Para constatar el fracaso del sistema escolar español en las últimas décadas tampoco hacía falta el informe PISA. Bastaba con contemplar un rato al ministro Óscar Puente. Espectáculos terroríficos como ese están provocando que una parte de las nuevas generaciones crezca aterrorizada ante el futuro.. Fíjense si no en los actuales debates sobre la inteligencia artificial. Las opiniones se dividen entre apocalípticos e integrados, como describiría el gran Umberto Eco. Los apocalípticos anuncian que la IA liquidará al género humano en diez años; los integrados dicen que no será para tanto.. Los moderados (que, como siempre, son los más inteligentes e informados, pero son los menos) reconocen que hay que ser prudente porque no lo sabemos. Constatan que, por un lado (y a la vista de sus logros de crueldad, sufrimiento y devastación), que el ser humano desaparezca de la faz de la tierra tampoco sería un drama. Se perderían todas las bellezas de la conciencia, la civilización y de Velázquez, Da Vinci, Borges o Nabokov, lo cual sería una pena; pero los átomos y la biología indiferente seguramente podrían pasar sin ellas.. Recuerdan también que existe la posibilidad de ponernos todos de acuerdo y regular con decisión la IA. Al fin y al cabo, no resulta tan simpática entre la media de la población. Nos gusta porque es una herramienta que nos ayuda, pero da un poco de rabia que muchas veces nos engañe explicando mal las cosas, porque no la han cargado bien, y encima sea pelota y sabelotodo.. Antipatía similar se dio hace siglos con la industrialización, ante las máquinas mecánicas. La secta de los luditas se dedicó a quemarlas como si fueran brujas medievales y hubo que sancionarlos. Ahora es diferente, porque entonces las máquinas no podían defenderse. Pero ojo: hoy, como nos pongamos chulos, les hemos dado la capacidad de ser ellas las que nos crujan a nosotros.
La secta de los luditas se dedicó a quemarlas como si fueran brujas medievales y hubo que sancionarlos. Ahora es diferente, porque entonces las máquinas no podían defenderse
Para constatar el fracaso del sistema escolar español en las últimas décadas tampoco hacía falta el informe PISA. Bastaba con contemplar un rato al ministro Óscar Puente. Espectáculos terroríficos como ese están provocando que una parte de las nuevas generaciones crezca aterrorizada ante el futuro.. Fíjense si no en los actuales debates sobre la inteligencia artificial. Las opiniones se dividen entre apocalípticos e integrados, como describiría el gran Umberto Eco. Los apocalípticos anuncian que la IA liquidará al género humano en diez años; los integrados dicen que no será para tanto.. Los moderados (que, como siempre, son los más inteligentes e informados, pero son los menos) reconocen que hay que ser prudente porque no lo sabemos. Constatan que, por un lado (y a la vista de sus logros de crueldad, sufrimiento y devastación), que el ser humano desaparezca de la faz de la tierra tampoco sería un drama. Se perderían todas las bellezas de la conciencia, la civilización y de Velázquez, Da Vinci, Borges o Nabokov, lo cual sería una pena; pero los átomos y la biología indiferente seguramente podrían pasar sin ellas.. Recuerdan también que existe la posibilidad de ponernos todos de acuerdo y regular con decisión la IA. Al fin y al cabo, no resulta tan simpática entre la media de la población. Nos gusta porque es una herramienta que nos ayuda, pero da un poco de rabia que muchas veces nos engañe explicando mal las cosas, porque no la han cargado bien, y encima sea pelota y sabelotodo.. Antipatía similar se dio hace siglos con la industrialización, ante las máquinas mecánicas. La secta de los luditas se dedicó a quemarlas como si fueran brujas medievales y hubo que sancionarlos. Ahora es diferente, porque entonces las máquinas no podían defenderse. Pero ojo: hoy, como nos pongamos chulos, les hemos dado la capacidad de ser ellas las que nos crujan a nosotros.
