La obesidad se escribe en nuestro ADN y predice, como una profecía genética, el tipo de cuerpo que tendremos. Hace unas décadas era más fácil rebelarse contra ese destino. Luchar contra nuestra programación genética y mantener a raya los kilos de más. Pero en un mundo obesogénico, rodeados de productos alimentarios baratos, adictivos y ubicuos, es cada vez más difícil. Una serie de recientes artículos científicos ha reforzado esta idea, que se impone en tiempos de Ozempic y viene a difuminar la idea de la obesidad como una cuestión de elección o fuerza de voluntad. Seguir leyendo
Más de 3.000 variantes determinan la predisposición a engordar. Una profecía genética que en los últimos años se ha reforzado por cuestiones ambientales
La obesidad se escribe en nuestro ADN y predice, como una profecía genética, el tipo de cuerpo que tendremos. Hace unas décadas era más fácil rebelarse contra ese destino. Luchar contra nuestra programación genética y mantener a raya los kilos de más. Pero en un mundo obesogénico, rodeados de productos alimentarios baratos, adictivos y ubicuos, es cada vez más difícil. Una serie de recientes artículos científicos ha reforzado esta idea, que se impone en tiempos de Ozempic y viene a difuminar la idea de la obesidad como una cuestión de elección o fuerza de voluntad. Una nueva investigación publicada en PLOS Medicine señaló cómo la genética explica la relación entre el índice de masa corporal (IMC) de padres e hijos, descartando la importancia de otros mecanismos biológicos. Para llegar a esta conclusión, se analizaron los datos de decenas de miles de familias noruegas. El estudio estima que la genética explicaría alrededor del 79% de la relación madre-hijo y el 94% de la relación padre-hijo a los ocho años de edad. Son datos contundentes, pero tampoco significan que debamos caer en el determinismo genético, explica Tom Bond, investigador de la Universidad de Bristol y autor principal del estudio. “La obesidad está determinada por una combinación de genes y ambiente”, señala. “Si los niños se crían en un ambiente saludable, pueden evitar el sobrepeso, incluso si heredaron genes que aumentan su riesgo de obesidad”. Bond da en el clavo con esta reflexión. Entender cómo interactúa esta combinación entre genética y ambiente podría ser la clave para comprender (y atajar) la actual pandemia de obesidad. En este sentido, el estudio de Bond combina perfectamente con otro, publicado la semana pasada también en PLOS Medicine. Aquí se analizó el IMC y variantes genéticas asociadas con la obesidad en cuatro generaciones británicas nacidas en 1946, 1958, 1970 y 2001. Los resultados indicaban que, aunque la genética no haya cambiado, el ambiente obesogénico ha hecho que su asociación con la obesidad se haya reforzado. “La obesidad ha aumentado demasiado rápido para atribuirla a los genes, pero el ambiente actual puede hacer que la predisposición genética pese más”, explicaba José M. Ordovás, investigador senior en el Centro de Investigación Jean Mayer USDA sobre Nutrición Humana y Envejecimiento. En declaraciones al portal científico SMC, Ordovás valoraba positivamente este estudio, asegurando que “más que cambiar nuestra visión de la obesidad, la refuerza”. La doctora Dolores Corella Piquer, pionera en investigación sobre la genética nutricional, es menos elocuente en su análisis. “Este estudio está basado en modelos estadísticos y no realiza análisis genéticos concretos,” explica. “Estos estudios tienen el problema de que son muy dependientes de los algoritmos estadísticos que utilizan y de la población que analizan. Aportan estimaciones teóricas muy generales.” En c
