Se corresponderá bastante con revolver las tripas del electorado tradicional y excitar los sentimientos más primitivos de la propia feligresía a través del argumentario melodramático hacia el cierre de filas. Definitivamente, Pedro Sánchez tiene una clara hoja de ruta, un plan encaminado, no a aguantar en el poder, cosa que podrá hacer hasta el verano de 2027 porque solo él dispone del botón nuclear para agotar o enterrar la legislatura y porque sus socios no le van a echar, sino a mantenerse en el poder con la vista puesta en el horizonte de 2031 (no lo dicen de broma), tratando de revertir una tendencia electoral que a día de hoy, demoscopia en mano, sitúa a la suma de las derechas en el filo de los doscientos escaños. Si dejamos aparte el escándalo mayúsculo que ya debería estar denunciando el propio PP en las instancias europeas y que no es otro que la llamada «ley de nietos», toda una patada al tablero electoral, la estrategia bien marcada en la que el sanchismo va a centrar su argumentario se sostendrá sobre dos grandes pilares, a cada cual más demagógico. El primero es el del discurso social a propósito de unos presupuestos que en efecto van a presentarse a sabiendas de que serán rechazados, ergo, dando por hecho que no van a prosperar en el parlamento, razón mayor para insuflarles una mayor carga «social», prometiendo unos ríos de leche y miel a los que obviamente se opondrán las derechas y que se convertirán, por lo tanto, en el primer banderín de enganche de la campaña socialista. El otro gran argumento pasará por unas resoluciones judiciales a propósito de los escándalos que se ciernen sobre el PSOE y el entorno del presidente que, hasta el momento, han sido adversas, como en el caso mascarillas, y que pintan mal en otros sumarios abiertos, pero va a bastar con una sola sentencia, bien absolutoria o bien de archivo (el caso Begoña podría ser el emblemático), para remover ese discurso melodramático entre la feligresía socialista hoy desorientada, en torno a una movilización contra los «bulos», los «pseudomedios», las «máquinas del fango» y los contubernios de las extremas derechas. Lo de Patxi López la semana pasada no era gratuito: «Millones de españoles con Begoña, yo con Begoña». Otra cosa será que a quienes se tome por estúpidos al final no lo sean.
Lo de Patxi López la semana pasada no era gratuito: «Millones de españoles con Begoña, yo con Begoña». Otra cosa será que a quienes se tome por estúpidos al final no lo sean.
Se corresponderá bastante con revolver las tripas del electorado tradicional y excitar los sentimientos más primitivos de la propia feligresía a través del argumentario melodramático hacia el cierre de filas. Definitivamente, Pedro Sánchez tiene una clara hoja de ruta, un plan encaminado, no a aguantar en el poder, cosa que podrá hacer hasta el verano de 2027 porque solo él dispone del botón nuclear para agotar o enterrar la legislatura y porque sus socios no le van a echar, sino a mantenerse en el poder con la vista puesta en el horizonte de 2031 (no lo dicen de broma), tratando de revertir una tendencia electoral que a día de hoy, demoscopia en mano, sitúa a la suma de las derechas en el filo de los doscientos escaños.Si dejamos aparte el escándalo mayúsculo que ya debería estar denunciando el propio PP en las instancias europeas y que no es otro que la llamada «ley de nietos», toda una patada al tablero electoral, la estrategia bien marcada en la que el sanchismo va a centrar su argumentario se sostendrá sobre dos grandes pilares, a cada cual más demagógico. El primero es el del discurso social a propósito de unos presupuestos que en efecto van a presentarse a sabiendas de que serán rechazados, ergo, dando por hecho que no van a prosperar en el parlamento, razón mayor para insuflarles una mayor carga «social», prometiendo unos ríos de leche y miel a los que obviamente se opondrán las derechas y que se convertirán, por lo tanto, en el primer banderín de enganche de la campaña socialista.El otro gran argumento pasará por unas resoluciones judiciales a propósito de los escándalos que se ciernen sobre el PSOE y el entorno del presidente que, hasta el momento, han sido adversas, como en el caso mascarillas, y que pintan mal en otros sumarios abiertos, pero va a bastar con una sola sentencia, bien absolutoria o bien de archivo (el caso Begoña podría ser el emblemático), para remover ese discurso melodramático entre la feligresía socialista hoy desorientada, en torno a una movilización contra los «bulos», los «pseudomedios», las «máquinas del fango» y los contubernios de las extremas derechas. Lo de Patxi López la semana pasada no era gratuito: «Millones de españoles con Begoña, yo con Begoña». Otra cosa será que a quienes se tome por estúpidos al final no lo sean.
