cómo su nave –llamada la Victor One– se encuentra en este momento aparcada en Nevada, oculta tras un campo de fuerza. Por supuesto, nadie en el Pentágono salió nunca a desmentirlo, ni tampoco hicieron caso a su recomendación de armisticio nuclear. Aunque en 1987, el socio número uno de NICUFO subió al estrado de las Naciones Unidas para hablarle al mundo de lo conveniente que sería tener una amenaza extraterrestre para que desaparecieran las rencillas entre los países y nos uniéramos en una causa que nos alejara de la guerra atómica. Reagan lo dijo, sí. Ahí está la hemeroteca. Igual que ahora han vuelto a recurrir a «ellos» Obama y Trump, sin contacto aparente con Valiant Thor, que se sepa.. O el mundo se está volviendo definitivamente loco… o un día de estos nos pedirán que creamos que hubo un extraño en el Pentágono venido de Venus que vino a parar el horror nuclear. La paranoia está, pues, bien sembrada. Tal vez para seguir poniendo a prueba nuestra infinita credulidad.. Javier Sierra, es premio Planeta de novela y autor del ensayo «Roswell, secreto de Estado».
Aunque su historia parecía la versión pobre de Ultimátum a la Tierra, el reverendo la convirtió en el eje de sus sermones. Entre fotos de ovnis de época y documentos desclasificados, llegó incluso a compartir imágenes de aquel «forastero misterioso» con la prensa
La credulidad humana se pone a prueba a diario. Aun a riesgo de ser tildado de fanático, tengo la impresión de que casi no nos quedan verdades a las que aferrarnos. Y la culpa de semejante desafección la tiene la ausencia de fuentes informativas consensuadas. Los conflictos bélicos son perfectos para comprobarlo. En el siglo VI a.C., Esquilo, el padre de la tragedia griega, denunciaba ya que «la primera víctima de la guerra es la verdad», pero es ahora cuando empezamos a darnos cuenta de lo frágil que resulta un mundo sin ella. Desde que Estados Unidos e Israel atacaran a Irán hace diez días, hemos visto de todo: desde el cuerpo del imán Jamenei entre escombros creado por IA, hasta una de esas «inteligencias», Grok, dando por falsas imágenes ciertas del bombardeo de un colegio en Minab. Las redes sociales reciben hoy la misma consideración que los medios de comunicación tradicionales, generando una niebla que solo desdibuja los hechos. Hace siete siglos, Petrarca lo vio venir: «A su manera, el vulgo ha aprendido a tener lo falso por verdadero y lo verdadero por falso», escribió. Y aunque en tiempos del poeta no existían Facebook ni X, en la Italia del quatrocento las fake news y las campañas de distracción circulaban con fuerza parecida, yendo de boca a oído, macerándose semanas antes de un conflicto, hasta acabar en sermones dominicales o en arengas políticas.. Con Irán está sucediendo otra vez. Me detendré en un ejemplo de mi especialidad. En los días previos a la operación Furia Épica, prensa y redes devoraron con deleite un «desliz» del expresidente Barack Obama en un popular podcast. «Los extraterrestres existen», soltó como si tal cosa, llevando al presidente Trump a acusarlo de haber cometido «un terrible error» al mencionar aquello, pero sin entrar en el fondo de la cuestión: ¿Sabe o no la Casa Blanca algo sobre extraterrestres?. Esta anécdota ha sido la cortina de humo prebélica. El debate de si Estados Unidos guarda información sobre alienígenas o si lleva décadas sacando ventaja competitiva de ellos, reverdeció incluso recientes titulares sobre comparecencias en el Capitolio de militares que acusaron al Gobierno de hacer «retroingeniería» con materiales rescatados de ovnis estrellados. Y así, con Epstein y las tensiones con Oriente Medio desdibujadas del foco público, nos ha sorprendido la nueva guerra.. Yo, que soy ávido coleccionista de historias colaterales como esas, acabo de recordar la que bien podría ser la madre de las desinformaciones «de otro mundo». Es la desconocida peripecia de un reverendo evangelista llamado Frank Stranges, en «cruzada internacional cristiana» (sic) para la conversión de América. En 1967, ese hombre de aspecto afable, regordete y con gafas de pasta, fundó el National Investigations Committee on Unidentified Flying Objects (NICUFO) y le dio el carné número uno de su organización al gobernador de California, Ronald Reagan. Le contó entonces que cada año mandaba un informe sobre platillos volantes a su amigo Gerald Ford, y que antes de eso había conocido incluso a Dwight Eisenhower en una circunstancia bien singular: en 1959, durante un viaje a Washington DC para predicar sobre ovnis en la Biblia, fue invitado a visitar el Pentágono. Ike y los militares le pidieron que hablase con un joven trajeado, peinado a raya, que llevaba un año en sus instalaciones y que aseguraba haber aterrizado su nave espacial a las afueras de Alexandria, en Virginia. Stranges conoció así a Valiant Thor, un venusino con aires de funcionario, blanco, de ojos claros e inglés perfecto, que le explicó que había llegado a los Estados Unidos para evitar que una escalada nuclear en la Tierra afectara a todo el Sistema Solar.. Aunque su historia parecía la versión pobre de Ultimátum a la Tierra, el reverendo la convirtió en el eje de sus sermones. Entre fotos de ovnis de época y documentos desclasificados, llegó incluso a compartir imágenes de aquel «forastero misterioso» con la prensa, para contarles que lo único que lo diferenciaba de nosotros era no tener huellas dactilares. Hasta escribió un libro, Stranger at the Pentagon (1966), que se convertiría con los años en objeto de culto bibliográfico.. Por increíble que parezca, los fieles de Stranges han estado pagando hasta 2008 por atender sus charlas en EE.UU., Canadá o México. Les encantaba oírle contar las historias de Val Thor, de sus colegas venusianos ahora infiltrados por todo el planeta, de sus extravagantes citas a lo largo de décadas, y de cómo su nave –llamada la Victor One– se encuentra en este momento aparcada en Nevada, oculta tras un campo de fuerza. Por supuesto, nadie en el Pentágono salió nunca a desmentirlo, ni tampoco hicieron caso a su recomendación de armisticio nuclear. Aunque en 1987, el socio número uno de NICUFO subió al estrado de las Naciones Unidas para hablarle al mundo de lo conveniente que sería tener una amenaza extraterrestre para que desaparecieran las rencillas entre los países y nos uniéramos en una causa que nos alejara de la guerra atómica. Reagan lo dijo, sí. Ahí está la hemeroteca. Igual que ahora han vuelto a recurrir a «ellos» Obama y Trump, sin contacto aparente con Valiant Thor, que se sepa.. O el mundo se está volviendo definitivamente loco… o un día de estos nos pedirán que creamos que hubo un extraño en el Pentágono venido de Venus que vino a parar el horror nuclear. La paranoia está, pues, bien sembrada. Tal vez para seguir poniendo a prueba nuestra infinita credulidad.. Javier Sierra, es premio Planeta de novela y autor del ensayo «Roswell, secreto de Estado».
