Teherán considera que la renuncia a la baza del paso marítimo amenazaría la supervivencia de la República Islámica
Cuando el pasado 17 de junio Irán y Estados Unidos firmaron el memorando de entendimiento que pausó la guerra entre ambos, los responsables de Washington y Teherán que aludieron a ese pacto parecían hablar de documentos diferentes. El texto era tan ambiguo; dejaba tan en el aire cuestiones fundamentales de las hostilidades, como el futuro del programa nuclear iraní y el desbloqueo del estrecho de Ormuz, que muchos expertos pronosticaron ya que se trataba de una vía muerta; una forma de ganar tiempo para los dos signatarios. Esos augurios se cumplieron cuando el acuerdo se reveló como papel mojado mucho antes de que expiraran los 60 días que debían durar las negociaciones para un pacto definitivo. Finalmente, Irán le asestó el golpe final al atacar el 6 de julio a un metanero procedente de Qatar y, poco después, a un petrolero saudí.Más informaciónTeherán rompió así la baraja porque esos barcos habían tomado el corredor por aguas de Omán ―el otro Estado ribereño del estrecho de Ormuz― designado por Washington, y no el que transita por sus aguas y permite a la Guardia Revolucionaria iraní controlar ese estrecho, que se ha convertido en el as al que la República Islámica apuesta la disuasión frente a unos enemigos militarmente superiores y, por lo tanto, la supervivencia del sistema político que rige el país desde 1979. Tras amenazar apenas veladamente a los armadores y hostigar a los buques con drones, Teherán denunció el uso del corredor omaní como una “violación” del acuerdo de alto el fuego. La explicación de ese proceder que abrió de nuevo las puertas de la guerra con Estados Unidos se remite a ese cambio en la doctrina de disuasión que Irán ha desarrollado durante esta guerra. Ese giro ha desplazado el foco de la cuestión nuclear y el programa misilístico a su exitoso bloqueo del estrecho de Ormuz y el impacto en los mercados de la energía de la parálisis de esa vía marítima por la que, antes de la guerra, transitaba el 20% del petróleo mundial. Teherán da muestras de haber llegado a la conclusión de que, si pierde la carta de Ormuz ―por ejemplo, consintiendo el tránsito de buques por ese corredor alternativo omaní― quedará a merced de sus enemigos, Estados Unidos e Israel, que pueden atacar el país de forma periódica, como ya sucedió en junio de 2025 y el 28 de febrero, el primer día de la actual guerra. “El poder iraní ha vinculado el control de esta vía estratégica a su propia supervivencia política y económica”, asegura por mensajes de WhatsApp desde Estados Unidos el politólogo Mohammad Ghaedi, de la Universidad George Washington. En esa “lógica estratégica”, aclara este experto, para Irán “el cobro de peajes por el tránsito a través de esta vía marítima tiene una importancia menor en comparación con la modificación del orden de seguridad regional y el fortalecimiento de la disuasión”.Teherán ha comprobado de nuevo —tras dar por roto, al igual qu
Cuando el pasado 17 de junio Irán y Estados Unidos firmaron el memorando de entendimiento que pausó la guerra entre ambos, los responsables de Washington y Teherán que aludieron a ese pacto parecían hablar de documentos diferentes. El texto era tan ambiguo; dejaba tan en el aire cuestiones fundamentales de las hostilidades, como el futuro del programa nuclear iraní y el desbloqueo del estrecho de Ormuz, que muchos expertos pronosticaron ya que se trataba de una vía muerta; una forma de ganar tiempo para los dos signatarios. Esos augurios se cumplieron cuando el acuerdo se reveló como papel mojado mucho antes de que expiraran los 60 días que debían durar las negociaciones para un pacto definitivo. Finalmente, Irán le asestó el golpe final al atacar el 6 de julio a un metanero procedente de Qatar y, poco después, a un petrolero saudí.Seguir leyendo
