Arrancaba este año con una poco reconfortante expectativa de calvarios para el partido socialista que, según vaya desarrollándose el devenir político durante los próximos meses, se puede ver acompañada de algún otro calvario, no precisamente contemplado en las filas del PSOE, sino inesperadamente en las del Partido Popular. El primero de ellos, acogotando a Pedro Sánchez, es el del raquitismo parlamentario, con una ausencia de apoyos que le impiden gobernar y que en cualquier otra democracia occidental ya habría llevado a la disolución de las cortes generales. El segundo es el del cerco judicial que se sigue cerrando día a día sobre el partido del gobierno y sobre personas que siempre fueron muy cercanas al presidente. Y el tercero es el electoral, propiciado por la estrategia de Núñez Feijóo de someter al PSOE vía adelantos electorales en comicios territoriales a la escenificación de una sucesión de sonoras derrotas que minarían más aún al búnker del sanchismo. Pero a estos tres calvarios (recojo también reflexión de Ignacio Varela en la noche electoral aragonesa de Onda Cero) añado yo el no tan esperado por la dirección nacional del PP en Génova 13, que no es otro que el crecimiento de su derecha contigua en Extremadura, Aragón y previsiblemente en Castilla y León, dejando a los populares a los mismos pies de los caballos que antes de estas convocatorias, con la misma condición de mayoría minoritaria, pero ahora con un referente negociador que, doblando su fuerza y presencia, también dobla sus exigencias en muchos momentos leoninas. Conviene ser realistas en este punto de la situación política, porque Vox es un partido que hasta la fecha ha demostrado, tanto su poca disposición para implicarse en las tareas de gestión como sus permanentes inclinaciones hacia el bloqueo. Ergo, para mayor gloria del argumentario perseguido por Sánchez, el «año horribilis» de los socialistas también puede serlo para los populares en forma de legislaturas autonómicas marcadas por la inestabilidad y la ingobernabilidad si el sentido común no lo remedia, máxime en un país donde clara y meridianamente (también a nivel nacional, encuestas en mano) los electores lo que están pidiendo son gobiernos del PP apoyados o coaligados con Vox, así de sencillo. La disyuntiva es clara: o el partido de Abascal cambia oportunismo electoral por responsabilidad de Gobierno, o Sánchez –con razón– tendrá relato: derechas igual a inestabilidad política.
La disyuntiva es clara: o el partido de Abascal cambia oportunismo electoral por responsabilidad de Gobierno, o Sánchez –con razón– tendrá relato: derechas igual a inestabilidad política
Arrancaba este año con una poco reconfortante expectativa de calvarios para el partido socialista que, según vaya desarrollándose el devenir político durante los próximos meses, se puede ver acompañada de algún otro calvario, no precisamente contemplado en las filas del PSOE, sino inesperadamente en las del Partido Popular. El primero de ellos, acogotando a Pedro Sánchez, es el del raquitismo parlamentario, con una ausencia de apoyos que le impiden gobernar y que en cualquier otra democracia occidental ya habría llevado a la disolución de las cortes generales. El segundo es el del cerco judicial que se sigue cerrando día a día sobre el partido del gobierno y sobre personas que siempre fueron muy cercanas al presidente. Y el tercero es el electoral, propiciado por la estrategia de Núñez Feijóo de someter al PSOE vía adelantos electorales en comicios territoriales a la escenificación de una sucesión de sonoras derrotas que minarían más aún al búnker del sanchismo. Pero a estos tres calvarios (recojo también reflexión de Ignacio Varela en la noche electoral aragonesa de Onda Cero) añado yo el no tan esperado por la dirección nacional del PP en Génova 13, que no es otro que el crecimiento de su derecha contigua en Extremadura, Aragón y previsiblemente en Castilla y León, dejando a los populares a los mismos pies de los caballos que antes de estas convocatorias, con la misma condición de mayoría minoritaria, pero ahora con un referente negociador que, doblando su fuerza y presencia, también dobla sus exigencias en muchos momentos leoninas. Conviene ser realistas en este punto de la situación política, porque Vox es un partido que hasta la fecha ha demostrado, tanto su poca disposición para implicarse en las tareas de gestión como sus permanentes inclinaciones hacia el bloqueo. Ergo, para mayor gloria del argumentario perseguido por Sánchez, el «año horribilis» de los socialistas también puede serlo para los populares en forma de legislaturas autonómicas marcadas por la inestabilidad y la ingobernabilidad si el sentido común no lo remedia, máxime en un país donde clara y meridianamente (también a nivel nacional, encuestas en mano) los electores lo que están pidiendo son gobiernos del PP apoyados o coaligados con Vox, así de sencillo. La disyuntiva es clara: o el partido de Abascal cambia oportunismo electoral por responsabilidad de Gobierno, o Sánchez –con razón– tendrá relato: derechas igual a inestabilidad política.
