En Moncloa hay esperanza. Mañana puede ser el día. La justicia europea anunciará su decisión. Y esa decisión, si estuviese en línea con los deseos profundos del Gobierno, supondría que la libertad estaría más cerca para el diseñador del proceso independentista que intentó fracturar el país en 2017. ¿Por qué el Gobierno de España debería estar tan satisfecho por una decisión que beneficiara a quien quiso destruir España? Pelillos a la mar. Carles Puigdemont espera el veredicto desde su trinchera de Waterloo, deseoso de recuperar el afecto de su grey, parcialmente perdido a manos de Aliança Catalana, porque siempre hay quien es capaz de empeorar aquello que ya era pésimo. Y, aunque la decisión del tribunal europeo no diera al prófugo la opción inmediata de abandonar esa condición (prófugo será), Puigdemont querrá volver a ser lo que fue: una máquina de destrucción. Pero en Moncloa estarán satisfechos por la «recuperación de la convivencia entre catalanes, y de los catalanes con el resto de españoles», y tal y tal. Porque España siempre ha sido generosa por encima de sus posibilidades. Si los herederos de ETA están en las instituciones, y si los miembros de ETA disfrutan, en gran número, de libertad o semilibertad penitenciaria, ¿por qué no conceder dádivas similares a Puigdemont, después de habérselas otorgado a sus compañeros en la demolición del Estado? Pero hay una duda razonable. Porque, a pesar de que en los despachos monclovitas solo ven ventajas políticas a la vuelta de Puigdemont a casa, también es posible la opción contraria: que millones de españoles tengan problemas serios para soportar la imagen de Puigdemont por las calles, después de haber provocado tanto daño. Y quizá, solo quizá, esos españoles podrían culpar de esa situación a quien tanto parece disfrutarla: aquel que la negoció y la pactó con un fugitivo de la justicia española, solo para mantenerse en el poder. Mañana será el día: un jueves de canícula, en la España acosada por los incendios forestales, estupefacta por la situación de casos de corrupción y deseosa de tomarse unas vacaciones. Y en vacaciones todo se lleva de otra manera, Carles.
«¿Por qué el Gobierno de España debería estar tan satisfecho por una decisión que beneficiara a quién quiso destruir España?»
En Moncloa hay esperanza. Mañana puede ser el día. La justicia europea anunciará su decisión. Y esa decisión, si estuviese en línea con los deseos profundos del Gobierno, supondría que la libertad estaría más cerca para el diseñador del proceso independentista que intentó fracturar el país en 2017. ¿Por qué el Gobierno de España debería estar tan satisfecho por una decisión que beneficiara a quien quiso destruir España? Pelillos a la mar.Carles Puigdemont espera el veredicto desde su trinchera de Waterloo, deseoso de recuperar el afecto de su grey, parcialmente perdido a manos de Aliança Catalana, porque siempre hay quien es capaz de empeorar aquello que ya era pésimo. Y, aunque la decisión del tribunal europeo no diera al prófugo la opción inmediata de abandonar esa condición (prófugo será), Puigdemont querrá volver a ser lo que fue: una máquina de destrucción.Pero en Moncloa estarán satisfechos por la «recuperación de la convivencia entre catalanes, y de los catalanes con el resto de españoles», y tal y tal. Porque España siempre ha sido generosa por encima de sus posibilidades. Si los herederos de ETA están en las instituciones, y si los miembros de ETA disfrutan, en gran número, de libertad o semilibertad penitenciaria, ¿por qué no conceder dádivas similares a Puigdemont, después de habérselas otorgado a sus compañeros en la demolición del Estado?Pero hay una duda razonable. Porque, a pesar de que en los despachos monclovitas solo ven ventajas políticas a la vuelta de Puigdemont a casa, también es posible la opción contraria: que millones de españoles tengan problemas serios para soportar la imagen de Puigdemont por las calles, después de haber provocado tanto daño. Y quizá, solo quizá, esos españoles podrían culpar de esa situación a quien tanto parece disfrutarla: aquel que la negoció y la pactó con un fugitivo de la justicia española, solo para mantenerse en el poder.Mañana será el día: un jueves de canícula, en la España acosada por los incendios forestales, estupefacta por la situación de casos de corrupción y deseosa de tomarse unas vacaciones. Y en vacaciones todo se lleva de otra manera, Carles.
