Cualquiera que sea percibido como un peligro para la estabilidad del régimen ruso corre el riesgo de ir a la cárcel
El espectro ideológico de los presos políticos del régimen de Vladímir Putin es tan amplio como los colores del arco iris. La prisión amenaza a liberales, socialistas o comunistas que se atrevan a reclamar democracia y también a los nacionalistas con iniciativas propias no autorizadas. En Rusia, cualquiera que sea percibido como un peligro, aunque sea difuso, para la estabilidad del régimen, corre el riesgo de ir a parar a la cárcel, en el marco de una política de prevención y sospecha cuyas raíces están en las prácticas del Comité de Seguridad del Estado (KGB) de la URSS, entidad de procedencia del presidente de Rusia y una buena parte de su entorno.Entre los personajes ampliamente respetados que están actualmente en la cárcel en Rusia, se encuentra el sociólogo y teórico marxista Borís Kagarlitski, condenado en febrero de 2024 a cinco años de prisión por “incitar al terrorismo” en un comentario difundido en octubre de 2022.Por su prestigio académico, su edad (a punto de cumplir 68 años) y su larga trayectoria política y académica, Kagarlitski es un caso muy especial en el conjunto de 5.000 presos políticos existentes en Rusia, según estimaciones mínimas de asociaciones de derechos humanos como Memorial. Kagarlitski es un intelectual crítico de izquierdas, que no fue nunca complaciente, ni con Vladímir Putin ni con su antecesor, Borís Yeltsin, ni con el acartonado socialismo de la Unión Soviética antes de la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov. Tampoco ha sido complaciente con el sistema capitalista occidental, que critica en sus escritos. “Kagarlitski es uno de los pocos intelectuales de izquierdas serios de la Rusia moderna”, dice desde Moscú Pavel Kudiukin, sociólogo, sindicalista y exviceministro de Trabajo ruso.Kagarlitski fue detenido en julio de 2023. Diez meses antes, en Youtube, había realizado un comentario en el que supuestamente justificaba un atentado contra el puente sobre el estrecho de Kerch, en Crimea. El sociólogo, residente en Moscú, fue trasladado por la fuerza a Syvtyvkar, porque de aquella ciudad, a más de 1.000 kilómetros al noreste de Moscú, procedía la denuncia presentada por un diputado local “escandalizado” por su comentario, titulado Saludos explosivos al gato Mostik. ”El título no lo había puesto él”, aclara por teléfono Ksenia Kagarlitski, la hija del sociólogo. La frase hacía alusión a un gato muy publicitado por los medios de comunicación rusos por habitar en el puente que unió la ocupada Crimea a Rusia en 2019.El sociólogo fue condenado en primera instancia a una multa de cerca de 5.500 euros al cambio. Pero a la Fiscalía del Estado el castigo le pareció poco y recurrió la sentencia. Un tribunal de apelación, reunido en una base militar vetada a la prensa, lo condenó en febrero de 2024 a cinco años de reclusión, que Kagarlitski cumple en la actualidad en un penal en la provincia de Tver.En la cárcel, el sociólogo encuentra el modo de s
El espectro ideológico de los presos políticos del régimen de Vladímir Putin es tan amplio como los colores del arco iris. La prisión amenaza a liberales, socialistas o comunistas que se atrevan a reclamar democracia y también a los nacionalistas con iniciativas propias no autorizadas. En Rusia, cualquiera que sea percibido como un peligro, aunque sea difuso, para la estabilidad del régimen, corre el riesgo de ir a parar a la cárcel, en el marco de una política de prevención y sospecha cuyas raíces están en las prácticas del Comité de Seguridad del Estado (KGB) de la URSS, entidad de procedencia del presidente de Rusia y una buena parte de su entorno.Seguir leyendo
