Los ricos, al terminar la universidad, no tienen prisa por encontrar un trabajo, así que se dedican a encontrarse a sí mismos. Se toman un año sabático. Yo no soy rico, pero cuando finalicé los estudios estaba bastante perdido, así que me tomé un año lunático, marcial, mercurial, jovial y ligeramente venéreo. Me fui al extranjero a trabajar, vaya. Llegué a Londres y empecé a encadenar trabajos precarios por aquello de vivir la experiencia. Así fue como acabé de cajero en una de estas cadenas de comida rápida pero saludable, el tipo de lugar donde te venden una ensalada de kale con pollo por 12 euros. Era algo así como el Happy meal de la sad people, un menú hipocalórico e hiperpráctico, ideal para funcionarios de mediana edad.. Seguir leyendo
Los ricos, al terminar la universidad, no tienen prisa por encontrar un trabajo, así que se dedican a encontrarse a sí mismos. Se toman un año sabático. Yo no soy rico, pero cuando finalicé los estudios estaba bastante perdido, así que me tomé un año lunático, marcial, mercurial, jovial y ligeramente venéreo. Me fui al extranjero a trabajar, vaya. Llegué a Londres y empecé a encadenar trabajos precarios por aquello de vivir la experiencia. Así fue como acabé de cajero en una de estas cadenas de comida rápida pero saludable, el tipo de lugar donde te venden una ensalada de kale con pollo por 12 euros. Era algo así como el Happy meal de la sad people, un menú hipocalórico e hiperpráctico, ideal para funcionarios de mediana edad.. En su libro Falso Espejo, la periodista Jia Tolentino describe a la perfección estos lugares como un abrevadero de profesionales hastiados que no disponen del tiempo ni de las ganas para cocinar, ni siquiera para cortar un alimento, pues necesitan una mano libre mientras comen para trastear con el móvil y seguir activos en un trabajo que les permite, en primer lugar, pagar una ensalada de kale con pollo a 12 euros. Dice Tolentino que “una eficiente sesión mecánica de ingestión de ensalada, llevada a cabo de tal manera que no hay por qué dejar de enviar mails, es sinónimo de una buena vida”. Significa progreso, optimización del tiempo, un ritual profesional.. Yo viví aquella experiencia desde el otro lado del mostrador. A la hora de comer aparecían decenas de oficinistas, creando una ordenada estampida. Se colocaban todos delante de mi caja hasta formar una fila que solo terminaba cuando había cumplido mi jornada de ocho horas. Yo repetía las frases que me había aprendido en el guion del empleado. Good morning sir! Eat in or take away? Anything else? Thank you, sir, have a great day. Las únicas variaciones que se permitían eran cambiar el sir por el madam según el género del cliente y el morning por afternoon según la hora. Cualquier otro cambio podía ser penalizado.. Repetía estas frases con una letanía cacatúa. Eat in or take away? 100, 200 veces al día. Anything else, madam? Lo hacía con una sonrisa anfetamínica que no iba dirigida a nadie en particular, pues normalmente los clientes ni siquiera me miraban a la cara. Thank you, sir, have a great day! Pero un día, una oficinista se salió del guion y me preguntó con cierto desdén por qué tanta felicidad impostada. Uno no sabe cómo va a reaccionar ante un glitch de Matrix. Pensé en ignorarla y preguntar, literal, que si quiere bolsa, señora. También estuve tentado de mandarla a la mierda, la verdad. Al final decidí que no había mejor respuesta que la verdad.. “Porque nos están vigilando”, le susurré mirando subrepticiamente hacia los lados. Y pasé a contarle, a pesar de la fila creciente, que entre todos los oficinistas hastiados e intercambiables había un infiltrado. Era el comprador misterioso, una persona contratada por nuestra empresa que nos evaluaba una vez por semana. Comprobaba que dijéramos nuestras frases en la literalidad del guion, que sonriéramos y nos mostráramos felices y serviciales. Si lo hacíamos, nos mantenía un bonus económico, una libra a la hora esa semana. 40 libras extra. Si uno solo de nosotros no cumplía, retiraba el bonus a toda la plantilla.. Expliqué todo esto a la clienta impertinente, que recogió su pedido y se quedó mirándome unos segundos eternos. Parecía una gran conversación, aquel silencio. “Have a great day, madam!”, le grité, volviendo a mi papel. No volví a verla. Igual decidió boicotear a mi empresa, un empático acto de solidaridad. Puede que abandonara su rutina de rumiar ensalada y contestar emails en su hora de descanso. El caso es que aquella semana no recibimos el bonus por mi culpa. Nunca lo supe, pero sospecho que el comprador misterioso escuchó mi perorata. A la semana siguiente dejé aquel trabajo y volví a Madrid.. Han pasado más de 15 años de aquella historia y hoy me encuentro al otro lado del mostrador. Mientras espero paciente en la cola para hacerme con mi ensalada de kale con pollo, tengo la sensación de que las dinámicas tóxicas del capitalismo se han multiplicado desde entonces. Hoy no hacen falta compradores misteriosos, todos participamos en la economía de vigilancia gracias a aplicaciones como Google Review. Valoramos en una escala de estrellitas el trabajo ajeno. Echar un vistazo a las reseñas es asomarse a un repositorio de pequeños dramas, ajustes de cuentas con camareros que igual no tuvieron su mejor día. Que dejaron de sonreír.. Tengo suerte de que en mi trabajo no haya un entrevistado misterioso, nadie me paga un extra por impostar una felicidad que no siento. Hoy tengo más que ver con aquellos pretéritos oficinistas, comparto con ellos esa obsesión por la comida eficiente, por la ensalada preparada como objeto totémico del trabajo de cuello blanco. La pausa de la comida se ha convertido en un espacio para avanzar trabajo, para disociarse en el feed de Instagram, para comprar, consumir. Para optimizar. Es la otra cara de la misma moneda.
El ‘bowl’ de lechuga con cosas se ha convertido en el objeto totémico del oficinista, pues puede consumirse con una sola mano mientras con la otra se avanza trabajo en el móvil
