La populista y demagógica ministra de Trabajo y ahora candidata a presidir la OIT pese a que ni siquiera ha cumplido con la normativa de esta institución internacional presenta su reforma laboral como la más grande operación para acabar con la temporalidad y devolver la estabilidad al empleo. Pero los datos obligan a preguntarnos si esa grandilocuente y falsa afirmación se ha quedado en una simple cuestión de maquillaje estadístico. En julio, casi cuatro de cada 10 de los contratos registrados fueron indefinidos. Sobre el papel, una cifra para sacar pecho. El problema aparece cuando se mira qué hay detrás de esa etiqueta. La reforma impulsó con fuerza figuras como el fijo discontinuo y, al mismo tiempo, eliminó el contrato de obra y servicio. El resultado es una estadística de contratación indefinida mucho más vistosa, pero que no necesariamente equivale a empleos estables. La duración efectiva de buena parte de los contratos se ha desplomado y es la más baja de los últimos 20 años. La duración media en julio fue de menos de 46 días. Casi uno de cada cinco contratos no llegó siquiera a una semana; un tercio duró un mes o menos y la mitad, tres meses o menos. Es difícil conciliar estos datos con el triunfalismo oficial. Si la reforma pretendía combatir la precariedad, resulta paradójico que cinco años después la duración media de los contratos apenas supera un mes. Y más paradójico aún que se presuma de haber convertido el contrato indefinido en la modalidad ordinaria mientras proliferan fórmulas que permiten una relación laboral intermitente. La reforma puede haber cambiado las etiquetas y la fotografía estadística del mercado laboral. Lo que no ha conseguido demostrar es que haya transformado de igual manera la realidad que hay detrás de ella. Porque un contrato indefinido que apenas genera actividad durante una parte del año no puede presentarse automáticamente como sinónimo de estabilidad. Pero para Díaz, es lo más grande. Para mí es un bulo laboral.
Aproximadamente uno de cada cinco acuerdos era por una duración inferior a una semana, mientras que un tercio era por un mes o menos, y la mitad era por tres meses o menos. Es difícil alinear estos números con el sentido oficial de la victoria.
La populista y demagógica ministra de Trabajo y ahora candidata a presidir la OIT pese a que ni siquiera ha cumplido con la normativa de esta institución internacional presenta su reforma laboral como la más grande operación para acabar con la temporalidad y devolver la estabilidad al empleo. Pero los datos obligan a preguntarnos si esa grandilocuente y falsa afirmación se ha quedado en una simple cuestión de maquillaje estadístico. En julio, casi cuatro de cada 10 de los contratos registrados fueron indefinidos. Sobre el papel, una cifra para sacar pecho. El problema aparece cuando se mira qué hay detrás de esa etiqueta. La reforma impulsó con fuerza figuras como el fijo discontinuo y, al mismo tiempo, eliminó el contrato de obra y servicio. El resultado es una estadística de contratación indefinida mucho más vistosa, pero que no necesariamente equivale a empleos estables. La duración efectiva de buena parte de los contratos se ha desplomado y es la más baja de los últimos 20 años. La duración media en julio fue de menos de 46 días. Casi uno de cada cinco contratos no llegó siquiera a una semana; un tercio duró un mes o menos y la mitad, tres meses o menos. Es difícil conciliar estos datos con el triunfalismo oficial. Si la reforma pretendía combatir la precariedad, resulta paradójico que cinco años después la duración media de los contratos apenas supera un mes. Y más paradójico aún que se presuma de haber convertido el contrato indefinido en la modalidad ordinaria mientras proliferan fórmulas que permiten una relación laboral intermitente. La reforma puede haber cambiado las etiquetas y la fotografía estadística del mercado laboral. Lo que no ha conseguido demostrar es que haya transformado de igual manera la realidad que hay detrás de ella. Porque un contrato indefinido que apenas genera actividad durante una parte del año no puede presentarse automáticamente como sinónimo de estabilidad. Pero para Díaz, es lo más grande. Para mí es un bulo laboral.
