Hay un malpaís que no tiene nombre. Es el de la tierra calcinada por el fuego. Es el paisaje de nuestra sierra ya devastado por la violencia de las llamas. Un territorio arrasado. Una aridez nueva que huele a madera viva, a algún tipo de incienso también que se ha quemado porque el fuego ha abatido a la naturaleza; que huele a goma fundida y metales derretidos cuando lo hace sobre lo que han levantado los hombres y las mujeres de sus pueblos. Como si un enorme soplete hubiera abrasado desde el cielo y a gran velocidad el verde de los pinos, dejándolos en pie, quemados a la mitad, entrando en los valles, surcando las carreteras, dejando en esqueleto las casas o ni siquiera en eso, salvándose del agua, eligiendo propiedades, saltando sobre otras. Una bola de fuego salvaje que asomó una noche por detrás de los montes quietos, que se barruntaba con su resplandor de tormenta roja, y que todo lo ha vuelto ceniza. Seguir leyendo
Salvar a las personas ha sido la prioridad. Y es el único éxito de este incendio que ha partido en dos el verano de 2026. Un fuego que originó accidentalmente el hombre y que avivaron el viento y el calor extremo y continuo de los nuevos veranos
Hay un malpaís que no tiene nombre. Es el de la tierra calcinada por el fuego. Es el paisaje de nuestra sierra ya devastado por la violencia de las llamas. Un territorio arrasado. Una aridez nueva que huele a madera viva, a algún tipo de incienso también que se ha quemado porque el fuego ha abatido a la naturaleza; que huele a goma fundida y metales derretidos cuando lo hace sobre lo que han levantado los hombres y las mujeres de sus pueblos. Como si un enorme soplete hubiera abrasado desde el cielo y a gran velocidad el verde de los pinos, dejándolos en pie, quemados a la mitad, entrando en los valles, surcando las carreteras, dejando en esqueleto las casas o ni siquiera en eso, salvándose del agua, eligiendo propiedades, saltando sobre otras. Una bola de fuego salvaje que asomó una noche por detrás de los montes quietos, que se barruntaba con su resplandor de tormenta roja, y que todo lo ha vuelto ceniza. Un vehículo calcinado por las llamas, en el Pantano de San Juan.ÁLVARO GARCÍAEl incendio ha clausurado el verano en el centro del país. Allí donde las familias cenaban cuando cae el sol, allí donde había una barquita que esperaba a su breve tripulación, donde unos niños se organizaban para jugar en una parcela de verano, esa carretera que hoy no reconozco y que atravesamos el agosto pasado bajo los fuegos artificiales de las fiestas, cruzando el puente sobre los pantanos, y es ahora una culebra de asfalto que discurre entre paisajes cenicientos, árboles abrasados, humo que todavía surge aquí y allá, bajo el batir de los helicópteros que continúan con los trabajos de extinción donde no podemos acceder todavía. Una memoria perdida. No soy capaz de responderle nada a la mujer que nos grita desde la orilla que no entremos en su embarcadero. A esa mujer que está allí abajo y que camina de un lado a otro, desesperada, porque acaba de llegar y mira por primera vez las embarcaciones y patines de agua derretidos junto al pantano de San Juan. Y nos amenaza con que va a llamar a la Guardia Civil si cruzamos la cuerda que delimita su negocio. “Me tengo que enterar de lo que me ha pasado a través de los medios de comunicación”, brama. El jueves 23 de julio, el fuego tocó el agua y un pantalán con más de 50 barcas, cuenta un hombre, salió ardiendo y ha desaparecido. Otro señala su bote; está flotando medio hundido y bocabajo en mitad del embalse. Es el rojo, nos dice. Un desfile de hidroaviones recoge agua y se pierde más allá de las montañas. El fuego sigue activo y descontrolado en algunos puntos a solo unos kilómetros al noroeste, en la Comunidad de Madrid y en la provincia de Ávila. El camping La Ardilla Roja, cerca del Pantano de San Juan, ha quedado completamente arrasado por el fuego.ÁLVARO GARCÍAEse jueves, el cielo cambió de color. Una luz naranja entró por las ventanas de mi casa, como un amanecer equivocado de invierno en pleno mediodía del mes de julio. Luego comenzaron a caer pavesas como plumas d
