Hace más de dos décadas que en España se fueron adoptando las acerías de arco eléctrico, que trabajan directamente con chatarra férrica para fabricar el acero, hasta el punto de que, hoy, significan el 75 por ciento de la producción siderúrgica nacional frente al 35 por ciento en el resto de Europa. No voy a glosar las ventajas de un sistema que se basa en la economía circular, reduce las emisiones de CO2, puede producir hasta 180 toneladas de acero cada 40 minutos y da trabajo a 24.000 españoles en sus 20 instalaciones activas, pero son datos inestimables para hacer una de esas comparaciones odiosas que tanto nos gustan a los viejos periodistas, especialmente, si los que salen perdiendo son nuestros amados ingleses, que Dios confunda. Me explico. El primer ministro británico, Keir Starmer, laborista, cuya formación se acaba de llevar una toña histórica en las elecciones municipales y en las autonómicas de Escocia y Gales, se está agarrando como una lapa al cargo y, entre otras ofertas, promete reconstruir la relación con Bruselas, situando al Reino Unido «en el corazón de Europa», aunque sin concretar cómo de estrecha sería esa reconciliación, pero, al mismo tiempo, en un arrebato patriota, se dispone a renacionalizar la «British Steel», que hoy es propiedad de la firma china Jingyey, que pierde unos 365 millones de libras al año, es decir, 1.152.000 euros al día, entre otras razones, porque sus altos hornos de carbón se han quedado obsoletos. Starmer argumenta que producir acero es la medida definitiva de la «capacidad soberana» de un país, y que en el mundo actual las naciones fuertes necesitan fabricar acero. Ciertamente, a ningún gobierno le viene bien cerrar una siderurgia con miles de puestos de trabajo, pero la alternativa, la nacionalización y que las pérdidas vayan al gasto público, no parece que sea la mejor decisión si se desea volver a instalarse «en el corazón de Europa», donde las reglas para impedir el dumping y la competencia desleal se aplican con bastante determinación, salvo cuando hablamos de productos hechos en China, paraíso de los derechos laborales y con una economía volcada en la protección del medioambiente, la salud de la población y la lucha contra el cambio climático. Ironías aparte, todo indica que la izquierda británica, también las del resto de Europa, siguen en el callejón sin salida de unas políticas basadas, según la oportuna descripción de la líder conservadora británica Kemi Badenoch, en «más subsidios, más control estatal, más endeudamiento, más regulación» y más, añadimos nosotros, presión fiscal sobre las empresas y los trabajadores medios. Y, claro, en populismo, siempre hay quienes te adelantan por la izquierda o, en este caso, por la derecha. Que un tipo como Nigel Farage, que vendió el Brexit como la panacea que iba a hacer felices a todos los ingleses, pero que, al final, los ha hecho más pobres, más débiles y haciendo frente a una inmigración irregular disparada, haya conseguido unos resultados electorales que le permiten amenazar al clásico bipartidismo británico, escapa a toda comprensión. Pero, ya se sabe, cuando lo que prima en este mundo moderno es el relato, la propaganda de toda la vida, y la criminalización del adversario político, la izquierda debería asumir que ya no tiene el monopolio de la demagogia.
El primer ministro laborista lo mismo promete “volver al corazón de Europa” que estatalizar (más) la economía
Hace más de dos décadas que en España se fueron adoptando las acerías de arco eléctrico, que trabajan directamente con chatarra férrica para fabricar el acero, hasta el punto de que, hoy, significan el 75 por ciento de la producción siderúrgica nacional frente al 35 por ciento en el resto de Europa. No voy a glosar las ventajas de un sistema que se basa en la economía circular, reduce las emisiones de CO2, puede producir hasta 180 toneladas de acero cada 40 minutos y da trabajo a 24.000 españoles en sus 20 instalaciones activas, pero son datos inestimables para hacer una de esas comparaciones odiosas que tanto nos gustan a los viejos periodistas, especialmente, si los que salen perdiendo son nuestros amados ingleses, que Dios confunda. Me explico. El primer ministro británico, Keir Starmer, laborista, cuya formación se acaba de llevar una toña histórica en las elecciones municipales y en las autonómicas de Escocia y Gales, se está agarrando como una lapa al cargo y, entre otras ofertas, promete reconstruir la relación con Bruselas, situando al Reino Unido «en el corazón de Europa», aunque sin concretar cómo de estrecha sería esa reconciliación, pero, al mismo tiempo, en un arrebato patriota, se dispone a renacionalizar la «British Steel», que hoy es propiedad de la firma china Jingyey, que pierde unos 365 millones de libras al año, es decir, 1.152.000 euros al día, entre otras razones, porque sus altos hornos de carbón se han quedado obsoletos. Starmer argumenta que producir acero es la medida definitiva de la «capacidad soberana» de un país, y que en el mundo actual las naciones fuertes necesitan fabricar acero. Ciertamente, a ningún gobierno le viene bien cerrar una siderurgia con miles de puestos de trabajo, pero la alternativa, la nacionalización y que las pérdidas vayan al gasto público, no parece que sea la mejor decisión si se desea volver a instalarse «en el corazón de Europa», donde las reglas para impedir el dumping y la competencia desleal se aplican con bastante determinación, salvo cuando hablamos de productos hechos en China, paraíso de los derechos laborales y con una economía volcada en la protección del medioambiente, la salud de la población y la lucha contra el cambio climático. Ironías aparte, todo indica que la izquierda británica, también las del resto de Europa, siguen en el callejón sin salida de unas políticas basadas, según la oportuna descripción de la líder conservadora británica Kemi Badenoch, en «más subsidios, más control estatal, más endeudamiento, más regulación» y más, añadimos nosotros, presión fiscal sobre las empresas y los trabajadores medios. Y, claro, en populismo, siempre hay quienes te adelantan por la izquierda o, en este caso, por la derecha. Que un tipo como Nigel Farage, que vendió el Brexit como la panacea que iba a hacer felices a todos los ingleses, pero que, al final, los ha hecho más pobres, más débiles y haciendo frente a una inmigración irregular disparada, haya conseguido unos resultados electorales que le permiten amenazar al clásico bipartidismo británico, escapa a toda comprensión. Pero, ya se sabe, cuando lo que prima en este mundo moderno es el relato, la propaganda de toda la vida, y la criminalización del adversario político, la izquierda debería asumir que ya no tiene el monopolio de la demagogia.
