A principios de los años ochenta, una noche de farra, un grupo de jóvenes tuvo un accidente nocturno en una carretera gallega. El coche quedó en estado de siniestro total. Y así llamaron a su banda: Siniestro Total.. Seguir leyendo
El músico, que además militó en Aerolíneas Federales o Los Feliz, publica sus memorias, ‘¡Esas palmas, coño!’, un repaso lleno de humor a su vida como “currante del rock n’ roll”
A principios de los años ochenta, una noche de farra, un grupo de jóvenes tuvo un accidente nocturno en una carretera gallega. El coche quedó en estado de siniestro total. Y así llamaron a su banda: Siniestro Total. Miguel Costas (Vigo, 65 años), formó parte de la formación original, junto con Julián Hernández, Alberto Torrado y el ya fallecido Germán Coppini. Empezaron como punkis deslenguados, se convirtieron en roqueros con ingenio; cuando la banda giró hacia los territorios del blues, Costas, que también había fundado Aerolíneas Federales, abandonó el barco para formar proyectos como Los Feliz o iniciar su carrera en solitario. A su espalda quedaban los años de mayor éxito y más recordados de Siniestro. Ahora Costas vive en un pueblo de Lugo, “en medio del monte, rodeado de vacas”, donde se acaba de recuperar de algunos problemas de salud. “Ya estoy listo para tocar”, dice. Desde hace muchos años, cuando en 1990 se rompió el calcáneo (el hueso del talón) en un escenario de Bilbao, sufre achaques que también implican la pierna y la espalda. Una infección en 2023 casi se lo lleva por delante. “Me encontraron varias hernias discales por el peso de la guitarra; igual tengo que colgarme una del otro lado para compensar”, bromea. Algunos de sus éxitos dan idea del despendole de Siniestro Total, que se despidió con dos grandes conciertos en Madrid en 2022: Bailaré sobre tu tumba, Me pica un huevo, Las tetas de mi novia, Opera tu fimosis, Pueblos del mundo, extinguíos, Mario encima del armario, Todo por la napia, Matar jipis en las Cíes… Costas acaba de publicar sus memorias, ¡Esas palmas, coño! (Roca Editorial), en colaboración literaria con Renato A. Landeira, que impone buen pulso narrativo y hace brillar el humor del músico. Pregunta. ¿Qué le queda del punk?Respuesta. La rebeldía. Las cosas están muy mal ahora, sobre todo para los jóvenes que no tienen oportunidades. Cuando empezamos siendo punkis nos llenaban de escupitajos, luego tenía que estar limpiando la guitarra un buen rato, cambiando las cuerdas. Menos mal que se pasó la moda. P. Pero qué asco, ¿no?R. Sí, a Germán [Coppini] le dieron con una botella en una pierna, a mí con un cenicero en la cabeza que acabé chorreando sangre… Era parte de la juerga tirar cosas, algo muy extraño. Tuvimos un concierto en el barrio de Hortaleza, Madrid, que acabó como el rosario de la aurora: nos tuvo que sacar la policía como en la peli de los Blues Brothers. Fue épico. Luego parece que esa violencia se pasó al fútbol.P. ¿Cuál fue la mejor época de Siniestro?R. La gente se divide entre lo que llamaron costistas, que prefieren la primera etapa, y los julianistas [por Julián Hernández] que prefieren lo que vino después, cuando la banda derivó hacia el blues y yo me fui. En discos como Ante todo mucha calma o Made in Japan (el último en el que estuve), ya sabíamos tocar bien. Y creo que ahí se jorobó la historia. Hubiéramos llegad
