El profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza defiende en su último libro «El eje del mundo que viene» que el centro de gravedad del mundo se ha desplazado al Indo-Pacífico
Juan Luis López Aranguren explora en su último libro, «El eje del mundo que viene» (Ariel), cómo la IA, la energía, la demografía y el control de los datos están redefiniendo las reglas del poder y la necesidades para Occidente de decidir entre observar desde la distancia o participar activamente del diseño de este nuevo orden.. Sostiene que el centro de gravedad del mundo se ha desplazado al Indo-Pacífico. ¿Cuándo se consolida este cambio?. Esta idea responde a una profecía geopolítica que circula desde hace décadas: el siglo XIX fue europeo, el siglo XX fue americano y el siglo XXI será asiático. Y esa previsión se está cumpliendo por varias razones inevitables.. La primera es la demografía. En Asia vive alrededor del 60% de la humanidad y, si hablamos del conjunto del Indo-Pacífico, estaríamos ante cerca de dos terceras partes de la población mundial. También concentra más del 60% del PIB global. Por tanto, no hablamos solo de una región importante, sino de la mayoría del planeta en términos demográficos y económicos. Además, el Indo-Pacífico es el escenario donde están presentes ocho potencias nucleares, si contamos a las cinco clásicas —Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia—, junto a India, Pakistán y Corea del Norte. También están allí los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y por sus aguas discurre más de un tercio del comercio mundial. Es decir, no estamos hablando únicamente de un eje geopolítico relevante, sino del principal centro político, económico, militar y estratégico del planeta.. ¿Estamos ante un relevo definitivo del eje atlántico o convivirán ambos polos durante años?. Creo que convivirán, y de hecho ya lo están haciendo. Estados Unidos y sus aliados intentan adaptarse a esta nueva realidad. En ese contexto, el movimiento MAGA de Donald Trump no sería tanto una causa como una consecuencia del shock estadounidense ante la percepción de pérdida de liderazgo internacional.. En el libro explico esta transición a través de las cuatro «ces»: cooperación, competición, contención y conflicto. Ahora estamos en la fase de contención. Estados Unidos ha asumido que no puede cooperar plenamente con China ni competir con ella en todos los ámbitos, porque China es más eficiente en muchos sectores. Por eso intenta limitar sus fuentes de crecimiento, especialmente en recursos estratégicos. La última fase sería el conflicto. Todavía no se ha alcanzado, pero hay varios puntos calientes: Taiwán, las islas Senkaku, Corea o el estrecho de Malaca. Cualquiera de ellos podría provocar una escalada.. ¿Hasta qué punto la rivalidad entre Estados Unidos y China define el orden internacional actual?. Prácticamente todos los grandes conflictos se están articulando ya en torno a ese eje. Cuando hablamos de un conflicto global no significa que todos los conflictos tengan la misma causa, sino que terminan encajando dentro de una rivalidad mayor.. Durante la Guerra Fría ocurrió algo parecido: conflictos regionales, guerras civiles o disputas locales se alineaban con uno de los dos grandes polos, Estados Unidos o la URSS. Ahora estamos viendo una dinámica similar con China. Aquí entra la llamada trampa de Tucídides, planteada por Graham T. Allison.. La pregunta es si la rivalidad entre una potencia establecida, como Estados Unidos, y una potencia emergente, como China, conduce inevitablemente a la guerra o si puede evitarse. Allison analizó varios casos históricos y concluyó que, en la mayoría, el resultado fue el conflicto. Por eso la gran incógnita actual es si el ascenso de China acabará provocando un choque directo con Estados Unidos, quizá en Taiwán o en el mar de China Oriental.. ¿Estamos entrando en una nueva Guerra Fría o el escenario es más complejo?. Hay elementos que recuerdan a la Guerra Fría, pero también diferencias muy importantes. La historia no se repite, pero rima. Estados Unidos y China son potencias globales y compiten en tecnología, microchips, acceso a recursos, capacidad militar e incluso carrera espacial. En ese sentido, sí hay una dinámica parecida a la Guerra Fría.. Pero China no es la URSS. La Unión Soviética tenía una vocación expansionista ideológica: quería extender el comunismo y crear satélites alrededor de Moscú. China, en cambio, es profundamente pragmática. Negocia con dictaduras, democracias, gobiernos de derechas, de izquierdas, teocracias o regímenes laicos. Lo que busca es sostener su crecimiento económico. Hasta ahora, China ha mantenido una postura relativamente contenida en términos de expansionismo global. Pero eso podría cambiar si percibe que Estados Unidos intenta asfixiar su crecimiento o si su economía se ralentiza de forma brusca.. ¿Qué papel juegan potencias como India o Japón en este nuevo equilibrio global?. India y Japón están construyendo una alianza cada vez más relevante. Japón es una gran potencia económica y un pilar fundamental de la arquitectura estadounidense en el Pacífico. Es, además, el país con más bases militares estadounidenses en la región. Pero Japón tiene una limitación histórica: el artículo 9 de su Constitución, impuesto tras la Segunda Guerra Mundial, le impide tener un ejército convencional. Cuenta con fuerzas de autodefensa, pero no con un ejército como tal. Ahora, ante la amenaza de Corea del Norte, la presión china y el cierto repliegue estadounidense, Japón se plantea cada vez más seriamente su remilitarización. En ese contexto surge la estrategia del Indo-Pacífico libre y abierto, que busca alianzas con democracias de la región.. India es clave porque complementa a Japón. Japón tiene una economía madura y una población envejecida; India tiene una población joven, enorme capacidad de crecimiento y más de 1.400 millones de habitantes. Japón carece de ejército convencional; India tiene un gran ejército y armas nucleares. Además, hay una cooperación económica creciente. Desde el punto de vista geopolítico, India y Japón actúan como una especie de pinza frente a China y su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda.. ¿Corre Europa el riesgo de quedar relegada en este nuevo escenario?. Sí, absolutamente. Europa ha vivido durante décadas bajo el paraguas militar estadounidense, lo que le permitió centrarse en debates internos, regulatorios y económicos. Pero Estados Unidos está mostrando señales de repliegue, especialmente con Donald Trump, que ha cuestionado el coste de defender a Europa e incluso ha lanzado mensajes de presión a socios tradicionales.. Eso obliga a Europa a decidir si quiere remilitarizarse y actuar como un bloque geopolítico real. Algunas señales ya apuntan en esa dirección: Alemania ha recuperado el debate sobre el servicio militar, las empresas de defensa europeas han ganado peso y algunos países empiezan a hablar incluso de programas nucleares propios.. En relación con el Indo-Pacífico, Europa también tiene intereses directos. Francia, por ejemplo, cuenta con territorios de ultramar en la región y con una enorme zona económica exclusiva. Alemania, Países Bajos y la propia Unión Europea han desarrollado estrategias para el Indo-Pacífico, aunque todavía de forma ambigua. España también debería mirar más hacia esa región. Históricamente fue una potencia del Pacífico: Filipinas, Guam y buena parte del Pacífico estuvieron vinculados a la presencia española. Incluso se hablaba del Pacífico como el «lago español». España podría reivindicar esos lazos históricos, culturales y familiares para tener un papel más relevante. Si Europa no se pone las pilas, corre el riesgo de convertirse en un apéndice del continente euroasiático: un continente de museos, más pendiente de sus glorias pasadas que de su futuro.. ¿Qué peso tienen la tecnología y sectores estratégicos como la inteligencia artificial en esta pugna global?. Tienen un peso decisivo. Si el petróleo fue la sangre del siglo XX, los datos son el petróleo del siglo XXI. Los datos permiten aumentar la productividad, mejorar la educación, desarrollar nuevos materiales, tomar mejores decisiones y reforzar la capacidad militar.. En un campo de batalla moderno se generan miles o millones de datos de forma constante. El país que tenga mayor capacidad de procesarlos, gracias a la inteligencia artificial, tendrá una ventaja estratégica enorme. Por eso hablamos de una nueva Guerra Fría tecnológica. Estados Unidos desarrolla modelos como ChatGPT, Gemini y otras herramientas de IA, mientras China impulsa sus propias capacidades, como DeepSeek. La competencia ya no es solo militar o comercial, sino también algorítmica y computacional. En este escenario, Taiwán es fundamental. Produce una parte esencial de los semiconductores más avanzados del mundo. Si China invadiera Taiwán y se rompiera esa cadena de suministro, el impacto económico sería global.. ¿Existe un riesgo real de conflicto abierto entre grandes potencias en el Indo-Pacífico?. El riesgo existe. La situación actual recuerda, en cierto modo, a los años previos a la Primera Guerra Mundial: grandes potencias avanzando como sonámbulas hacia el desastre, convencidas de que controlan la situación. Hoy puede ocurrir algo similar. Las potencias pueden pensar que tienen margen para dar un paso más, presionar un poco más o escalar un poco más, sin calcular que la cuerda puede romperse.. Taiwán es el principal punto de tensión. Para China es una cuestión irrenunciable, porque lo considera la última pieza pendiente de su reunificación nacional tras el llamado siglo de las humillaciones. Para Occidente también es irrenunciable por su papel en la cadena global de semiconductores.. Si hubiera un conflicto en Taiwán, no afectaría solo a China y Taiwán. Entrarían en juego Estados Unidos, Japón y otros aliados regionales. Un error de cálculo, un incidente naval o una escalada no prevista podrían desencadenar una crisis mayor. Por eso es fundamental prestar atención a esta región y evitar que la tensión derive en un conflicto directo entre grandes potencias.. Si miramos a los próximos diez o veinte años, ¿cómo será el nuevo orden internacional?. Vamos hacia un mundo más multipolar, fragmentado y convulso.. Tras la Segunda Guerra Mundial se consolidó una arquitectura internacional que desembocó en la Guerra Fría, un orden bipolar entre Estados Unidos y la URSS. Con la caída de la Unión Soviética llegó un momento unipolar, dominado por Estados Unidos, en el que se pensó que la democracia liberal y el capitalismo se impondrían globalmente. Pero esa idea se quebró. Primero con el 11-S y las guerras asimétricas contra actores no estatales; después, con el regreso de los conflictos entre Estados, como la invasión rusa de Ucrania.. Ahora volvemos a un mundo de grandes potencias, de leviatanes geopolíticos que disputan áreas de influencia. Rusia en Ucrania, Irán en Oriente Medio, Corea del Norte con su programa nuclear, China en el Indo-Pacífico, India y Pakistán como potencias nucleares enfrentadas. El orden internacional de los próximos años será más inestable, más fragmentado y más difícil de navegar. La gran cuestión será cómo sobrevivir políticamente en ese nuevo escenario.
Juan Luis López Aranguren explora en su último libro, «El eje del mundo que viene» (Ariel), cómo la IA, la energía, la demografía y el control de los datos están redefiniendo las reglas del poder y la necesidades para Occidente de decidir entre observar desde la distancia o participar activamente del diseño de este nuevo orden.. Sostiene que el centro de gravedad del mundo se ha desplazado al Indo-Pacífico. ¿Cuándo se consolida este cambio?. Esta idea responde a una profecía geopolítica que circula desde hace décadas: el siglo XIX fue europeo, el siglo XX fue americano y el siglo XXI será asiático. Y esa previsión se está cumpliendo por varias razones inevitables.. La primera es la demografía. En Asia vive alrededor del 60% de la humanidad y, si hablamos del conjunto del Indo-Pacífico, estaríamos ante cerca de dos terceras partes de la población mundial. También concentra más del 60% del PIB global. Por tanto, no hablamos solo de una región importante, sino de la mayoría del planeta en términos demográficos y económicos. Además, el Indo-Pacífico es el escenario donde están presentes ocho potencias nucleares, si contamos a las cinco clásicas —Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia—, junto a India, Pakistán y Corea del Norte. También están allí los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y por sus aguas discurre más de un tercio del comercio mundial. Es decir, no estamos hablando únicamente de un eje geopolítico relevante, sino del principal centro político, económico, militar y estratégico del planeta.. ¿Estamos ante un relevo definitivo del eje atlántico o convivirán ambos polos durante años?. Creo que convivirán, y de hecho ya lo están haciendo. Estados Unidos y sus aliados intentan adaptarse a esta nueva realidad. En ese contexto, el movimiento MAGA de Donald Trump no sería tanto una causa como una consecuencia del shock estadounidense ante la percepción de pérdida de liderazgo internacional.. En el libro explico esta transición a través de las cuatro «ces»: cooperación, competición, contención y conflicto. Ahora estamos en la fase de contención. Estados Unidos ha asumido que no puede cooperar plenamente con China ni competir con ella en todos los ámbitos, porque China es más eficiente en muchos sectores. Por eso intenta limitar sus fuentes de crecimiento, especialmente en recursos estratégicos. La última fase sería el conflicto. Todavía no se ha alcanzado, pero hay varios puntos calientes: Taiwán, las islas Senkaku, Corea o el estrecho de Malaca. Cualquiera de ellos podría provocar una escalada.. ¿Hasta qué punto la rivalidad entre Estados Unidos y China define el orden internacional actual?. Prácticamente todos los grandes conflictos se están articulando ya en torno a ese eje. Cuando hablamos de un conflicto global no significa que todos los conflictos tengan la misma causa, sino que terminan encajando dentro de una rivalidad mayor.. Durante la Guerra Fría ocurrió algo parecido: conflictos regionales, guerras civiles o disputas locales se alineaban con uno de los dos grandes polos, Estados Unidos o la URSS. Ahora estamos viendo una dinámica similar con China. Aquí entra la llamada trampa de Tucídides, planteada por Graham T. Allison.. La pregunta es si la rivalidad entre una potencia establecida, como Estados Unidos, y una potencia emergente, como China, conduce inevitablemente a la guerra o si puede evitarse. Allison analizó varios casos históricos y concluyó que, en la mayoría, el resultado fue el conflicto. Por eso la gran incógnita actual es si el ascenso de China acabará provocando un choque directo con Estados Unidos, quizá en Taiwán o en el mar de China Oriental.. ¿Estamos entrando en una nueva Guerra Fría o el escenario es más complejo?. Hay elementos que recuerdan a la Guerra Fría, pero también diferencias muy importantes. La historia no se repite, pero rima. Estados Unidos y China son potencias globales y compiten en tecnología, microchips, acceso a recursos, capacidad militar e incluso carrera espacial. En ese sentido, sí hay una dinámica parecida a la Guerra Fría.. Pero China no es la URSS. La Unión Soviética tenía una vocación expansionista ideológica: quería extender el comunismo y crear satélites alrededor de Moscú. China, en cambio, es profundamente pragmática. Negocia con dictaduras, democracias, gobiernos de derechas, de izquierdas, teocracias o regímenes laicos. Lo que busca es sostener su crecimiento económico. Hasta ahora, China ha mantenido una postura relativamente contenida en términos de expansionismo global. Pero eso podría cambiar si percibe que Estados Unidos intenta asfixiar su crecimiento o si su economía se ralentiza de forma brusca.. ¿Qué papel juegan potencias como India o Japón en este nuevo equilibrio global?. India y Japón están construyendo una alianza cada vez más relevante. Japón es una gran potencia económica y un pilar fundamental de la arquitectura estadounidense en el Pacífico. Es, además, el país con más bases militares estadounidenses en la región. Pero Japón tiene una limitación histórica: el artículo 9 de su Constitución, impuesto tras la Segunda Guerra Mundial, le impide tener un ejército convencional. Cuenta con fuerzas de autodefensa, pero no con un ejército como tal. Ahora, ante la amenaza de Corea del Norte, la presión china y el cierto repliegue estadounidense, Japón se plantea cada vez más seriamente su remilitarización. En ese contexto surge la estrategia del Indo-Pacífico libre y abierto, que busca alianzas con democracias de la región.. India es clave porque complementa a Japón. Japón tiene una economía madura y una población envejecida; India tiene una población joven, enorme capacidad de crecimiento y más de 1.400 millones de habitantes. Japón carece de ejército convencional; India tiene un gran ejército y armas nucleares. Además, hay una cooperación económica creciente. Desde el punto de vista geopolítico, India y Japón actúan como una especie de pinza frente a China y su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda.. ¿Corre Europa el riesgo de quedar relegada en este nuevo escenario?. Sí, absolutamente. Europa ha vivido durante décadas bajo el paraguas militar estadounidense, lo que le permitió centrarse en debates internos, regulatorios y económicos. Pero Estados Unidos está mostrando señales de repliegue, especialmente con Donald Trump, que ha cuestionado el coste de defender a Europa e incluso ha lanzado mensajes de presión a socios tradicionales.. Eso obliga a Europa a decidir si quiere remilitarizarse y actuar como un bloque geopolítico real. Algunas señales ya apuntan en esa dirección: Alemania ha recuperado el debate sobre el servicio militar, las empresas de defensa europeas han ganado peso y algunos países empiezan a hablar incluso de programas nucleares propios.. En relación con el Indo-Pacífico, Europa también tiene intereses directos. Francia, por ejemplo, cuenta con territorios de ultramar en la región y con una enorme zona económica exclusiva. Alemania, Países Bajos y la propia Unión Europea han desarrollado estrategias para el Indo-Pacífico, aunque todavía de forma ambigua. España también debería mirar más hacia esa región. Históricamente fue una potencia del Pacífico: Filipinas, Guam y buena parte del Pacífico estuvieron vinculados a la presencia española. Incluso se hablaba del Pacífico como el «lago español». España podría reivindicar esos lazos históricos, culturales y familiares para tener un papel más relevante. Si Europa no se pone las pilas, corre el riesgo de convertirse en un apéndice del continente euroasiático: un continente de museos, más pendiente de sus glorias pasadas que de su futuro.. ¿Qué peso tienen la tecnología y sectores estratégicos como la inteligencia artificial en esta pugna global?. Tienen un peso decisivo. Si el petróleo fue la sangre del siglo XX, los datos son el petróleo del siglo XXI. Los datos permiten aumentar la productividad, mejorar la educación, desarrollar nuevos materiales, tomar mejores decisiones y reforzar la capacidad militar.. En un campo de batalla moderno se generan miles o millones de datos de forma constante. El país que tenga mayor capacidad de procesarlos, gracias a la inteligencia artificial, tendrá una ventaja estratégica enorme. Por eso hablamos de una nueva Guerra Fría tecnológica. Estados Unidos desarrolla modelos como ChatGPT, Gemini y otras herramientas de IA, mientras China impulsa sus propias capacidades, como DeepSeek. La competencia ya no es solo militar o comercial, sino también algorítmica y computacional. En este escenario, Taiwán es fundamental. Produce una parte esencial de los semiconductores más avanzados del mundo. Si China invadiera Taiwán y se rompiera esa cadena de suministro, el impacto económico sería global.. ¿Existe un riesgo real de conflicto abierto entre grandes potencias en el Indo-Pacífico?. El riesgo existe. La situación actual recuerda, en cierto modo, a los años previos a la Primera Guerra Mundial: grandes potencias avanzando como sonámbulas hacia el desastre, convencidas de que controlan la situación. Hoy puede ocurrir algo similar. Las potencias pueden pensar que tienen margen para dar un paso más, presionar un poco más o escalar un poco más, sin calcular que la cuerda puede romperse.. Taiwán es el principal punto de tensión. Para China es una cuestión irrenunciable, porque lo considera la última pieza pendiente de su reunificación nacional tras el llamado siglo de las humillaciones. Para Occidente también es irrenunciable por su papel en la cadena global de semiconductores.. Si hubiera un conflicto en Taiwán, no afectaría solo a China y Taiwán. Entrarían en juego Estados Unidos, Japón y otros aliados regionales. Un error de cálculo, un incidente naval o una escalada no prevista podrían desencadenar una crisis mayor. Por eso es fundamental prestar atención a esta región y evitar que la tensión derive en un conflicto directo entre grandes potencias.. Si miramos a los próximos diez o veinte años, ¿cómo será el nuevo orden internacional?. Vamos hacia un mundo más multipolar, fragmentado y convulso.. Tras la Segunda Guerra Mundial se consolidó una arquitectura internacional que desembocó en la Guerra Fría, un orden bipolar entre Estados Unidos y la URSS. Con la caída de la Unión Soviética llegó un momento unipolar, dominado por Estados Unidos, en el que se pensó que la democracia liberal y el capitalismo se impondrían globalmente. Pero esa idea se quebró. Primero con el 11-S y las guerras asimétricas contra actores no estatales; después, con el regreso de los conflictos entre Estados, como la invasión rusa de Ucrania.. Ahora volvemos a un mundo de grandes potencias, de leviatanes geopolíticos que disputan áreas de influencia. Rusia en Ucrania, Irán en Oriente Medio, Corea del Norte con su programa nuclear, China en el Indo-Pacífico, India y Pakistán como potencias nucleares enfrentadas. El orden internacional de los próximos años será más inestable, más fragmentado y más difícil de navegar. La gran cuestión será cómo sobrevivir políticamente en ese nuevo escenario.
