Maratón de León XIV en el que ha sido el primer viaje de un pontífice a Mónaco. Menos de nueve horas para un visita exprés que, sin embargo, le ha permitido lanzar unos cuantos recados de calado. En el pequeño Estado principesco icono del lujo y del glamour, Robert Prevost clamó contra las desigualdades económicas, lanzó una defensa inequívoca de la vida frente al aborto y gritó en favor de la paz frente a quienes hacen negocio con la guerra.
El Papa llegó a la ciudad-Estado en helicóptero directamente del Vaticano en torno a las nueve y media de la mañana. El periplo arrancó en el palacio monegasco, con la correspondiente ceremonia de bienvenida el encuentro privado con el Príncipe Alberto, como jefe de Estado, que estuvo acompañado de su esposa, Charlène, y sus dos hijos. Sin andarse con rodeos y, tras pronunciar los saludos institucionales, el Papa reivindicó «la amistad social» hoy amenazada «por un ambiente generalizado de cerrazón y autosuficiencia». Justo después reivindicó el derecho y de la justicia «en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz».
Con este punto de partida, elogió la pluralidad del «microcosmos» que es Mónaco donde se entrecruzan millonarios, trabajadores y turistas, a la vez que denunció «las configuraciones injustas del poder» y «las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados, entre amigos y enemigos».
En esta primera alocución, el Papa sacó pecho al afirmar que Móncao es de los pocos países de mundo donde el catolicismo es la religión oficial, tal y como establece su Constitución. Desde ahí, subrayó que «la soberanía de Jesús» no es un recorte de libertades: «No aplasta, sino que libera, no separa, sino que une». En este punto, subrayó cómo la fe cristiana está «dispuesta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad». De la misma manera, puso en valor cómo el Principado mantiene «un compromiso especial de profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia y elaborar buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformadora».
De esta manera, el Santo Padre agradecía al monarca haber impedido que el aborto se legalizara en el país. Y es que, el pasado noviembre el parlamento, conocido como Consejo Nacional, votó a favor de la liberalizar el aborto hasta la semana 12 –dieciséis en caso de violación–, y permitir a las menores de 15 años abortar sin el permiso de sus padres. El rechazo del príncipe a firmar la normativa frenó en seco su aprobación definitiva.
Con este primer discurso como prólogo, a las once le esperaban el clero y los religiosos en la catedral de la Inmaculada Concepción. En el templo, el Papa desarrollaría todavía más este compromiso de la Iglesia como «abogada» de la dignidad humana «desde su concepción hasta su fin natural». En este caso, se detuvo especialmente en su labor de «acogida y hospitalidad» con los «olvidados y marginados. «En la Iglesia, las diferencias nunca se convierten en ocasión de división en clases sociales. Al contrario, todos son acogidos en cuanto personas e hijos de Dios», explicó el Papa agustino. Sabedor de la descristianización que azota el continente y, por tanto, a los monegascos, el Papa encomendó a curas, monjas y laicos comprometidos a ofrecer «mapas de orientación capaces de frenar aquellos impulsos del secularismo que corren el riesgo de reducir al hombre al individualismo y de fundar la vida social sobre la producción de la riqueza». Y fue en ese instante cuando lanzó un examen de conciencia a los presentes: «¿Estamos realmente defendiendo al ser humano? ¿Estamos protegiendo la dignidad de la persona en la protección de la vida en todas sus fases? ¿Es realmente justo y está inspirado en la solidaridad el modelo económico y social vigente?».
Con estas interrogantes en el aire, León XIV se encaminó al exterior de la catedral, frente a la Iglesia de Santa Devota, patrona del país, donde le esperaban los jóvenes. A ellos les encargó contagiar a sus coetáneos «la solidez» del amor frente a las modas, que «exige fidelidad, constancia y disposición al sacrificio en la vida cotidiana». «Sólo así la inquietud encuentra paz y se llena el vacío interior», les comentó, como respuesta a los testimonios de varios peregrinos. A la vez, les invitó a fomentar el silencio y la escucha «para acallar el frenesí del hacer y del decir, de los mensajes, los reels y los chats». Pero, sobre todo, los animo a convertirse en los artífices de «un gran taller de solidaridad, una ventana a la esperanza» para «dar voz a quienes no la tienen».
Después de la intensa mañana, el almuerzo y un tiempo para el descanso, el Estadio Louis II sirvió de escenario para una multitudinaria eucaristía en la que León XIV no rebajó el tono de su discurso. León XVI pronunció una homilía con una mirada más internacional, centrada en pedir una vez más la paz en el mundo. Así, hizo suya la denuncia del Papa Francisco de la actual «cultura del descarte», condenando lo mismo las guerras que «ensangrientan el mundo», fruto de «la idolatría del poder y del dinero». «¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de la guerra! La paz no es un mero equilibro de fuerzas», exclamó antes de despedirse de Mónaco. Y no se quedó ahí: «¡Cuántos cálculos se hacen en el mundo para matar inocentes!».
El maratón de León XIV, que marca la primera visita de un pontífice a Mónaco. Menos de nueve horas para una visita expresa que, sin embargo, le permitió iniciar varias misiones de aguas profundas. En el pequeño estado principesco que simboliza el lujo y el glamour, Robert Prevost condenó las desigualdades económicas, defendió firmemente la vida contra el aborto y abogó enérgicamente por la paz entre los que se benefician de la guerra. El Papa llegó a la ciudad-estado en helicóptero directamente desde el Vaticano alrededor de las 9:30 a.m. El viaje comenzó en el palacio monegasco, con la ceremonia de bienvenida apropiada, una audiencia privada con el príncipe Alberto, el jefe de estado, acompañado por su esposa, Charlène, y sus dos hijos. Después de los saludos formales y sin mucha elaboración, el Papa exhortó a la «amistad social», ahora amenazada por un clima generalizado de aislamiento y egocentrismo. Luego abogó por el estado de derecho y la justicia «en un momento de la historia en que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación están perjudicando al mundo y amenazando la paz». A partir de esta premisa, elogió la diversidad del «microcosmos» de Mónaco, donde convergen millonarios, trabajadores y turistas, mientras condenaba «las configuraciones injustas del poder» y «las estructuras de pecado que cavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados, entre amigos y enemigos». Luego enfatizó que «la soberanía de Jesús» no restringe las libertades: «No aplasta, sino que libera; no separa, sino que une». En esta coyuntura, hizo hincapié en que la fe cristiana está «siempre dispuesta a salvaguardar con amor cada vida humana, en cada momento y en cada circunstancia, asegurando que nadie sea excluido de la mesa de la fraternidad».
León XIV condena la «habilidad» de la guerra en la tierra del encanto y expresa su agradecimiento a Alberto II por su batalla contra el aborto.
El maratón de León XIV, que marca la primera visita de un pontífice a Mónaco. Menos de nueve horas para una visita expresa que, sin embargo, le permitió iniciar varias misiones de aguas profundas. En el pequeño estado principesco que simboliza el lujo y el glamour, Robert Prevost condenó las desigualdades económicas, defendió firmemente la vida contra el aborto y abogó enérgicamente por la paz entre los que se benefician de la guerra. El Papa llegó a la ciudad-estado en helicóptero directamente desde el Vaticano alrededor de las 9:30 a.m. El viaje comenzó en el palacio monegasco, con la ceremonia de bienvenida apropiada, una audiencia privada con el príncipe Alberto, el jefe de estado, acompañado por su esposa, Charlène, y sus dos hijos. Después de los saludos formales y sin mucha elaboración, el Papa exhortó a la «amistad social», ahora amenazada por un clima generalizado de aislamiento y egocentrismo. Luego abogó por el estado de derecho y la justicia «en un momento de la historia en que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación están perjudicando al mundo y amenazando la paz». A partir de esta premisa, elogió la diversidad del «microcosmos» de Mónaco, donde convergen millonarios, trabajadores y turistas, mientras condenaba «las configuraciones injustas del poder» y «las estructuras de pecado que cavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados, entre amigos y enemigos». Luego enfatizó que «la soberanía de Jesús» no restringe las libertades: «No aplasta, sino que libera; no separa, sino que une». En esta coyuntura, hizo hincapié en que la fe cristiana está «siempre dispuesta a salvaguardar con amor cada vida humana, en cada momento y en cada circunstancia, asegurando que nadie sea excluido de la mesa de la fraternidad».
