Las reformas legislativas de Péter Magyar generan las primeras críticas, mientras el régimen de Fidesz de desintegra a gran velocidad y pierde la jefatura de Estado
La transición que capitanea el conservador Péter Magyar en Hungría avanza con ímpetu para dejar atrás la era iliberal de Viktor Orbán. Respaldado por el rotundo aval que le otorga su histórica victoria electoral de abril, el líder de Tisza ha emprendido una agenda reformista exprés, con algún que otro tropiezo y más de una incógnita. El régimen de Orbán ha pasado de parecer una fortaleza inexpugnable a desmoronarse a una velocidad insospechada. Solo resistía la jefatura de Estado de Tamás Sulyok, que finalmente firmó el sábado la reforma constitucional que le destituye como presidente. Con operaciones de nombres épicos como Purgatorio o Fuego Purificador, el nuevo dirigente mantiene una frenética actividad legislativa para desmontar el entramado corrupto con el que Orbán capturó el Estado húngaro. En los poco más de dos meses desde que tomó posesión el 9 de mayo, Magyar ha hecho un uso intensivo de su supermayoría parlamentaria —141 diputados de los 199 del Parlamento—. Ha emprendido dos enmiendas constitucionales, reformas legislativas de calado, un giro radical a las relaciones diplomáticas —reconstruyendo puentes con Bruselas, Kiev o Varsovia—, y un sonoro cerrojazo a los informativos de la radiotelevisión pública. También ha aparcado la persecución a las minorías como el colectivo LGTBI, que este año pudo desfilar libremente en el Orgullo de Budapest en junio.El nuevo Gobierno está centrado en lo urgente: acceder a los 16.000 millones de euros que la UE bloqueó a Hungría por la deriva del Estado de derecho, la mayor parte de los cuales expiran a finales de agosto. Para cumplir con las condiciones de Bruselas, Magyar ha cerrado la polémica oficina de defensa de la soberanía de Orbán, que buscaba silenciar las voces críticas. Ha reforzado los organismos anticorrupción y ha puesto en marcha la creación de una Oficina de Recuperación y Protección de Bienes Nacionales. El objetivo es desmontar las fundaciones con las que el anterior Gobierno privatizó las universidades, entre otras instituciones, y devolverlas al Estado. También ha sumado al país a la Fiscalía Europea, además de lanzar investigaciones a contratos públicos de la era de Fidesz. El apoyo a Tisza, que en abril obtuvo el 53% de los votos, ahora supera el 60%, según las encuestas. Con ese empuje, Magyar se siente legitimado en su cruzada contra Fidesz y los altos cargos colocados por el partido de Orbán en instituciones clave. En la primera reforma constitucional limitó el mandato de los primeros ministros a dos legislaturas, para impedir el retorno de Orbán. En la segunda, aprobada el pasado lunes y ratificada el sábado, amplió el cerco a Fidesz. Las enmiendas buscaban destituir al presidente, restringir a tres los mandatos de los diputados y recuperar los 70 años como la edad tope para la jubilación de los jueces del Tribunal Constitucional, lo cual implica la salida del actual presidente y deja libres varias vacantes.
La transición que capitanea el conservador Péter Magyar en Hungría avanza con ímpetu para dejar atrás la era iliberal de Viktor Orbán. Respaldado por el rotundo aval que le otorga su histórica victoria electoral de abril, el líder de Tisza ha emprendido una agenda reformista exprés, con algún que otro tropiezo y más de una incógnita. El régimen de Orbán ha pasado de parecer una fortaleza inexpugnable a desmoronarse a una velocidad insospechada. Solo resistía la jefatura de Estado de Tamás Sulyok, que finalmente firmó el sábado la reforma constitucional que le destituye como presidente. Seguir leyendo
