Hay muchas maneras de hacer periodismo siendo crítico con el gobierno de turno, bien desde la opinión, desde la información contrastada o mediante cualquier otro género. Más allá, la vigilancia de los medios informativos hacia el poder, además de obligadamente permanente para bien de la salud democrática, no tiene por qué circunscribirse solo a los gobernantes, sino a cualquier otro tipo de poder, ya sea fáctico, económico, religioso, tecnológico o sencillamente disfrazado de paternales instrumentos de seguridad. Mi profundo respeto a la labor informativa de compañeros que se pasan horas, haga frío o calor, a las puertas de un juzgado, de la Audiencia Nacional o de una comisión parlamentaria a puerta cerrada, y mi admiración por quienes se sienten periodistas a tiempo completo las 24 horas de todos los días del año, para mayor inri de sus familias, me ha hecho evitar, tal vez durante demasiado tiempo, cualquier consideración acerca de la actitud de determinados informadores (no les cuestionaré esa condición) que han venido confundiendo de manera demasiado burda y evidente el periodismo con un activismo político que, más allá de las tertulias donde el talibán suplanta al opinador o al analista, se han venido arrogando por el mero hecho de disponer de una credencial o un micrófono en sus manos la «libertad» de abordar a personajes públicos, confundiendo la obligación de preguntar con el acoso y modales a veces más que discutibles.. No me detendré en las cuitas del señor Vito Quiles con la Policía o la justicia porque no me corresponde, pero sí conviene recordar que la democracia que durante décadas nos fuimos dando tiene mucho que ver, no solo con tiempos de políticos más competentes, sino con periodistas más responsables. Sí me siento representado (tal vez Quiles no se reconozca en ello) con los plantes a ruedas de prensa de la antigua Batasuna que justificaba el terrorismo etarra, con no acudir a comparecencias en las que no se admitan preguntas, con el rechazo a los plasmas de antes y de ahora, con la condena a políticos que vejan a compañeras por su condición de mujer a la que «azotaría hasta sangrar» o con la exigencia permanente de respeto a unos dirigentes que han olvidado que el periodista es el nexo entre representantes y representados. Estos «showman» acaban dando argumentos a políticos corruptos y deshonestos. Malos tiempos para el periodismo.
Estos «showman» acaban dando argumentos a políticos corruptos y deshonestos. Malos tiempos para el periodismo.
Hay muchas maneras de hacer periodismo siendo crítico con el gobierno de turno, bien desde la opinión, desde la información contrastada o mediante cualquier otro género. Más allá, la vigilancia de los medios informativos hacia el poder, además de obligadamente permanente para bien de la salud democrática, no tiene por qué circunscribirse solo a los gobernantes, sino a cualquier otro tipo de poder, ya sea fáctico, económico, religioso, tecnológico o sencillamente disfrazado de paternales instrumentos de seguridad. Mi profundo respeto a la labor informativa de compañeros que se pasan horas, haga frío o calor, a las puertas de un juzgado, de la Audiencia Nacional o de una comisión parlamentaria a puerta cerrada, y mi admiración por quienes se sienten periodistas a tiempo completo las 24 horas de todos los días del año, para mayor inri de sus familias, me ha hecho evitar, tal vez durante demasiado tiempo, cualquier consideración acerca de la actitud de determinados informadores (no les cuestionaré esa condición) que han venido confundiendo de manera demasiado burda y evidente el periodismo con un activismo político que, más allá de las tertulias donde el talibán suplanta al opinador o al analista, se han venido arrogando por el mero hecho de disponer de una credencial o un micrófono en sus manos la «libertad» de abordar a personajes públicos, confundiendo la obligación de preguntar con el acoso y modales a veces más que discutibles.. No me detendré en las cuitas del señor Vito Quiles con la Policía o la justicia porque no me corresponde, pero sí conviene recordar que la democracia que durante décadas nos fuimos dando tiene mucho que ver, no solo con tiempos de políticos más competentes, sino con periodistas más responsables. Sí me siento representado (tal vez Quiles no se reconozca en ello) con los plantes a ruedas de prensa de la antigua Batasuna que justificaba el terrorismo etarra, con no acudir a comparecencias en las que no se admitan preguntas, con el rechazo a los plasmas de antes y de ahora, con la condena a políticos que vejan a compañeras por su condición de mujer a la que «azotaría hasta sangrar» o con la exigencia permanente de respeto a unos dirigentes que han olvidado que el periodista es el nexo entre representantes y representados. Estos «showman» acaban dando argumentos a políticos corruptos y deshonestos. Malos tiempos para el periodismo.
