Pedro Sánchez compareció en una entrevista un mes después de la invasión de Ceuta por 80.000 magrebíes provenientes de Marruecos que se ha convertido en la más peligrosa e incontrolada crisis de soberanía nacional de la historia de la democracia. Y lo ha hecho no en el Congreso ni en la sede de la Presidencia como habría ocurrido con cualquier gobernante en todo estado de derecho. No queremos normalizar que el presidente haya institucionalizado convertir el Parlamento en una especie de juguete roto y a sus deberes constitucionales y legales, en papel mojado. Con toda seguridad, Sánchez no se siente concernido por esas convenciones, pero son parte de lo que distingue a un mandatario democrático de quien no lo es. Sentada esta premisa, las manifestaciones del presidente en una cadena radiofónica se han ceñido al argumentario que él impuso a sus ministros y cargos socialistas especialmente sobre la nula responsabilidad de Marruecos en la violación de la frontera ceutí, con grandes elogios para Rabat, y la acusación a Israel, Estados Unidos, Rusia, la Internacional reaccionaria y los bulos de estar detrás de todo. Su defensa radical de la actuación marroquí ha despejado cualquier duda, si es que aún cabía alguna, acerca de que su complicidad con el régimen alauí merecerá que se investigue y se depure tarde o temprano. Habrá que llegar hasta el final sobre el grado de exposición de nuestra seguridad en un flanco crítico. En las discrepancias internas en el gabinete y los informes de los servicios militares sobre la operación de desestabilización contra Ceuta, esto es contra España, Sánchez se alineó con Grande-Marlaska sobre la falta de información y vendió sin miramientos a Margarita Robles y el CNI. Fue cruel y mendaz al dejar en evidencia, a sabiendas que cumplieron con su deber, el trabajo de la ministra y de los agentes. Un mes después, el presidente no sabe cuántos inmigrantes ilegales invadieron Ceuta, desconoce cuántos de ellos quedan todavía, pero sabe que hay delincuentes entre los invasores, pero también entre los ceutíes, que ya no son las víctimas, y que la ciudad será sacrificada como un enorme campamento de refugiados como si la vida de nuestros compatriotas no mereciera respeto. Ignora aún cómo pudo suceder, aunque se está investigando, y reivindica su derecho a vacacionar como si un presidente descansara cuando quisiera y no cuando pudiera. Ni autocrítica ni empatía ni disculpas, al contrario. Si el gobierno ha obrado con eficacia y Marruecos con diligencia, por qué Ceuta es hoy un polvorín entre emboscadas, cócteles molotov, disparos al aire, cargas, violaciones y toda suerte de desórdenes. No. Su fracaso es absoluto y su Presidencia está agotada, aunque el futuro del país deba ser incierto cuando es su poder, de espíritu autoritario y ejercicio autocrático, la principal amenaza. El miedo a perder la Presidencia es lógico. La corrupción y la Justicia siguen ahí.
Su fracaso es absoluto y su Presidencia está agotada, aunque el futuro del país deba ser incierto cuando es su poder, de espíritu autoritario y ejercicio autocrático, la principal amenaza
Pedro Sánchez compareció en una entrevista un mes después de la invasión de Ceuta por 80.000 magrebíes provenientes de Marruecos que se ha convertido en la más peligrosa e incontrolada crisis de soberanía nacional de la historia de la democracia. Y lo ha hecho no en el Congreso ni en la sede de la Presidencia como habría ocurrido con cualquier gobernante en todo estado de derecho. No queremos normalizar que el presidente haya institucionalizado convertir el Parlamento en una especie de juguete roto y a sus deberes constitucionales y legales, en papel mojado. Con toda seguridad, Sánchez no se siente concernido por esas convenciones, pero son parte de lo que distingue a un mandatario democrático de quien no lo es. Sentada esta premisa, las manifestaciones del presidente en una cadena radiofónica se han ceñido al argumentario que él impuso a sus ministros y cargos socialistas especialmente sobre la nula responsabilidad de Marruecos en la violación de la frontera ceutí, con grandes elogios para Rabat, y la acusación a Israel, Estados Unidos, Rusia, la Internacional reaccionaria y los bulos de estar detrás de todo. Su defensa radical de la actuación marroquí ha despejado cualquier duda, si es que aún cabía alguna, acerca de que su complicidad con el régimen alauí merecerá que se investigue y se depure tarde o temprano. Habrá que llegar hasta el final sobre el grado de exposición de nuestra seguridad en un flanco crítico. En las discrepancias internas en el gabinete y los informes de los servicios militares sobre la operación de desestabilización contra Ceuta, esto es contra España, Sánchez se alineó con Grande-Marlaska sobre la falta de información y vendió sin miramientos a Margarita Robles y el CNI. Fue cruel y mendaz al dejar en evidencia, a sabiendas que cumplieron con su deber, el trabajo de la ministra y de los agentes. Un mes después, el presidente no sabe cuántos inmigrantes ilegales invadieron Ceuta, desconoce cuántos de ellos quedan todavía, pero sabe que hay delincuentes entre los invasores, pero también entre los ceutíes, que ya no son las víctimas, y que la ciudad será sacrificada como un enorme campamento de refugiados como si la vida de nuestros compatriotas no mereciera respeto. Ignora aún cómo pudo suceder, aunque se está investigando, y reivindica su derecho a vacacionar como si un presidente descansara cuando quisiera y no cuando pudiera. Ni autocrítica ni empatía ni disculpas, al contrario. Si el gobierno ha obrado con eficacia y Marruecos con diligencia, por qué Ceuta es hoy un polvorín entre emboscadas, cócteles molotov, disparos al aire, cargas, violaciones y toda suerte de desórdenes. No. Su fracaso es absoluto y su Presidencia está agotada, aunque el futuro del país deba ser incierto cuando es su poder, de espíritu autoritario y ejercicio autocrático, la principal amenaza. El miedo a perder la Presidencia es lógico. La corrupción y la Justicia siguen ahí.
