Termino esta semana con esta columna lo que podríamos llamar una «trilogía sobre operetas». Ha sido motivada por la epidemia de heroísmo de vodevil que nos ha asolado a causa del sobresalto bélico que conmocionó al mundo. Ahora que la gasolina ha subido y las preocupaciones cotidianas y domésticas desplazan por fin como siempre a las posturas altisonantes, hiperbólicas y absolutamente inoperantes en lo que a la realidad que nos rodea se refiere, podemos examinar la situación detenidamente.. Reconozcámoslo: los trenes no marchan por no haberse realizado el necesario mantenimiento, la sanidad tampoco es capaz de funcionar sin explotar a los médicos, los barrancos no se canalizan para inundaciones, las pulseras antimaltrato no van y los apagones quedan sin responsables. Más que necesitar héroes de opereta que se autoproponen como mesías de la paz y salvadores de la democracia mundial desde países segundones… ¿No sería posible simplemente que nos gobernara gente un poco eficiente y normal? Creo que el público eso es lo que ha votado: simplemente normalidad. Que los trenes, los médicos y las luces funcionen como antes desde un lado o desde otro. Si funcionaron durante treinta años, eso indica claramente que es posible hacerlo. Lo contrario significa ir hacia atrás.. La opereta es lo que tiene, que, como es una teatralización, no consigue al final obras de mérito. Busca el éxito de público inmediato, pero no siempre lo consigue y, además, no construye cosas que traspasen el tiempo. Que se lo digan, si no, al pobre Schubert, que escribió una docena de ellas para ganarse el favor del público y solo consiguió la enemistad de la crítica. Hoy en día lo recordamos por sus sinfonías, quintetos, sonatas y lieders. Pero sus operetas lo único que nos evocan es la figura de teatrales y soñolientos guías de montaña. Aunque quizá esa sea la única aspiración de nuestros políticos: ser vigías ciegos.
Más que necesitar héroes de opereta que se autoproponen como mesías de la paz y salvadores de la democracia mundial desde países segundones… ¿No sería posible simplemente que nos gobernara gente un poco eficiente y normal?
Termino esta semana con esta columna lo que podríamos llamar una «trilogía sobre operetas». Ha sido motivada por la epidemia de heroísmo de vodevil que nos ha asolado a causa del sobresalto bélico que conmocionó al mundo. Ahora que la gasolina ha subido y las preocupaciones cotidianas y domésticas desplazan por fin como siempre a las posturas altisonantes, hiperbólicas y absolutamente inoperantes en lo que a la realidad que nos rodea se refiere, podemos examinar la situación detenidamente.. Reconozcámoslo: los trenes no marchan por no haberse realizado el necesario mantenimiento, la sanidad tampoco es capaz de funcionar sin explotar a los médicos, los barrancos no se canalizan para inundaciones, las pulseras antimaltrato no van y los apagones quedan sin responsables. Más que necesitar héroes de opereta que se autoproponen como mesías de la paz y salvadores de la democracia mundial desde países segundones… ¿No sería posible simplemente que nos gobernara gente un poco eficiente y normal? Creo que el público eso es lo que ha votado: simplemente normalidad. Que los trenes, los médicos y las luces funcionen como antes desde un lado o desde otro. Si funcionaron durante treinta años, eso indica claramente que es posible hacerlo. Lo contrario significa ir hacia atrás.. La opereta es lo que tiene, que, como es una teatralización, no consigue al final obras de mérito. Busca el éxito de público inmediato, pero no siempre lo consigue y, además, no construye cosas que traspasen el tiempo. Que se lo digan, si no, al pobre Schubert, que escribió una docena de ellas para ganarse el favor del público y solo consiguió la enemistad de la crítica. Hoy en día lo recordamos por sus sinfonías, quintetos, sonatas y lieders. Pero sus operetas lo único que nos evocan es la figura de teatrales y soñolientos guías de montaña. Aunque quizá esa sea la única aspiración de nuestros políticos: ser vigías ciegos.
