La moneda mala expulsa la buena, sentencia la Ley de Gresham. Pero esto solo ocurre si somos forzados a usar la mala, algo que solo el poder es capaz de hacer. Si los venezolanos pudieran elegir su moneda, jamás elegirían el devaluado bolívar que la dictadura chavista les obliga a usar. Si hay libertad, por tanto, lo bueno expulsa lo malo. Pero entonces, ¿por qué perduran las ideas erróneas y nocivas?. Entre las muchas observaciones atinadas que plantea Rafael Atienza en su libro, «Heredarás el mérito», que reseñamos aquí hace poco, figura precisamente este punto: el mercado de las ideas no funciona bien, porque no siempre prevalecen las acertadas.. Esta asimetría fue objeto de un artículo de Ronald Coase en el American Economic Review en 1974. El futuro premio Nobel de Economía observó la paradoja de que el denostado liberalismo es universalmente respetado en el campo de las ideas. La opinión mayoritaria es que los mercados adolecen de fallos que requieren la intervención política y legislativa, salvo en el campo del pensamiento, donde se supone que no hay fallos, ni monopolios, ni externalidades, ni consumidores incapaces de discernir conforme a sus propios intereses, y, en cambio, los que pretendan intervenir en ese campo serán ineficientes, incompetentes, y sus intereses probablemente espurios. Más aún, lo habitual es que quienes más enérgicamente atacan el libre mercado en el caso de los bienes y los servicios sean los más entusiastas defensores del liberalismo en el mercado de las ideas.. Dice Coase que la paradoja se explica por el propio interés y la autoestima de los agentes del mercado de las ideas, es decir, de los intelectuales, artistas, profesores, políticos y periodistas: «mientras que los demás son objeto de regulación, la regulación no debe aplicarse a ellos… quizá no sea una explicación bonita, pero no se me ocurre ninguna otra para esta extraña situación».. En realidad, los mercados no son tan diferentes, y en todos hay honrados y pillos, competentes e inútiles. Pero si aplicamos el mismo enfoque para todos sospecharemos que quizá hay más fallos en el mercado de las ideas que en el de los bienes y servicios. Y como los antiliberales, con razón, nunca aceptarán un recorte de la libertad de expresión, se verán ante la inquietante opción de defender esa misma libertad en los demás mercados.
En realidad, los mercados no son tan diferentes, y en todos hay honrados y pillos, competentes e inútiles
La moneda mala expulsa la buena, sentencia la Ley de Gresham. Pero esto solo ocurre si somos forzados a usar la mala, algo que solo el poder es capaz de hacer. Si los venezolanos pudieran elegir su moneda, jamás elegirían el devaluado bolívar que la dictadura chavista les obliga a usar. Si hay libertad, por tanto, lo bueno expulsa lo malo. Pero entonces, ¿por qué perduran las ideas erróneas y nocivas?. Entre las muchas observaciones atinadas que plantea Rafael Atienza en su libro, «Heredarás el mérito», que reseñamos aquí hace poco, figura precisamente este punto: el mercado de las ideas no funciona bien, porque no siempre prevalecen las acertadas.. Esta asimetría fue objeto de un artículo de Ronald Coase en el American Economic Review en 1974. El futuro premio Nobel de Economía observó la paradoja de que el denostado liberalismo es universalmente respetado en el campo de las ideas. La opinión mayoritaria es que los mercados adolecen de fallos que requieren la intervención política y legislativa, salvo en el campo del pensamiento, donde se supone que no hay fallos, ni monopolios, ni externalidades, ni consumidores incapaces de discernir conforme a sus propios intereses, y, en cambio, los que pretendan intervenir en ese campo serán ineficientes, incompetentes, y sus intereses probablemente espurios. Más aún, lo habitual es que quienes más enérgicamente atacan el libre mercado en el caso de los bienes y los servicios sean los más entusiastas defensores del liberalismo en el mercado de las ideas.. Dice Coase que la paradoja se explica por el propio interés y la autoestima de los agentes del mercado de las ideas, es decir, de los intelectuales, artistas, profesores, políticos y periodistas: «mientras que los demás son objeto de regulación, la regulación no debe aplicarse a ellos… quizá no sea una explicación bonita, pero no se me ocurre ninguna otra para esta extraña situación».. En realidad, los mercados no son tan diferentes, y en todos hay honrados y pillos, competentes e inútiles. Pero si aplicamos el mismo enfoque para todos sospecharemos que quizá hay más fallos en el mercado de las ideas que en el de los bienes y servicios. Y como los antiliberales, con razón, nunca aceptarán un recorte de la libertad de expresión, se verán ante la inquietante opción de defender esa misma libertad en los demás mercados.
