La edad de oro del ciclismo español tuvo dos protagonistas indiscutibles, y la historia los unió de una manera que pocas veces se da en el deporte: Pedro Delgado abrió el camino y Miguel Indurain lo tomó sin que entre ellos hubiera ni fricción ni sombra. Fue una transición dulce, casi natural, entre dos campeones que convivieron bien y entendieron cada uno el lugar que le correspondía. Una época irrepetible para el pelotón nacional.. La primera impresión de Perico. Delgado conoció a Indurain antes de que nadie hablara de él como lo que terminaría siendo. Lo vio antes de que el navarro irrumpiera con toda su fuerza, y lo que percibió entonces fue la figura de un ciclista con potencial, aunque sin que todavía hubiera señales de todo lo que vendría después. «No le vi llegar. Yo le vi aterrizar directamente a un nivel medio-alto. Ya me fijé en él, que quedó segundo en el prólogo de la Vuelta del 85, y vi en él un rodador grandote, nada más», recordó Delgado. Una descripción sencilla para alguien que con el tiempo se convertiría en el mejor ciclista del mundo.. El descenso que dejó a todos parados. Pero hubo momentos concretos en los que aquella figura grande y tranquila dejó ver de qué estaba hecho. Uno de ellos ocurrió en el Tour de Luxemburgo, y Delgado lo narró con detalle. El grupo corría después de que Indurain saliera a fondo en un descenso, y nadie pudo seguirle. Fede Etxabe lo intentó, se lanzó a por él pese a las advertencias del pelotón, y las consecuencias fueron las esperadas. «Desde el grupo le dijimos que si estaba loco, que Miguel bajaba muy bien, que no le iba a coger. Poco después le pasamos a Fede, estaba parado en una cuneta, pálido. No llegó a caerse, pero bordeó el precipicio. Tanto arriesgó para intentar cazar a Miguel», contó Delgado. Aquel día quedó claro que Indurain en un descenso era territorio prohibido para sus rivales.. El miedo a la tercera semana. Lo que más llama la atención de aquel proceso de crecimiento es que Indurain albergaba una duda seria sobre sí mismo, y se la confesó a Delgado durante un Tour en el que Perico arrastraba una gastroenteritis y apenas podía competir. En esos días de charlas entre ambos, el navarro puso sobre la mesa su mayor inquietud. «Él me decía que temía a la montaña, pero que veía que la superaba; pero lo que más temía, me decía, eran las tres semanas. ‘Yo soy un corredor de una semana, a lo sumo de dos, pero con tres semanas no puedo’, me decía», explicó Delgado. Era el propio Indurain quien ponía límites a su ambición cuando todavía estaba por descubrir hasta dónde llegaba su resistencia.. Luz Ardiden y LeMond: el miedo que desapareció. La respuesta llegó en 1990, y fue contundente. Indurain llegó al Alpe d’Huez y respondió a la exigencia de la montaña con una actuación que disipó cualquier duda sobre su fondo en las grandes vueltas. Pero si hubo un duelo que certificó su transformación, fue el que protagonizó en los Pirineos contra Greg LeMond en Luz Ardiden, donde ganó en un mano a mano al campeón estadounidense. «Ya, definitivamente, perdió el miedo a la tercera semana», afirmó Delgado. Aquellos dos golpes en el mismo Tour enterraron para siempre las reservas que el propio Indurain tenía sobre su capacidad para aguantar veinte y un días al nivel más alto del pelotón mundial.
Pedro Delgado fue el corredor más carismático del ciclismo español, pero tuvo que dejar paso a Miguel Indurain, el más exitoso
La edad de oro del ciclismo español tuvo dos protagonistas indiscutibles, y la historia los unió de una manera que pocas veces se da en el deporte: Pedro Delgado abrió el camino y Miguel Indurain lo tomó sin que entre ellos hubiera ni fricción ni sombra. Fue una transición dulce, casi natural, entre dos campeones que convivieron bien y entendieron cada uno el lugar que le correspondía. Una época irrepetible para el pelotón nacional.. La primera impresión de Perico. Delgado conoció a Indurain antes de que nadie hablara de él como lo que terminaría siendo. Lo vio antes de que el navarro irrumpiera con toda su fuerza, y lo que percibió entonces fue la figura de un ciclista con potencial, aunque sin que todavía hubiera señales de todo lo que vendría después. «No le vi llegar. Yo le vi aterrizar directamente a un nivel medio-alto. Ya me fijé en él, que quedó segundo en el prólogo de la Vuelta del 85, y vi en él un rodador grandote, nada más», recordó Delgado. Una descripción sencilla para alguien que con el tiempo se convertiría en el mejor ciclista del mundo.. El descenso que dejó a todos parados. Pero hubo momentos concretos en los que aquella figura grande y tranquila dejó ver de qué estaba hecho. Uno de ellos ocurrió en el Tour de Luxemburgo, y Delgado lo narró con detalle. El grupo corría después de que Indurain saliera a fondo en un descenso, y nadie pudo seguirle. Fede Etxabe lo intentó, se lanzó a por él pese a las advertencias del pelotón, y las consecuencias fueron las esperadas. «Desde el grupo le dijimos que si estaba loco, que Miguel bajaba muy bien, que no le iba a coger. Poco después le pasamos a Fede, estaba parado en una cuneta, pálido. No llegó a caerse, pero bordeó el precipicio. Tanto arriesgó para intentar cazar a Miguel», contó Delgado. Aquel día quedó claro que Indurain en un descenso era territorio prohibido para sus rivales.. El miedo a la tercera semana. Lo que más llama la atención de aquel proceso de crecimiento es que Indurain albergaba una duda seria sobre sí mismo, y se la confesó a Delgado durante un Tour en el que Perico arrastraba una gastroenteritis y apenas podía competir. En esos días de charlas entre ambos, el navarro puso sobre la mesa su mayor inquietud. «Él me decía que temía a la montaña, pero que veía que la superaba; pero lo que más temía, me decía, eran las tres semanas. ‘Yo soy un corredor de una semana, a lo sumo de dos, pero con tres semanas no puedo’, me decía», explicó Delgado. Era el propio Indurain quien ponía límites a su ambición cuando todavía estaba por descubrir hasta dónde llegaba su resistencia.. Luz Ardiden y LeMond: el miedo que desapareció. La respuesta llegó en 1990, y fue contundente. Indurain llegó al Alpe d’Huez y respondió a la exigencia de la montaña con una actuación que disipó cualquier duda sobre su fondo en las grandes vueltas. Pero si hubo un duelo que certificó su transformación, fue el que protagonizó en los Pirineos contra Greg LeMond en Luz Ardiden, donde ganó en un mano a mano al campeón estadounidense. «Ya, definitivamente, perdió el miedo a la tercera semana», afirmó Delgado. Aquellos dos golpes en el mismo Tour enterraron para siempre las reservas que el propio Indurain tenía sobre su capacidad para aguantar veinte y un días al nivel más alto del pelotón mundial.
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