Parecía olvidado, pero el «No a la guerra» ha sido resucitado por obra y gracia de nuestro líder y gurú internacional Pedro Sánchez. En una declaración institucional desde el Palacio de la Moncloa, de esas que le gustan a él, sin preguntas, nos ha explicado las maldades del conflicto en Oriente Medio y las amenazas por parte del presidente estadounidense, Donald Trump, de cortar cualquier relación comercial con España. Y, una vez más, Sánchez confunde sus deseos personales y los de su Gobierno «progresista» con los de la nación y nos pone a los pies de los caballos, en el lado de un bloque etéreo, que en los años 70 se conocía como países no alineados, y solos en nuestra deriva autocrática. Pero para el presidente, gracias al «dinamismo» de la economía nacional y a la «responsabilidad» de la política fiscal, España cuenta con los recursos necesarios para hacer frente a esta nueva crisis. Ole tus cojones, que diría un castizo. Es malo mostrarse como el adalid de las causas perdidas si arrastras con ello a quien no quiere ir contigo, pero peor es creerse el mesías de la paz y el buenismo aludiendo a un reto en el que, de todas todas, vamos a salir perdiendo, pese a que el desorbitado ego del presidente aluda a unas supuestas llamadas de agradecimiento y mensajes de apoyo que dice estar recibiendo por parte de los presidentes de las principales instituciones de la UE y de los socios europeos. Yo realmente creo que sufre lo que los siquiatras conocen como el síndrome del héroe –o del salvador–, un patrón conductual por el que una persona siente una necesidad compulsiva de resolver los problemas de los demás, a menudo sacrificando el propio bienestar, tiempo y salud mental de él y los que tiene a su alrededor –léase España–, y caracterizado por la dificultad para poner límites a sus excesos y con la creencia de que nadie más puede hacer las cosas correctamente. Lo malo no es que quiera ser un héroe, es peor que se lo crea.
Sánchez confunde sus deseos personales y los de su Gobierno «progresista» con los de la nación
Parecía olvidado, pero el «No a la guerra» ha sido resucitado por obra y gracia de nuestro líder y gurú internacional Pedro Sánchez. En una declaración institucional desde el Palacio de la Moncloa, de esas que le gustan a él, sin preguntas, nos ha explicado las maldades del conflicto en Oriente Medio y las amenazas por parte del presidente estadounidense, Donald Trump, de cortar cualquier relación comercial con España. Y, una vez más, Sánchez confunde sus deseos personales y los de su Gobierno «progresista» con los de la nación y nos pone a los pies de los caballos, en el lado de un bloque etéreo, que en los años 70 se conocía como países no alineados, y solos en nuestra deriva autocrática. Pero para el presidente, gracias al «dinamismo» de la economía nacional y a la «responsabilidad» de la política fiscal, España cuenta con los recursos necesarios para hacer frente a esta nueva crisis. Ole tus cojones, que diría un castizo. Es malo mostrarse como el adalid de las causas perdidas si arrastras con ello a quien no quiere ir contigo, pero peor es creerse el mesías de la paz y el buenismo aludiendo a un reto en el que, de todas todas, vamos a salir perdiendo, pese a que el desorbitado ego del presidente aluda a unas supuestas llamadas de agradecimiento y mensajes de apoyo que dice estar recibiendo por parte de los presidentes de las principales instituciones de la UE y de los socios europeos. Yo realmente creo que sufre lo que los siquiatras conocen como el síndrome del héroe –o del salvador–, un patrón conductual por el que una persona siente una necesidad compulsiva de resolver los problemas de los demás, a menudo sacrificando el propio bienestar, tiempo y salud mental de él y los que tiene a su alrededor –léase España–, y caracterizado por la dificultad para poner límites a sus excesos y con la creencia de que nadie más puede hacer las cosas correctamente. Lo malo no es que quiera ser un héroe, es peor que se lo crea.
