Virginia Woolf tenía el principio vital de no acomodarse jamás: “Qué estimulante es poder desplegar el mapa del mundo en nuestra mente”. Reconocía que, ese principio, lo citaba más que lo aplicaba. Pero sabía que, a partir de cierta edad, o aminoras el paso o lo aceleras. Lo importante es que eso sea una elección. “Cuando se sabe bien cómo funcionan las cosas uno puede caer en el hastío”. Intuía que “cuando se abandona toda una vida de trabajo, a los 60, la gente suele morirse enseguida”. Ella no llegaría a cumplir 60 años. “Sólo merece la pena envejecer si cada día es más vital e importante”, escribió. Entonces… ¿cómo cuidar ese jardín vital?. Seguir leyendo
Muchos de los pensamientos que la escritora anotó en sus diarios podrían tener una lectura paisajística. Y arquitectónica.
Virginia Woolf tenía el principio vital de no acomodarse jamás: “Qué estimulante es poder desplegar el mapa del mundo en nuestra mente”. Reconocía que, ese principio, lo citaba más que lo aplicaba. Pero sabía que, a partir de cierta edad, o aminoras el paso o lo aceleras. Lo importante es que eso sea una elección. “Cuando se sabe bien cómo funcionan las cosas uno puede caer en el hastío”. Intuía que “cuando se abandona toda una vida de trabajo, a los 60, la gente suele morirse enseguida”. Ella no llegaría a cumplir 60 años. “Sólo merece la pena envejecer si cada día es más vital e importante”, escribió. Entonces… ¿cómo cuidar ese jardín vital?. ¿Cómo lo hacía ella? Escribió que utilizaba a sus amigos como lámparas: “su luz me ayuda a ver que existen otros campos”. Y, sabiendo que la vejez sólo podía soportarse “si clavamos el ancla lejos del chismorreo y la compasión”, llegó a la conclusión de que la sensación de independencia es más intensa que la sensación de poder. Pensó que el deseo de soledad viene de “un cerebro exigente que no termina de adaptarse a la compañía”. Y, puede que, por eso, defendiera el hábito de levantar barreras, de aislarse, para proteger la cordura. Me preguntó una vez una amiga: ¿Aguantarías tres días sin móvil, sin libros, sola, sin poder hablar con nadie, pudiendo pasear, sin alcohol, sin chocolate, comiendo lo que te dieran y sin nada más que tú, tu cuerpo y tu cabeza? Es un ejercicio aclaratorio. También Woolf pensaba que, si uno no se recoge de vez en cuando, su personalidad se disuelve.. La escritora británica Virginia Woolf en el jardín de su casa en Rodmell, en 1926.Mondadori Portfolio (Mondadori via Getty Images). Sin embargo, ella creía que decir siempre la verdad y escarbar en las motivaciones psicológicas estropea muchos jardines hermosos. Puede ser. Pero puede también que un jardín muera si no se hace eso: escarbar, pactar con las malas hierbas. No sabría sopesar si uno puede ser tan taxativo. Ella defendió todo esto en sus diarios (Editorial Tres Hermanas), pero aún más organizado, por temas, en Escenas de una vida: matrimonio, amigos y escritura (en Clave Intelectual, editado por Gonzalo Torné). Ahí se destaca que, para Woolf, la buena educación es serena. La cuestión, entonces, podría ser, si la serenidad consigue cambiar las cosas. O si conseguiremos la paciencia para cambiar las cosas sin alterarlas antes. Woolf defendía que el confort imposibilitaba el cambio. Es decir: no permitía empatía con los vecinos: “¿Qué límite de crecimiento tiene un alma humana entre alfombras y habitaciones caldeadas? ¿No sofocarán toda su fuerza?” A la vez, Woolf sabía que era un disparate esperar que los sirvientes trabajasen con buen humor “si les obligamos a vivir en habitaciones estrechas y húmedas y viven rodeados de su trabajo”. ¿Quién no vive hoy rodeado de su trabajo?. “Todo lo que no sea bello o fuerte se caerá en pedazos porque nadie acudirá a repararlo”, escribió. Esta máxima de Woolf se puede aplicar a la arquitectura. Pero… ¿Dónde nos deja a las personas? Woolf creía que, cuando escribía, era una mujer sin edad. Y eso sí puede, debe diría, aplicarse a la arquitectura. Escribió que, con 40 años, había encontrado su propia voz. Es decir: no necesitaba elogios para continuar. “Mi carácter se sostiene sobre una combinación de modestia y soberbia que me permite sobreponerme a los elogios y a los ataques”. Aconsejó: “Nunca hagas favores con la literatura. No la rebajes para hacer amigos”. Y así, terminó defendiendo una existencia animal, aislada, campestre, apartada, protegida, reconcentrada en su jardín.. En la ciudad, su Londres era el camino que lleva hacia la Torre de Londres. “Si una bomba destruyese una de esas calles y se llevase el olor a río, las cortinas y a una anciana leyendo… entonces quizás sentiría algo parecido a lo que dicen sentir los patriotas”, escribió. No hablaba con metáforas. Vivió la Segunda Guerra Mundial. “Si Hitler desembarca ¿nos atreveremos a suicidarnos?”. Era judía. Pero también británica. Sabía que “el gran escenario de la historia envuelve nuestro pequeño escenario privado”. Era una mujer para la que la comodidad no estaba en casa sino en las personas: en la confianza mutua (eso escribió y se supone que, por lo menos temporalmente, la tuvo con algunos amigos y, por lo menos en parte —desdeñaba su clasismo— con Leonard, su marido). Cuando escribía todo esto, Woolf era una mujer en la cumbre de su vida que buscó regodearse en el alivio de perder pertenencias para volver a empezar. Desde ahí, sólo pedía 10 años más, “solo 10 años, pero tranquilos”. Entre tanto, se repetía que debía posar la mirada sobre todo lo que es hermoso”. Vivió casi veinte años más, hasta los 59. Luego, ya saben, se metió piedras en los bolsillos y entró en el río Ouse. Era el 28 de marzo de 1941. Hitler dejaría de bombardear Londres dos meses después. Nunca llegaría a invadir la ciudad.
