«El mundo es el escenario donde se libra la guerra entre la miseria y la dignidad. En esta guerra, la victoria de la miseria es arrolladora, apabullante, asistida por el prestigio intelectual de la tristeza, para muchos un sentimiento distinguido y sofisticado, pero –bien mirado– el mas masivo y vulgar de los sentimientos» (1).. Aparte del respeto que me merece el pensamiento de Javier Gomá, podría referirme al concepto de dignidad contenido en escritos de los clásicos y en documentos políticos contemporáneos como la Carta de NN.UU. de 1945, la Declaración de DD.HH. de 1949 o la propia Carta de Derechos de la UE. Me detendré en el concepto de dignidad que incluía el artículo primero de la Ley Fundamental de la RFA de 1949, por las especiales circunstancias que vivió aquel país antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. «La dignidad del hombre es intangible. Respetarla y protegerla es obligación de todo poder público». Se extendieron algo más los «padres» de nuestra Constitución al consensuar y redactar el artículo 10º, señalando como fundamentos del orden político y la paz social, no solo la dignidad de la persona, sino sus derechos inviolables, el libre desarrollo de su personalidad, el respeto a la ley y –esencial– el respeto a los derechos de los demás. Deberían releerlo de vez en cuando algunos de nuestros políticos. En muchos sentidos, estas definiciones se apoyan en el ideal humanitario que supone la derogación de la ley del más fuerte, vigente en la naturaleza, y su sustitución por una revolucionaria norma moral de respeto y protección al más débil. Kant ratificaría: «No es propiamente la moral la doctrina de cómo hacernos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad».. Las duras pruebas a que ha sido sometida últimamente la sociedad española nos permiten diferenciar claramente la frontera entre dignidad y miseria. Me detendré especialmente en casos en que prevalece la primera y dejaré que el lector las compare con las segundas, de las que desgraciadamente tiene suficientes muestras. Susana Díaz en estas mismas páginas (2) ensalzaba recientemente la dignidad con que Huelva y Adamuz, –Andalucía en general– dice, han respondido a la tragedia de los trenes. Lo comprobamos cuando, en un polideportivo abarrotado, en presencia –digna– de nuestros Reyes, bajo el espiritual amparo de la Patrona de la ciudad y de sus autoridades religiosas, se recordó y rezó por los fallecidos –hoy 46– y por sus familias. En Huelva precisamente, la ciudad que más sufrió los desgarros de la tragedia, sin estridentes gritos ni insultos como en Valencia. Tomando la palabra, Liliana Sáez, familiar de una víctima, dejó claro que se debía llegar a conocer la verdad de los hechos, apelando a la serenidad «aun sabiendo que vivimos en una sociedad polarizada». Incluso un superviviente, Mario Samper, tildaba como terrorífico que aquellos mismos días «el Gobierno esté hablando de dinero, cuando aún no se ha puesto en contacto con nosotros». También, digno. Huelva hizo posible que una vicepresidenta del Gobierno, dos ministros, el presidente de la Junta de Andalucía y su alcaldesa, se diesen la mano y se deseasen la paz. ¡Más o menos forzado, pero gesto indiscutiblemente que les honra! No comento ausencias vergonzantes. Le dolió a la senadora Díaz que estos mismos días en la Cámara Alta, políticos de distinto signo se despellejasen, se interrumpiesen y descalificasen, como lo hicieron en el Congreso los Diputados un 30 de octubre de 2024, un día después de la tragedia de la Dana valenciana. Valora que el Parlamento de Andalucía no se hubiese contagiado de estas miserias. Digno, el obispo Santiago Gómez, como dignos habían sido el párroco de Adamuz Rafael Prados, el hermano Isidoro de Santiago al frente del Hospital de San Juan de Dios de Córdoba o todo el mismo pueblo de Adamuz. ¡Dignos tantos otros –servicios de emergencias, sanitarios, Guardia Civil, UME– muchos de ellos, héroes anónimos! Digno, el capellán del Hospital Reina Sofía de Córdoba que acogió a la mayoría de fallecidos y a sus familias: «Lejos de plantarnos ante ellas con una batería de argumentos o recetas aparentemente consoladoras, el sacerdote solo tiene como protocolo abrir los oídos de par en par, sin decir apenas nada, solo estando y escuchando, poniendo solo un poco de luz en medio de aquella oscuridad».. Deduzco, querido lector, que hoy es más fácil encontrar la dignidad en los escalones más sencillos de nuestra sociedad y la miseria en sus estructuras políticas, potentes suministradoras además de sucios enredos judiciales. Por supuesto, no debo generalizar. Pero sí convendría meditar sobre esta «victoria apabullante y arrolladora de la miseria», sobre nuestra propia dignidad individual y colectiva.. (1) «dignidad», Galaxia Gutenberg, 2019. (2) 2 de febrero de 2026. Luis Alejandre Sintes, es general (r). Academia de las Ciencias y las Artes militares.
Las duras pruebas a que ha sido sometida últimamente la sociedad española nos permiten diferenciar claramente la frontera entre dignidad y miseria
«El mundo es el escenario donde se libra la guerra entre la miseria y la dignidad. En esta guerra, la victoria de la miseria es arrolladora, apabullante, asistida por el prestigio intelectual de la tristeza, para muchos un sentimiento distinguido y sofisticado, pero –bien mirado– el mas masivo y vulgar de los sentimientos» (1).. Aparte del respeto que me merece el pensamiento de Javier Gomá, podría referirme al concepto de dignidad contenido en escritos de los clásicos y en documentos políticos contemporáneos como la Carta de NN.UU. de 1945, la Declaración de DD.HH. de 1949 o la propia Carta de Derechos de la UE. Me detendré en el concepto de dignidad que incluía el artículo primero de la Ley Fundamental de la RFA de 1949, por las especiales circunstancias que vivió aquel país antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. «La dignidad del hombre es intangible. Respetarla y protegerla es obligación de todo poder público». Se extendieron algo más los «padres» de nuestra Constitución al consensuar y redactar el artículo 10º, señalando como fundamentos del orden político y la paz social, no solo la dignidad de la persona, sino sus derechos inviolables, el libre desarrollo de su personalidad, el respeto a la ley y –esencial– el respeto a los derechos de los demás. Deberían releerlo de vez en cuando algunos de nuestros políticos. En muchos sentidos, estas definiciones se apoyan en el ideal humanitario que supone la derogación de la ley del más fuerte, vigente en la naturaleza, y su sustitución por una revolucionaria norma moral de respeto y protección al más débil. Kant ratificaría: «No es propiamente la moral la doctrina de cómo hacernos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad».. Las duras pruebas a que ha sido sometida últimamente la sociedad española nos permiten diferenciar claramente la frontera entre dignidad y miseria. Me detendré especialmente en casos en que prevalece la primera y dejaré que el lector las compare con las segundas, de las que desgraciadamente tiene suficientes muestras. Susana Díaz en estas mismas páginas (2) ensalzaba recientemente la dignidad con que Huelva y Adamuz, –Andalucía en general– dice, han respondido a la tragedia de los trenes. Lo comprobamos cuando, en un polideportivo abarrotado, en presencia –digna– de nuestros Reyes, bajo el espiritual amparo de la Patrona de la ciudad y de sus autoridades religiosas, se recordó y rezó por los fallecidos –hoy 46– y por sus familias. En Huelva precisamente, la ciudad que más sufrió los desgarros de la tragedia, sin estridentes gritos ni insultos como en Valencia. Tomando la palabra, Liliana Sáez, familiar de una víctima, dejó claro que se debía llegar a conocer la verdad de los hechos, apelando a la serenidad «aun sabiendo que vivimos en una sociedad polarizada». Incluso un superviviente, Mario Samper, tildaba como terrorífico que aquellos mismos días «el Gobierno esté hablando de dinero, cuando aún no se ha puesto en contacto con nosotros». También, digno. Huelva hizo posible que una vicepresidenta del Gobierno, dos ministros, el presidente de la Junta de Andalucía y su alcaldesa, se diesen la mano y se deseasen la paz. ¡Más o menos forzado, pero gesto indiscutiblemente que les honra! No comento ausencias vergonzantes. Le dolió a la senadora Díaz que estos mismos días en la Cámara Alta, políticos de distinto signo se despellejasen, se interrumpiesen y descalificasen, como lo hicieron en el Congreso los Diputados un 30 de octubre de 2024, un día después de la tragedia de la Dana valenciana. Valora que el Parlamento de Andalucía no se hubiese contagiado de estas miserias. Digno, el obispo Santiago Gómez, como dignos habían sido el párroco de Adamuz Rafael Prados, el hermano Isidoro de Santiago al frente del Hospital de San Juan de Dios de Córdoba o todo el mismo pueblo de Adamuz. ¡Dignos tantos otros –servicios de emergencias, sanitarios, Guardia Civil, UME– muchos de ellos, héroes anónimos! Digno, el capellán del Hospital Reina Sofía de Córdoba que acogió a la mayoría de fallecidos y a sus familias: «Lejos de plantarnos ante ellas con una batería de argumentos o recetas aparentemente consoladoras, el sacerdote solo tiene como protocolo abrir los oídos de par en par, sin decir apenas nada, solo estando y escuchando, poniendo solo un poco de luz en medio de aquella oscuridad».. Deduzco, querido lector, que hoy es más fácil encontrar la dignidad en los escalones más sencillos de nuestra sociedad y la miseria en sus estructuras políticas, potentes suministradoras además de sucios enredos judiciales. Por supuesto, no debo generalizar. Pero sí convendría meditar sobre esta «victoria apabullante y arrolladora de la miseria», sobre nuestra propia dignidad individual y colectiva.. (1) «dignidad», Galaxia Gutenberg, 2019. (2) 2 de febrero de 2026. Luis Alejandre Sintes, es general (r). Academia de las Ciencias y las Artes militares.
