El 22 de julio de 2019, durante el debate de investidura de Pedro Sánchez, los periodistas sentados en la tribuna jugábamos a adivinar el nombre de los presentes en la zona de invitados. Ahí estaba Begoña Gómez, en primera fila, junto a un matrimonio con el que conversaba con cercanía, pero con la distancia suficiente como para adivinar, pasados unos segundos, que se trataba de sus suegros. Seguir leyendo
El 22 de julio de 2019, durante el debate de investidura de Pedro Sánchez, los periodistas sentados en la tribuna jugábamos a adivinar el nombre de los presentes en la zona de invitados. Ahí estaba Begoña Gómez, en primera fila, junto a un matrimonio con el que conversaba con cercanía, pero con la distancia suficiente como para adivinar, pasados unos segundos, que se trataba de sus suegros. Durante esa jornada esas tres personas, fundamentales para la vida del presidente del Gobierno y de cualquier ser humano, mostraron tensión, a veces cierto alivio, pero sobre todo una alegría evidente cuando salieron las cosas tal y como habían deseado. Aplaudieron, sonrieron satisfechos e intercambiaron miradas cómplices con el señor que esa noche se metería en la cama como presidente del Gobierno. Ese día pocos focos estaban puestos en otra persona, una que se mantuvo hierática y con gesto de incomodidad evidente durante casi toda aquella jornada parlamentaria. Enseguida, con un mínimo conocimiento de fisonomía humana, supimos quién era. David, hermano menor de Sánchez, con el que además de padres comparte el mismo gesto cuando ambos fruncen el ceño, y que hoy ha sido condenado a nueve años de inhabilitación por un delito de prevaricación. David Sánchez optó por la música como profesión. Un experto consultado afirma que su trayectoria es evidente y pública, que ha trabajado sobre todo como asistente de director de orquesta, y que quizá el pico de su carrera lo tuvo en San Petersburgo, que como todos sabemos está muy lejos de Badajoz, donde ha desarrollado la última etapa de su vida laboral. Una ciudad a la que llegó en 2017, dos años antes de ese día tan sentado y tan seriote en la zona de invitados del Congreso, cuando su hermano ni estaba ni se le esperaba en el Palacio de La Moncloa. Tampoco por aquellas fechas Magdalena, madre de David y de Pedro, sabía que sería insultada a diario por ciudadanos anónimos y otras que no tanto gracias al odio vertido primero hacia su hijo mayor y ahora también hacia el pequeño. De ella y de su marido se acuerda hoy la que escribe, más que por las dos criaturas que han traído al mundo. “Todos tenemos un padre y una madre”, recordaba el profesor Miguel Ángel Bastenier cuando daba clase a los alumnos del Máster de Periodismo de EL PAÍS. Quizá sea hoy otro de tantos días en lo que conviene tenerlo en cuenta. De David Sánchez se han dicho muchas cosas, y puede que a la sentencia de hoy haya llegado repleto de homeopatía. Que nada de lo que dicen esas trescientas páginas le chirríe o quizá sí, cuando se habla de que su puesto como coordinador traje a medida, cuando se lo acusa de prevaricación sin pruebas. Pero a lo mejor eso ahora a él le importa poco. Ya lleva más de dos años en los que nadie en este país lo llama David Azagra, que es el nombre artístico por el que optó. Para casi todos es el hermanísimo y el delincuente, el chorizo y sobre todo el enchufado, que
Del hermano de Sánchez se han dicho muchas cosas, pero puede que a él le chirríe que se diga que su puesto de coordinador fue un traje a medida, cuando se lo acusa de prevaricación sin pruebas
