Tocar las heridas, la fragilidad, gestos de amor elocuentes que está multiplicando el Papa misionero, León XIV, en España como antes en Perú. En Barcelona ha querido acercarse con delicadeza, pero sin miedo, a la de la salud mental de los jóvenes.
Vivimos en una sociedad que nos enferma: “un sistema social que no pone a la persona en el centro y provoca situaciones de injusticia y de pobreza existenciales a diversos niveles”, por idolatrar “el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen”; como también el profundo error de “cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales”, o las situaciones de egoísmo y violencia que “envenena la atmósfera” de las relaciones más cercanas.
Si bien “el Espíritu Santo actúa y trabaja silenciosamente en todas las situaciones”, nos aconseja el Papa a los creyentes que no espiritualicemos «el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo”. Debemos huir del riesgo de minimizarlo, silenciarlo y herir así a las personas. Es una actitud cómoda e irresponsable ante el mal. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Pero más que preguntarle a Él, debemos preguntarnos a nosotros mismos y nuestra responsabilidad personal.
“El dolor pone a prueba la fe y el sentido que le damos a la vida. Esto es cierto para todos”. “De algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla. Pero pienso que no podemos hacerlo solos.” Y aconseja a los jóvenes que se abran a alguien que les ayude a expresar una oración sencilla, que les “acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que les tome de la mano y les haga salir de este grito.”
Tocar las heridas, la fragilidad, gestos de amor elocuentes que está multiplicando el Papa misionero, León XIV, en España como antes en Perú. En Barcelona ha querido acercarse con delicadeza, pero sin miedo, a la de la salud mental de los jóvenes.. Vivimos en una sociedad que nos enferma: “un sistema social que no pone a la persona en el centro y provoca situaciones de injusticia y de pobreza existenciales a diversos niveles”, por idolatrar “el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen”; como también el profundo error de “cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales”, o las situaciones de egoísmo y violencia que “envenena la atmósfera” de las relaciones más cercanas.. Si bien “el Espíritu Santo actúa y trabaja silenciosamente en todas las situaciones”, nos aconseja el Papa a los creyentes que no espiritualicemos «el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo”. Debemos huir del riesgo de minimizarlo, silenciarlo y herir así a las personas. Es una actitud cómoda e irresponsable ante el mal. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Pero más que preguntarle a Él, debemos preguntarnos a nosotros mismos y nuestra responsabilidad personal.. “El dolor pone a prueba la fe y el sentido que le damos a la vida. Esto es cierto para todos”. “De algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla. Pero pienso que no podemos hacerlo solos.” Y aconseja a los jóvenes que se abran a alguien que les ayude a expresar una oración sencilla, que les “acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que les tome de la mano y les haga salir de este grito.”
Vivimos en una sociedad que nos enferma
Tocar las heridas, la fragilidad, gestos de amor elocuentes que está multiplicando el Papa misionero, León XIV, en España como antes en Perú. En Barcelona ha querido acercarse con delicadeza, pero sin miedo, a la de la salud mental de los jóvenes.. Vivimos en una sociedad que nos enferma: “un sistema social que no pone a la persona en el centro y provoca situaciones de injusticia y de pobreza existenciales a diversos niveles”, por idolatrar “el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen”; como también el profundo error de “cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales”, o las situaciones de egoísmo y violencia que “envenena la atmósfera” de las relaciones más cercanas.. Si bien “el Espíritu Santo actúa y trabaja silenciosamente en todas las situaciones”, nos aconseja el Papa a los creyentes que no espiritualicemos «el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo”. Debemos huir del riesgo de minimizarlo, silenciarlo y herir así a las personas. Es una actitud cómoda e irresponsable ante el mal. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Pero más que preguntarle a Él, debemos preguntarnos a nosotros mismos y nuestra responsabilidad personal.. “El dolor pone a prueba la fe y el sentido que le damos a la vida. Esto es cierto para todos”. “De algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla. Pero pienso que no podemos hacerlo solos.” Y aconseja a los jóvenes que se abran a alguien que les ayude a expresar una oración sencilla, que les “acompañe con discreción sin la prisa de explicarnos ese dolor, que les tome de la mano y les haga salir de este grito.”
