Yolanda Díaz es ya protagonista única de un diálogo social convertido en un culebrón turco de traiciones y promesas incumplidas que ha transformado la mesa de negociación en un trámite incómodo que sortea a sindicatos y empresarios cuando no se avienen a respaldar el guion del Ministerio de Trabajo. El deterioro de las relaciones de Díaz con la patronal no es nuevo, pero sí el distanciamiento –fingido o no– con los sindicatos, que es ya evidente. CEOE y Cepyme llevan tiempo denunciando una creciente asfixia normativa, inseguridad jurídica y una tendencia de Trabajo a legislar desde la imposición ideológica antes que desde el acuerdo. Pero ahora se produce una circunstancia mucho más reveladora, que también los sindicatos empiezan a rebelarse contra la ministra. UGT y CC OO amenazan con congelar nuevos acuerdos si el Gobierno no cumple los compromisos adquiridos sobre el registro horario. Cuando tus aliados tradicionales abandonan el habitual tono complaciente, quizá haya llegado el momento de que la ministra se pregunte si está haciendo algo –o mucho– mal. El problema no es que tenga convicciones políticas, porque es perfectamente legítimo que las tenga y que trate de convertirlas en realidades públicas. Lo malo es cuando esta convicción se transforma en soberbia y decide, a golpe de decreto, sustituirla sistemáticamente por la negociación. El diálogo social no consiste en convocar a los agentes sociales para hacerse la fotografía y, después, aprobar aquello que ya estaba decidido de antemano o que deja solo margen a lo que uno quiere y los sindicatos aportan. Una política laboral responsable debería ser capaz de escuchar ambos argumentos, pero la sensación que transmite el Ministerio es la que ha impuesto en sus negociaciones: primero se anuncia, después se presiona y, finalmente, se exige a los demás que se adapten bajo la bandera única y soberana del trabajador. Eso, señora mía, no es diálogo, es monólogo.
El diálogo social no consiste en convocar a los agentes sociales para hacerse la fotografía y, después, aprobar aquello que ya estaba decidido de antemano
Yolanda Díaz es ya protagonista única de un diálogo social convertido en un culebrón turco de traiciones y promesas incumplidas que ha transformado la mesa de negociación en un trámite incómodo que sortea a sindicatos y empresarios cuando no se avienen a respaldar el guion del Ministerio de Trabajo. El deterioro de las relaciones de Díaz con la patronal no es nuevo, pero sí el distanciamiento –fingido o no– con los sindicatos, que es ya evidente. CEOE y Cepyme llevan tiempo denunciando una creciente asfixia normativa, inseguridad jurídica y una tendencia de Trabajo a legislar desde la imposición ideológica antes que desde el acuerdo. Pero ahora se produce una circunstancia mucho más reveladora, que también los sindicatos empiezan a rebelarse contra la ministra. UGT y CC OO amenazan con congelar nuevos acuerdos si el Gobierno no cumple los compromisos adquiridos sobre el registro horario. Cuando tus aliados tradicionales abandonan el habitual tono complaciente, quizá haya llegado el momento de que la ministra se pregunte si está haciendo algo –o mucho– mal. El problema no es que tenga convicciones políticas, porque es perfectamente legítimo que las tenga y que trate de convertirlas en realidades públicas. Lo malo es cuando esta convicción se transforma en soberbia y decide, a golpe de decreto, sustituirla sistemáticamente por la negociación. El diálogo social no consiste en convocar a los agentes sociales para hacerse la fotografía y, después, aprobar aquello que ya estaba decidido de antemano o que deja solo margen a lo que uno quiere y los sindicatos aportan. Una política laboral responsable debería ser capaz de escuchar ambos argumentos, pero la sensación que transmite el Ministerio es la que ha impuesto en sus negociaciones: primero se anuncia, después se presiona y, finalmente, se exige a los demás que se adapten bajo la bandera única y soberana del trabajador. Eso, señora mía, no es diálogo, es monólogo.
