En el sur del Peloponeso, en el extremo meridional de Europa, hay un cabo llamado Maleas que va más allá de la geografía para entrar en el territorio del mito y el símbolo. Situado al sudeste de esta legendaria península, en Laconia, está aureolado por una fascinante leyenda entre los navegantes antiguos y sus seguidores modernos. Este cabo tiene fama de ser un hito peligroso y esencial desde tiempos homéricos y un proverbio griego, que recoge algún geógrafo de tiempos antiguos, afirma que aquel que lo cruza ha de olvidarse de su familia: hasta tal punto era famoso por sus azarosas tormentas. Y no en vano se sitúa en un lugar donde confluyen los vientos y las mareas, en el camino que separa la tierra firme de la isla de Citera: por ahí pasó hacia oriente Helena, tras ser raptada y recalar con París en la isla donde se dice que nació la diosa del amor; y también, en sentido contrario, lo cruzó Odiseo buscando el retorno a su ansiada patria. Tras pasar el cabo Maleas, como después del cruce de cualquier umbral mítico, nada volvía a ser igual para ninguno de los viajeros. Helena, abandonado su marido Menelao y su hija pequeña en Esparta, se lanzaba a una dudosa aventura que, parafraseando a Marlowe, lanzaría a su vez mil barcos al mar, en la guerra de Troya. En el camino de vuelta a su isla después de esa guerra, nada será igual para Odiseo tras cruzar este cabo y desatar la ira de los dioses en forma de tormenta. Entonces los vientos huracanados lo llevarán nueve días a la deriva hasta recalar en la isla de los lotófagos, donde muchos de sus hombres perderán la noción del tiempo, el espacio y la misión: entonces todo cambia y comenzará el relato de las aventuras sobrenaturales.
Hoy el cabo impresiona en el límpido paisaje de Laconia. Los pueblos de la península, arracimados en los montes, conservan todo el sabor de una Grecia milenaria, culminando en dos ciudades que la flanquean: al Levante se alza la rocosa Monemvasia, patria del poeta Yannis Ritsos, y cuyo nombre inmortalizó antaño el vino de malvasía, antiquísima cepa oriental globalizada tras el dominio medieval de los cruzados por esta zona, entre playas y grutas misteriosas, iglesias de santos ortodoxos y fiestas populares. Del lado del Poniente está la ciudad de Neápolis, también jalonada de vestigios antiquísimos, como la ciudad sumergida de Pavlopetri, que remonta al tercer milenio antes de Cristo y que espera a los nadadores a pocos metros de las playas con mar azul turquesa que se despliegan ante el embarcadero que lleva a la muy turística isla de Elafonisos.
Pero todavía sentimos algo misterioso cuando cruzamos el cabo Maleas, quizá en alguno de los veleros que ofrecen un pasaje por la zona o a bordo de los «ferries» que nos llevan a las islas. Siempre me pregunto qué nos espera al doblar este cabo. Pienso que podemos coger un «ferry» metafórico –algo más largo que el que conduce a la isla de Citera, no solo patria de Afrodita sino refugio montaraz donde San Juan tuvo la revelación que luego le llevaría a escribir en Patmos el Apocalipsis– y, ahora que acabó el verano, olvidarnos por un momento de nuestras familias, compromisos, trabajos, afanes varios, para preguntarnos realmente qué nos depara la vida tras doblar este cabo simbólico. Odiseo lo cruzó con más de 50 años ya a sus espaldas, con varias guerras y peripecias en su haber –no todas moralmente aceptables, desde luego–, con media vida ya en la mochila. Se desató lo inesperado y comenzó otra aventura inefable: es la «segunda navegación», la segunda parte de la vida, que puede deparar muchas sorpresas y segundas oportunidades. Eso recuerda otro viejo proverbio griego que recoge Platón y que ayuda a reflexionar sobre el paso de los años. La «segunda navegación» («deuteros plous») es el viaje de vuelta de nuestras vidas. Sabemos que toda historia se compone de un viaje de ida y otro de vuelta, como dicen los folcloristas que estudian los cuentos y los mitólogos que trabajan sobre el viaje del héroe (así, por cierto, subtitulaba Tolkien su pionera novela El Hobbit, «there and back again»). Pues bien, esa segunda navegación es el viaje del «volver a la patria querida», como ya cantó Homero. Es, en suma, la segunda mitad de la vida que esperamos vivir quienes ya hemos rebasado ese umbral mítico, como el del cabo Maleas, que representan los 50 años. Quedan muchas peripecias en ese viaje hacia nuestra patria, que es el final de nuestros días, mucho por cumplir, llorar o celebrar, pero, sobre todo, hay que cerrar los temas pendientes y atar cabos, como bien sabía Odiseo, que tiene que reencontrarse con un hijo casi desconocido y con una mujer a la que debe muchas cuentas, y que ha de acariciar con la mirada a su viejo perro para que muera tranquilo. En fin, hemos de celebrar el cruce con éxito del cabo Maleas, que no todos logran. Ahora que acaban los días de asueto y volvemos al quehacer cotidiano, entre tormentas de octubre y la sensación de que un mundo se acaba y otro que comienza, no está de más preguntarse cómo haremos esta segunda navegación de regreso y cómo representaremos nuestro papel convincentemente en la obra de teatro de la vida, que arranca ahora su segundo acto.
David Hernández de la Fuente. Escritor y catedrático de Filología Clásica en la UCM.
Es inútil preguntarnos sobre nuestra estrategia para el viaje de regreso en esta segunda expedición y nuestro papel en el drama de la vida que se está desarrollando, que ahora está entrando en su siguiente fase.
En la región meridional del Peloponeso, que se encuentra en el punto más meridional de Europa, existe un cabo llamado Maleas. Esta capa trasciende las fronteras geográficas y se adentra en el reino del folclore y el simbolismo. En Laconia, al sureste de la legendaria península, existe un lugar que se sabe que está embrujado por una historia intrigante. Esta historia es compartida entre los antiguos marineros y sus admiradores contemporáneos. Este cabo es conocido por su peligrosa y significativa presencia que se remonta a la época homérica. Un antiguo proverbio griego, registrado por un geógrafo desconocido, declara que aquellos que lo cruzan deben despedirse de sus seres queridos debido a sus notorias tormentas impredecibles. No fue sin propósito que se encuentra donde los vientos y las mareas se encuentran, en el camino entre el continente y la isla de Citra. Aquí es donde Helena viajó hacia el este después de ser secuestrada y dejada con París en la isla que se cree que es el lugar de nacimiento de la diosa del amor; y por el contrario, Odiseo la cruzó mientras buscaba su patria deseada. Una vez que los viajeros habían superado el cabo Maleas, era como si hubieran cruzado una frontera legendaria; desde ese momento en adelante, todos ellos experimentaron cambios irrevocables. Helena, abandonando a su esposo Menelao y a su niña en Esparta, se embarcó en una expedición arriesgada que, como dijo Marlowe, lanzaría posteriormente mil naves a la Guerra de Troya. Después de la guerra, la vida de Odiseo cambiará significativamente cuando regrese a su isla cuando pase este punto y provoque la ira divina a través de un evento climático tempestuoso. Los vientos huracanados lo transportarán durante nueve días, haciendo que sea arrastrado hasta que llegue a la isla de los comedores de lotería. Muchos de sus tripulantes perderán el sentido del tiempo, el espacio y el propósito al llegar a la isla, marcando el comienzo de una aventura sobrenatural. Actualmente, el cabo es prominentemente visible en el paisaje abierto de Laconia.
