Hay imágenes que regresan periódicamente porque los problemas que las provocaron nunca terminaron de resolverse. Cincuenta años después de la «Marcha Verde», que permitió a Marruecos avanzar sobre el Sáhara Occidental aprovechando la extrema debilidad de España en los últimos días del franquismo, Rabat vuelve a poner sobre la mesa su vieja herramienta de conquista: utilizar la presión humana de civiles en la frontera como instrumento de presión política y territorial. El Gobierno no debería caer en la trampa de despachar lo ocurrido en Ceuta como una simple crisis migratoria sin intenciones ocultas y sin un inductor principal. Decenas de miles de personas llegaron a la frontera en una operación cuya dimensión ha abierto un debate sobre el papel de las autoridades marroquíes y sobre la posibilidad de que los flujos migratorios sean utilizados como arma geopolítica. No hace falta demostrar una orden escrita de la Casa Real marroquí para entender la lección estratégica. Cuando un vecino descubre que puede alterar la agenda española y, de paso, provocar inquietud en toda Europa mediante la presión fronteriza, dispone de una poderosa palanca de negociación. Y aquí aparece la siempre sospechosa presencia de Pedro Sánchez. La cuestión no es solo qué concesiones ha hecho a Marruecos, sino por qué las ha hecho y qué precio está dispuesto a pagar. El giro de 2022 sobre el Sáhara Occidental, que rompió con décadas de posición española, sigue sin haber recibido una explicación política plenamente convincente. Según una encuesta publicada por La Razón, seis de cada diez españoles consideran que Mohamed VI ejerce algún tipo de chantaje sobre Sánchez. Aunque esta percepción ciudadana no demuestra por sí misma la existencia de ese chantaje, sí revela un problema de confianza que se agranda cada vez que el presidente hinca la rodilla ante la corona alauí y cede hasta con la celebración de la final de «nuestro» Mundial. Sabemos que Marruecos juega con ventaja al aprovechar las malas relaciones de Sánchez con Trump. La estrecha vinculación marroquí con Estados Unidos y el respaldo recibido por la Administración Trump le proporcionan una cobertura internacional que aumenta su capacidad de presión. Y mientras Rabat gana margen de maniobra, Europa descubre sus propias grietas. Solo hay que ver la crisis diplomática surgida entre España e Italia a cuenta del espacio Schengen. Ese es quizá el otro triunfo de Marruecos, el divide y vencerás, el que los propios europeos desconfiemos entre nosotros.
Ese es quizá el otro triunfo de Marruecos, el divide y vencerás, el que los propios europeos desconfiemos entre nosotros
Hay imágenes que regresan periódicamente porque los problemas que las provocaron nunca terminaron de resolverse. Cincuenta años después de la «Marcha Verde», que permitió a Marruecos avanzar sobre el Sáhara Occidental aprovechando la extrema debilidad de España en los últimos días del franquismo, Rabat vuelve a poner sobre la mesa su vieja herramienta de conquista: utilizar la presión humana de civiles en la frontera como instrumento de presión política y territorial. El Gobierno no debería caer en la trampa de despachar lo ocurrido en Ceuta como una simple crisis migratoria sin intenciones ocultas y sin un inductor principal. Decenas de miles de personas llegaron a la frontera en una operación cuya dimensión ha abierto un debate sobre el papel de las autoridades marroquíes y sobre la posibilidad de que los flujos migratorios sean utilizados como arma geopolítica. No hace falta demostrar una orden escrita de la Casa Real marroquí para entender la lección estratégica. Cuando un vecino descubre que puede alterar la agenda española y, de paso, provocar inquietud en toda Europa mediante la presión fronteriza, dispone de una poderosa palanca de negociación. Y aquí aparece la siempre sospechosa presencia de Pedro Sánchez. La cuestión no es solo qué concesiones ha hecho a Marruecos, sino por qué las ha hecho y qué precio está dispuesto a pagar. El giro de 2022 sobre el Sáhara Occidental, que rompió con décadas de posición española, sigue sin haber recibido una explicación política plenamente convincente. Según una encuesta publicada por La Razón, seis de cada diez españoles consideran que Mohamed VI ejerce algún tipo de chantaje sobre Sánchez. Aunque esta percepción ciudadana no demuestra por sí misma la existencia de ese chantaje, sí revela un problema de confianza que se agranda cada vez que el presidente hinca la rodilla ante la corona alauí y cede hasta con la celebración de la final de «nuestro» Mundial. Sabemos que Marruecos juega con ventaja al aprovechar las malas relaciones de Sánchez con Trump. La estrecha vinculación marroquí con Estados Unidos y el respaldo recibido por la Administración Trump le proporcionan una cobertura internacional que aumenta su capacidad de presión. Y mientras Rabat gana margen de maniobra, Europa descubre sus propias grietas. Solo hay que ver la crisis diplomática surgida entre España e Italia a cuenta del espacio Schengen. Ese es quizá el otro triunfo de Marruecos, el divide y vencerás, el que los propios europeos desconfiemos entre nosotros.
