Hay una palabra que parece haber envejecido mal: hacer novillos. Evoca una universidad —o antes, un instituto— en la que faltar a clase tenía algo de aventura. Se hacía novillos por gamberrismo, por rebeldía, por aburrimiento o incluso por snobismo: había quien consideraba más interesante estar en el café, en el cine o simplemente en cualquier otro sitio que sentado ante una pizarra. Faltar era, de algún modo, una transgresión. Hoy las razones son bastante diferentes. Muchos universitarios no necesitan siquiera salir de casa para ausentarse de las aulas. Los apuntes están en línea, las presentaciones circulan por los grupos de clase, las grabaciones permiten recuperar una sesión y buena parte de los materiales docentes se puede consultar a cualquier hora. La asistencia, que antes era la puerta de entrada al conocimiento, se ha convertido en algunos casos en una opción entre otras. A ello se suma un hábito de no presencialidad que la pandemia aceleró y que, en determinados contextos, parece haber dejado huella. Si una clase puede seguirse parcialmente desde el ordenador, si los contenidos están disponibles en el campus virtual y si el examen no exige haber estado físicamente en el aula, la tentación de quedarse en casa resulta evidente. No siempre se trata de desidia: también hay una nueva relación con el tiempo, con la autonomía y con la utilidad que se atribuye a cada actividad. Y existe, además, una paradoja. Hay profesores que lamentan el absentismo de sus alumnos, pero también estudiantes decepcionados por clases poco estimulantes o por docentes que no siempre muestran el mismo compromiso con la presencialidad que reclaman. Cuando el profesor falta, llega tarde, improvisa o convierte la clase en una mera repetición de unos apuntes que ya están disponibles en internet, la asistencia pierde parte de su sentido. Quizá el problema no sea simplemente que los universitarios falten más, sino que la universidad está renegociando qué significa estar presente. Antes, hacer novillos era escaparse de clase. Ahora puede ser preguntarse, con cierta lógica pragmática, para qué ir. Y esa pregunta, mucho más que el viejo gamberrismo, obliga tanto a la universidad como a los estudiantes a mirarse a sí mismos.
Hay una palabra que parece haber envejecido mal: hacer novillos. Evoca una universidad —o antes, un instituto— en la que faltar a clase tenía algo de aventura. Se hacía novillos por gamberrismo, por rebeldía, por aburrimiento o incluso por snobismo: había quien consideraba más interesante estar en el café, en el cine o simplemente en cualquier otro sitio que sentado ante una pizarra. Faltar era, de algún modo, una transgresión. Hoy las razones son bastante diferentes. Muchos universitarios no necesitan siquiera salir de casa para ausentarse de las aulas. Los apuntes están en línea, las presentaciones circulan por los grupos de clase, las grabaciones permiten recuperar una sesión y buena parte de los materiales docentes se puede consultar a cualquier hora. La asistencia, que antes era la puerta de entrada al conocimiento, se ha convertido en algunos casos en una opción entre otras. A ello se suma un hábito de no presencialidad que la pandemia aceleró y que, en determinados contextos, parece haber dejado huella. Si una clase puede seguirse parcialmente desde el ordenador, si los contenidos están disponibles en el campus virtual y si el examen no exige haber estado físicamente en el aula, la tentación de quedarse en casa resulta evidente. No siempre se trata de desidia: también hay una nueva relación con el tiempo, con la autonomía y con la utilidad que se atribuye a cada actividad. Y existe, además, una paradoja. Hay profesores que lamentan el absentismo de sus alumnos, pero también estudiantes decepcionados por clases poco estimulantes o por docentes que no siempre muestran el mismo compromiso con la presencialidad que reclaman. Cuando el profesor falta, llega tarde, improvisa o convierte la clase en una mera repetición de unos apuntes que ya están disponibles en internet, la asistencia pierde parte de su sentido. Quizá el problema no sea simplemente que los universitarios falten más, sino que la universidad está renegociando qué significa estar presente. Antes, hacer novillos era escaparse de clase. Ahora puede ser preguntarse, con cierta lógica pragmática, para qué ir. Y esa pregunta, mucho más que el viejo gamberrismo, obliga tanto a la universidad como a los estudiantes a mirarse a sí mismos.
Muchos universitarios no necesitan siquiera salir de casa para ausentarse de las aulas
Hay una palabra que parece haber envejecido mal: hacer novillos. Evoca una universidad —o antes, un instituto— en la que faltar a clase tenía algo de aventura. Se hacía novillos por gamberrismo, por rebeldía, por aburrimiento o incluso por snobismo: había quien consideraba más interesante estar en el café, en el cine o simplemente en cualquier otro sitio que sentado ante una pizarra. Faltar era, de algún modo, una transgresión. Hoy las razones son bastante diferentes. Muchos universitarios no necesitan siquiera salir de casa para ausentarse de las aulas. Los apuntes están en línea, las presentaciones circulan por los grupos de clase, las grabaciones permiten recuperar una sesión y buena parte de los materiales docentes se puede consultar a cualquier hora. La asistencia, que antes era la puerta de entrada al conocimiento, se ha convertido en algunos casos en una opción entre otras. A ello se suma un hábito de no presencialidad que la pandemia aceleró y que, en determinados contextos, parece haber dejado huella. Si una clase puede seguirse parcialmente desde el ordenador, si los contenidos están disponibles en el campus virtual y si el examen no exige haber estado físicamente en el aula, la tentación de quedarse en casa resulta evidente. No siempre se trata de desidia: también hay una nueva relación con el tiempo, con la autonomía y con la utilidad que se atribuye a cada actividad. Y existe, además, una paradoja. Hay profesores que lamentan el absentismo de sus alumnos, pero también estudiantes decepcionados por clases poco estimulantes o por docentes que no siempre muestran el mismo compromiso con la presencialidad que reclaman. Cuando el profesor falta, llega tarde, improvisa o convierte la clase en una mera repetición de unos apuntes que ya están disponibles en internet, la asistencia pierde parte de su sentido. Quizá el problema no sea simplemente que los universitarios falten más, sino que la universidad está renegociando qué significa estar presente. Antes, hacer novillos era escaparse de clase. Ahora puede ser preguntarse, con cierta lógica pragmática, para qué ir. Y esa pregunta, mucho más que el viejo gamberrismo, obliga tanto a la universidad como a los estudiantes a mirarse a sí mismos.
