Este Gobierno acumula crisis como respira. Tras los incendios, la inmigración. Las imágenes de la frontera desbordada de Ceuta con miles de jóvenes magrebíes irrumpiendo en territorio nacional serían más que suficientes para que cualquier ejecutivo de una democracia consolidada renunciara. La incapacidad para defender las fronteras que significa no proteger el territorio, la soberanía y sobre todo a los ciudadanos es una de las causas y de las razones más reprochables que convocan a una administración a poner fin a su mandato. Las escenas que los españoles hemos podido ver y que han sido divulgadas al mundo entero resultan dramáticas y constituyen la prueba definitiva y concluyente, por si no había suficientes, del rotundo fracaso de una política inmigratoria alimentada por la ideología, la demagogia y la irresponsabilidad y de una acción exterior mediocre y descabezada que nos ha reducido a una pieza próxima a la irrelevancia y peligrosamente vulnerable en el concierto geoestratégico y ante los devaneos febriles de terceros. Si algo hemos aprendido de nuestra relación con el vecino del sur, es que nada ocurre por casualidad y que todos los acontecimientos turbulentos que sacuden la raya se ponen en marcha con objetivos concretos. Pero si Marruecos se mueve por sus legítimos propósitos con todos los medios a su alcance, España debería hacer lo propio, aplicarse el cuento y responder con la misma moneda de curso legal que vertebra las relaciones internacionales, en las que, una vez más, hay que dar por sentado que no existen alianzas plenamente sinceras, sino intereses flexibles. El sanchismo, como siempre, reaccionó con los códigos de autodefensa conocidos, esto es, el relato. El Ministerio del Interior achacó la crisis a las «redes de tráfico de personas» que están «instrumentalizando» una reciente sentencia del Tribunal Supremo que prohíbe las llamadas «devoluciones en caliente» de los migrantes que llegan a nado a las ciudades autónomas. Fue exactamente la versión que Marruecos trasladó horas antes. El relato estaba servido. Que miles de jóvenes se lanzaran contra la frontera alentados por un fallo del Supremo parece un argumentario de andar por casa. Muy similar a aceptar sin más que el mejor servicio de seguridad y de información del continente no se enteró de la concentración de esa avalancha humana en las proximidades de la frontera. También en este punto de la crisis convendría recordar al presidente y sus proféticas palabras: «La regularización de inmigrantes no generará efecto llamada». Estamos ante un escenario de emergencia nacional en Ceuta y muy posiblemente en breve Melilla y Sánchez está obligado a usar todos los medios del Estado, recuperar el control de la zona y garantizar la seguridad de nuestros compatriotas hasta activar los procedimientos de expulsión de los intrusos. La intervención del Ejército es tardía, pero imprescindible. Al Gobierno lo ha atropellado otra crisis
Sánchez está obligado a usar todos los medios del Estado, recuperar el control de la zona y garantizar la seguridad de nuestros compatriotas
Este Gobierno acumula crisis como respira. Tras los incendios, la inmigración. Las imágenes de la frontera desbordada de Ceuta con miles de jóvenes magrebíes irrumpiendo en territorio nacional serían más que suficientes para que cualquier ejecutivo de una democracia consolidada renunciara. La incapacidad para defender las fronteras que significa no proteger el territorio, la soberanía y sobre todo a los ciudadanos es una de las causas y de las razones más reprochables que convocan a una administración a poner fin a su mandato. Las escenas que los españoles hemos podido ver y que han sido divulgadas al mundo entero resultan dramáticas y constituyen la prueba definitiva y concluyente, por si no había suficientes, del rotundo fracaso de una política inmigratoria alimentada por la ideología, la demagogia y la irresponsabilidad y de una acción exterior mediocre y descabezada que nos ha reducido a una pieza próxima a la irrelevancia y peligrosamente vulnerable en el concierto geoestratégico y ante los devaneos febriles de terceros. Si algo hemos aprendido de nuestra relación con el vecino del sur, es que nada ocurre por casualidad y que todos los acontecimientos turbulentos que sacuden la raya se ponen en marcha con objetivos concretos. Pero si Marruecos se mueve por sus legítimos propósitos con todos los medios a su alcance, España debería hacer lo propio, aplicarse el cuento y responder con la misma moneda de curso legal que vertebra las relaciones internacionales, en las que, una vez más, hay que dar por sentado que no existen alianzas plenamente sinceras, sino intereses flexibles. El sanchismo, como siempre, reaccionó con los códigos de autodefensa conocidos, esto es, el relato. El Ministerio del Interior achacó la crisis a las «redes de tráfico de personas» que están «instrumentalizando» una reciente sentencia del Tribunal Supremo que prohíbe las llamadas «devoluciones en caliente» de los migrantes que llegan a nado a las ciudades autónomas. Fue exactamente la versión que Marruecos trasladó horas antes. El relato estaba servido. Que miles de jóvenes se lanzaran contra la frontera alentados por un fallo del Supremo parece un argumentario de andar por casa. Muy similar a aceptar sin más que el mejor servicio de seguridad y de información del continente no se enteró de la concentración de esa avalancha humana en las proximidades de la frontera. También en este punto de la crisis convendría recordar al presidente y sus proféticas palabras: «La regularización de inmigrantes no generará efecto llamada». Estamos ante un escenario de emergencia nacional en Ceuta y muy posiblemente en breve Melilla y Sánchez está obligado a usar todos los medios del Estado, recuperar el control de la zona y garantizar la seguridad de nuestros compatriotas hasta activar los procedimientos de expulsión de los intrusos. La intervención del Ejército es tardía, pero imprescindible. Al Gobierno lo ha atropellado otra crisis
