A ver cómo lo explico porque, realmente, es de traca. Pues resulta que, en Adif, a la Dirección General de Seguridad de la Circulación la degradaron para rebajarla a una mera dirección de seguridad, adscrita a la Presidencia de la compañía y bajo el mando del jefe de Comunicación. Créanme si les digo que a los encargados de las relaciones públicas y la información de las empresas no les gusta lo más mínimo ir dando malas noticias, con lo que es de imaginar la influencia que tendría el pepito grillo de turno en el proceso de toma de decisiones, una vez que ya no formaba parte del comité de dirección. Ciertamente, hay que entender el problemón al que se enfrentó el PSOE con la pérdida de sus principales bastiones, léase «yacimientos de empleo público», en autonomías y grandes ayuntamientos, con daño irreparable en Andalucía y la Comunidad Valenciana, también en Baleares, regiones con músculo económico que habían venido sufragando la red de empleo socialista, con decenas de miles de puestos de trabajo. Y, claro, La Moncloa podía hacer un esfuerzo y lo hizo –colocó a un millar largo de asesores gubernamentales–, pero no era suficiente para sacar del paro o mantener el estatus económico de tanto esforzado militante. De ahí, al proceso de colonización de consejos de administración, direcciones generales técnicas, instituciones del Estado, organismos internacionales, embajadas y simples secretarías de gabinete, solo hubo un paso. Argüirán, y tendrán razón, que no todos los colocados son unos cenutrios, pero eso depende de qué clase de oficial está al mando de cada compañía de infantería socialista. Por ejemplo, de Ábalos hay buen recuerdo en el Ministerio de Transportes. Se dedicaba a sus cosas y dejaba a la gente trabajar. Algún gasto extra, eso sí, y sospechas de mordidas. Incluso lo de Koldo como consejero de Renfe dio pocos problemas. Sus muchas obligaciones en la trastienda y en el sector «sobrinas» le quitaban demasiado tiempo y tenía que limitarse a cobrar las dietas, para gran satisfacción de los usuarios del tren. La sucesora de Ábalos, Raquel Sánchez, también dejó buen cartel. Amable y de una educación exquisita, poco tenía que hacer en la rebatiña presupuestaria y tuvo un buen pasar sin molestar a nadie. No dejó mucha huella, es cierto, pero en el sanchismo, donde muchas de las líneas de gestión política las toman guionistas de cine y novelistas, puede considerarse un éxito. Y, entonces, llegó Óscar Puente, cuya labor puede resumirse en esta frase de una trabajadora de Adif, Teresa Oreiro, responsable de Circulación: «Aquí hay muchos responsables: el que calla, el que presiona, el que mira para otro lado…». Ese régimen de terror laboral que describe la funcionaria, en un país donde el mercado de trabajo es cada vez más hostil, a menos, claro, que te dediques a la hostelería o tengas conocimientos de fontanería y electricidad, no es exclusivo de empresas colonizadas como Adif. Ahí están, sin ir más lejos, el cuerpo consular, o la Abogacía del Estado, que se suponían inmunes a la coacción gubernamental, pero donde también figuran los que callan, los que presionan y los que miran para otro lado. El próximo gobierno tiene mucho trabajo por delante, sí, pero el principal debe ser el devolver la dignidad a la función pública, para que cada vez haya menos españoles que tengan que callar o mirar para otro lado. Lo demás vendrá por añadidura.
Muchas de las tropelías se han hecho ante el silencio culpable de quienes sabían que se obraba mal
A ver cómo lo explico porque, realmente, es de traca. Pues resulta que, en Adif, a la Dirección General de Seguridad de la Circulación la degradaron para rebajarla a una mera dirección de seguridad, adscrita a la Presidencia de la compañía y bajo el mando del jefe de Comunicación. Créanme si les digo que a los encargados de las relaciones públicas y la información de las empresas no les gusta lo más mínimo ir dando malas noticias, con lo que es de imaginar la influencia que tendría el pepito grillo de turno en el proceso de toma de decisiones, una vez que ya no formaba parte del comité de dirección. Ciertamente, hay que entender el problemón al que se enfrentó el PSOE con la pérdida de sus principales bastiones, léase «yacimientos de empleo público», en autonomías y grandes ayuntamientos, con daño irreparable en Andalucía y la Comunidad Valenciana, también en Baleares, regiones con músculo económico que habían venido sufragando la red de empleo socialista, con decenas de miles de puestos de trabajo. Y, claro, La Moncloa podía hacer un esfuerzo y lo hizo –colocó a un millar largo de asesores gubernamentales–, pero no era suficiente para sacar del paro o mantener el estatus económico de tanto esforzado militante. De ahí, al proceso de colonización de consejos de administración, direcciones generales técnicas, instituciones del Estado, organismos internacionales, embajadas y simples secretarías de gabinete, solo hubo un paso. Argüirán, y tendrán razón, que no todos los colocados son unos cenutrios, pero eso depende de qué clase de oficial está al mando de cada compañía de infantería socialista. Por ejemplo, de Ábalos hay buen recuerdo en el Ministerio de Transportes. Se dedicaba a sus cosas y dejaba a la gente trabajar. Algún gasto extra, eso sí, y sospechas de mordidas. Incluso lo de Koldo como consejero de Renfe dio pocos problemas. Sus muchas obligaciones en la trastienda y en el sector «sobrinas» le quitaban demasiado tiempo y tenía que limitarse a cobrar las dietas, para gran satisfacción de los usuarios del tren. La sucesora de Ábalos, Raquel Sánchez, también dejó buen cartel. Amable y de una educación exquisita, poco tenía que hacer en la rebatiña presupuestaria y tuvo un buen pasar sin molestar a nadie. No dejó mucha huella, es cierto, pero en el sanchismo, donde muchas de las líneas de gestión política las toman guionistas de cine y novelistas, puede considerarse un éxito. Y, entonces, llegó Óscar Puente, cuya labor puede resumirse en esta frase de una trabajadora de Adif, Teresa Oreiro, responsable de Circulación: «Aquí hay muchos responsables: el que calla, el que presiona, el que mira para otro lado…». Ese régimen de terror laboral que describe la funcionaria, en un país donde el mercado de trabajo es cada vez más hostil, a menos, claro, que te dediques a la hostelería o tengas conocimientos de fontanería y electricidad, no es exclusivo de empresas colonizadas como Adif. Ahí están, sin ir más lejos, el cuerpo consular, o la Abogacía del Estado, que se suponían inmunes a la coacción gubernamental, pero donde también figuran los que callan, los que presionan y los que miran para otro lado. El próximo gobierno tiene mucho trabajo por delante, sí, pero el principal debe ser el devolver la dignidad a la función pública, para que cada vez haya menos españoles que tengan que callar o mirar para otro lado. Lo demás vendrá por añadidura.
