“Para muchos de nosotros, la lucha contra el extremismo se transformó en una cuestión de supervivencia”, sostiene Astrid Hoem, quien se escondió en una cueva durante la matanza que conmocionó a Noruega
La tarde del 22 de julio de 2011, una bomba de casi una tonelada sacudió el centro de Oslo. Mientras el caos y el pánico se apoderaban de la capital noruega, Anders Breivik, disfrazado de policía, se dirigía a la diminuta isla de Utoya, donde asesinó a decenas de adolescentes que participaban en un campamento de verano organizado por las Juventudes Laboristas. En total, 77 personas murieron en el peor ataque en Noruega desde la Segunda Guerra Mundial. Algunas heridas permanecen abiertas, pero el trauma y el duelo han dado paso, en buena medida, al recuerdo y la reflexión. Varios de los supervivientes ocupan hoy puestos de responsabilidad en la política noruega. Y aunque las ideas extremistas que Breivik plasmó en un manifiesto nunca calaron en el país escandinavo, algunos de los asuntos que le obsesionaban —la inmigración y la convivencia en sociedades cada vez más diversas— han ganado relevancia en el debate público europeo desde entonces.Breivik se definió a sí mismo como un “moderno caballero templario” embarcado en una cruzada “contra las élites” que, según él, promovían la islamización de Europa. El terrorista no dirigió sus ataques contra la población musulmana de Noruega. Sus objetivos fueron quienes, a su juicio, favorecían su llegada: el barrio gubernamental de Oslo, donde murieron ocho personas, y los militantes más jóvenes del Partido Laborista, al que acusaba de haber traicionado a “los noruegos étnicos”. El islamófobo y ultranacionalista, que entonces tenía 32 años, no pretendía asesinar a ninguna persona en concreto; quería golpear el futuro, a la próxima generación de la socialdemocracia noruega. Para él, las víctimas de Utoya eran enemigos políticos. “No eran niños inocentes, sino activistas del multiculturalismo dirigidos por los comunistas más extremistas de Noruega”, declaró Breivik durante su juicio.Tonje Brenna tenía 23 años cuando consiguió sobrevivir a la matanza escondiéndose durante horas mientras otros jóvenes escapaban a nado y eran rescatados por vecinos que acudieron con sus embarcaciones. Convertida en una de las figuras más destacadas de la socialdemocracia noruega, Brenna aún regresa con frecuencia a Utoya. “Representa tanto lo más luminoso de mi vida como lo más oscuro”, sostiene la actual líder parlamentaria del Partido Laborista. En la isla pasó buena parte de los veranos de su juventud y, lejos de romper con aquel lugar, sigue visitándola varias veces al año, a menudo acompañada de sus hijos, para participar en talleres y debates.El legado político del 22 de julio aún es un asunto incómodo en Noruega. Breivik militó durante un tiempo en el Partido del Progreso, una formación populista de extrema derecha a la que abandonó años antes de la matanza y que siempre condenó de forma inequívoca la masacre. En las elecciones del pasado septiembre, impulsado por un discurso marcadamente antiinmigración, el partido ultraderechista se con
La tarde del 22 de julio de 2011, una bomba de casi una tonelada sacudió el centro de Oslo. Mientras el caos y el pánico se apoderaban de la capital noruega, Anders Breivik, disfrazado de policía, se dirigía a la diminuta isla de Utoya, donde asesinó a decenas de adolescentes que participaban en un campamento de verano organizado por las Juventudes Laboristas. En total, 77 personas murieron en el peor ataque en Noruega desde la Segunda Guerra Mundial. Algunas heridas permanecen abiertas, pero el trauma y el duelo han dado paso, en buena medida, al recuerdo y la reflexión. Varios de los supervivientes ocupan hoy puestos de responsabilidad en la política noruega. Y aunque las ideas extremistas que Breivik plasmó en un manifiesto nunca calaron en el país escandinavo, algunos de los asuntos que le obsesionaban —la inmigración y la convivencia en sociedades cada vez más diversas— han ganado relevancia en el debate público europeo desde entonces.Seguir leyendo
