Jon Bernthal sostiene un especial breve, físico y brutal que devuelve a Punisher al rincón más sucio del universo Marvel
Esta no es la historia de Juan Castillo, pero sí la de Frank Castle. Es una historia breve: menos que una película, más que un capítulo convencional, justo en ese territorio intermedio que la televisión lleva décadas llamando “especial” y que el streaming ha recuperado con entusiasmo. El formato, en realidad, ha estado ahí siempre, del viejo “spectacular” de los años cincuenta a los especiales navideños, musicales o de Halloween que las cadenas han usado durante décadas para fabricar esa sensación de acontecimiento.. Marvel, que desde hace años funciona como un termómetro bastante fiable del estado de la industria audiovisual, no tardó en agarrarse a esa vieja herramienta para adaptarla a su propia lógica: todo, incluido lo pequeño, necesita el envoltorio de “gran ocasión”. Ya lo hizo con “La maldición del Hombre Lobo” (2022) o, ese mismo año, con “Guardianes de la Galaxia: Especial Felices Fiestas”, y ahora lo lleva a un territorio bastante menos luminoso de “The Punisher: One Last Kill”, que acaba de llegar a Disney+.. La llegada de Castle al canon no ha sido precisamente sencilla. Antes de convertirse en el rostro crispado de Jon Bernthal, el personaje fue pasando de mano en mano con desiguales resultados: Dolph Lundgren lo interpretó en una primera película de 1989 que ni siquiera tuvo un gran estreno en salas; Thomas Jane lo recuperó en 2004, en una versión más solemne y de resultados tibios; y Ray Stevenson protagonizó en 2008 “Punisher: War Zone”, la más desaforada de todas. Bernthal apareció por primera vez en la segunda temporada de “Daredevil”, en 2016, y de ahí saltó a su propia serie de Netflix, “The Punisher”, que duró dos temporadas entre 2017 y 2019.. Pero ahí empezó el embrollo: aquellas ficciones pertenecían al viejo acuerdo entre Marvel Television y Netflix, no a la maquinaria ya centralizada de Marvel Studios, y durante años quedaron en una zona gris, como pasaba también con el Daredevil de Charlie Cox. El traslado de las series de Netflix a Disney+ en 2022, la inclusión de la llamada Defenders Saga en la cronología oficial del MCU y, sobre todo, el regreso de Cox y Bernthal en “Daredevil: Born Again” han terminado de resolver esa anomalía.. El especial se sitúa justo después de la segunda temporada de “The Punisher”, y antes —o casi durante— los acontecimientos de la segunda de “Daredevil: Born Again”. Estamos ante un Frank Castle todavía más roto, más solo y más encerrado en su propio bucle de violencia. One Last Kill lo encuentra intentando convencerse de que quizá ya no queda nada que hacer después de vengar a su familia, hasta que el pasado vuelve con forma de Ma Gnucci, la matriarca interpretada por Judith Light, que reclama el ajuste de cuentas por su familia, a la que el propio Punisher dejó prácticamente borrada del mapa.. En realidad, hasta aquí llega casi toda la trama del especial. Con una duración de apenas 50 minutos, es, más bien, una anécdota: la excusa mínima para llevar a Frank Castle a aquello que mejor sabe hacer, alejarse de ese Marvel luminoso y familiar para llevarnos a su reverso más sucio, físico y callejero. Las escenas de acción están rodadas con una contundencia notable, entre pasillos, cuerpos estampados y violencia de proximidad, aunque quizá impresionen algo menos en un paisaje ya educado por John Wick y todos sus hijos bastardos. Aun así, dentro de Disney+, ver a Marvel permitirse esta brutalidad tiene algo de pequeña anomalía digna de celebrar.. En esas escenas de acción, en el carisma infinito de Bernthal —que parece haber nacido para el papel— y en un retrato acertado, aunque breve, de su degradación mental se sostiene este proyecto testosterónico que enseña sus cartas desde el primer minuto, con Castle haciendo dominadas al ritmo del “Mother”, de Danzig. “One Last Kill” gustará a quien venga buscando acción pura y violencia seca, siempre que no le pida más de lo que es: un capítulo largo, bien rodado y una recuperación eficaz de un personaje querido. No añadirá demasiado a esa gran cadena de montaje que es el UCM, pero tampoco parece necesitarlo. A veces, dentro de una franquicia obsesionada con que cada pieza empuje la siguiente, basta con dejar que un tipo roto entre en una habitación y la vacíe a golpes.
Esta no es la historia de Juan Castillo, pero sí la de Frank Castle. Es una historia breve: menos que una película, más que un capítulo convencional, justo en ese territorio intermedio que la televisión lleva décadas llamando “especial” y que el streaming ha recuperado con entusiasmo. El formato, en realidad, ha estado ahí siempre, del viejo “spectacular” de los años cincuenta a los especiales navideños, musicales o de Halloween que las cadenas han usado durante décadas para fabricar esa sensación de acontecimiento.. Marvel, que desde hace años funciona como un termómetro bastante fiable del estado de la industria audiovisual, no tardó en agarrarse a esa vieja herramienta para adaptarla a su propia lógica: todo, incluido lo pequeño, necesita el envoltorio de “gran ocasión”. Ya lo hizo con “La maldición del Hombre Lobo” (2022) o, ese mismo año, con “Guardianes de la Galaxia: Especial Felices Fiestas”, y ahora lo lleva a un territorio bastante menos luminoso de “The Punisher: One Last Kill”, que acaba de llegar a Disney+.. La llegada de Castle al canon no ha sido precisamente sencilla. Antes de convertirse en el rostro crispado de Jon Bernthal, el personaje fue pasando de mano en mano con desiguales resultados: Dolph Lundgren lo interpretó en una primera película de 1989 que ni siquiera tuvo un gran estreno en salas; Thomas Jane lo recuperó en 2004, en una versión más solemne y de resultados tibios; y Ray Stevenson protagonizó en 2008 “Punisher: War Zone”, la más desaforada de todas. Bernthal apareció por primera vez en la segunda temporada de “Daredevil”, en 2016, y de ahí saltó a su propia serie de Netflix, “The Punisher”, que duró dos temporadas entre 2017 y 2019.. Pero ahí empezó el embrollo: aquellas ficciones pertenecían al viejo acuerdo entre Marvel Television y Netflix, no a la maquinaria ya centralizada de Marvel Studios, y durante años quedaron en una zona gris, como pasaba también con el Daredevil de Charlie Cox. El traslado de las series de Netflix a Disney+ en 2022, la inclusión de la llamada Defenders Saga en la cronología oficial del MCU y, sobre todo, el regreso de Cox y Bernthal en “Daredevil: Born Again” han terminado de resolver esa anomalía.. El especial se sitúa justo después de la segunda temporada de “The Punisher”, y antes —o casi durante— los acontecimientos de la segunda de “Daredevil: Born Again”. Estamos ante un Frank Castle todavía más roto, más solo y más encerrado en su propio bucle de violencia. One Last Kill lo encuentra intentando convencerse de que quizá ya no queda nada que hacer después de vengar a su familia, hasta que el pasado vuelve con forma de Ma Gnucci, la matriarca interpretada por Judith Light, que reclama el ajuste de cuentas por su familia, a la que el propio Punisher dejó prácticamente borrada del mapa.. En realidad, hasta aquí llega casi toda la trama del especial. Con una duración de apenas 50 minutos, es, más bien, una anécdota: la excusa mínima para llevar a Frank Castle a aquello que mejor sabe hacer, alejarse de ese Marvel luminoso y familiar para llevarnos a su reverso más sucio, físico y callejero. Las escenas de acción están rodadas con una contundencia notable, entre pasillos, cuerpos estampados y violencia de proximidad, aunque quizá impresionen algo menos en un paisaje ya educado por John Wick y todos sus hijos bastardos. Aun así, dentro de Disney+, ver a Marvel permitirse esta brutalidad tiene algo de pequeña anomalía digna de celebrar.. En esas escenas de acción, en el carisma infinito de Bernthal —que parece haber nacido para el papel— y en un retrato acertado, aunque breve, de su degradación mental se sostiene este proyecto testosterónico que enseña sus cartas desde el primer minuto, con Castle haciendo dominadas al ritmo del “Mother”, de Danzig. “One Last Kill” gustará a quien venga buscando acción pura y violencia seca, siempre que no le pida más de lo que es: un capítulo largo, bien rodado y una recuperación eficaz de un personaje querido. No añadirá demasiado a esa gran cadena de montaje que es el UCM, pero tampoco parece necesitarlo. A veces, dentro de una franquicia obsesionada con que cada pieza empuje la siguiente, basta con dejar que un tipo roto entre en una habitación y la vacíe a golpes.
