Antes se nos llamaba malos estudiantes y no nos hacían ni caso. Ahora se les llama niños con necesidades especiales y, sinceramente, creo que tampoco se les hace mucho caso. Al menos ahora no se les llama vagos, tontos o malos. Yo de pequeña era de las llamadas tontas. La pobre no se concentra, no se entera, no aprende, le decían a mi madre. No sospechaban que no aprendía porque no me interesaba.
En mi colegio, que era privado, sentaban a las niñas por orden de sus notas. Es decir, a las pequeñas de sobresaliente las situaban en la primera fila frente al encerado, a las suspensas nos sentaban atrás, un lugar perfecto para hacer cualquier cosa menos atender al enseñante. No se fijaban, por ejemplo, que yo desde los cuatro años llevaba unas gafitas de miope muy llamativas y que, seguramente, en la última fila no vería ni la pizarra ni al maestro. Como era un colegio de pago fueron aprobándome hasta que terminé el bachillerato, evento que coincidió con el encuentro de mi primer amor. De pronto, ya en la universidad, con el corazón colmado de asombro por sentirme amada, comencé a sacar notazas.
Mi madre, peleona, fue a enseñárselas a la directora del viejo colegio que exclamó: «Sí señora, a veces, ocurren milagros». Quizá luego reflexionó y pensó que por fin me gustaba lo que estaba estudiando, quizá. Ahora los expertos dirían que el problema de la niña de las gafitas es que, aparte de no ver un pijo, era una persona con vulnerabilidad socio-emocional. En fin, de familia desestructurada. Así es, en mi época no había psicólogos, ni orientadores, ni los trastornos tenían nombre de siglas: TEA, TDAH, TEAF, etcétera, de modo que a los tontos, vagos y malos nos ponían a trabajar enseguida. Ahora, dicen, se han triplicado los casos de niños con problemas de aprendizaje, pobres criaturas a los que el diagnostico no da solución. Porque para ayudarlos habría que triplicar los recursos en conocimiento, humanidad y dinero. Y eso sigue a la espera de otro milagro.
Antes se nos llamaba malos estudiantes y no nos hacían ni caso. Ahora se les llama niños con necesidades especiales y, sinceramente, creo que tampoco se les hace mucho caso. Al menos ahora no se les llama vagos, tontos o malos. Yo de pequeña era de las llamadas tontas. La pobre no se concentra, no se entera, no aprende, le decían a mi madre. No sospechaban que no aprendía porque no me interesaba.. En mi colegio, que era privado, sentaban a las niñas por orden de sus notas. Es decir, a las pequeñas de sobresaliente las situaban en la primera fila frente al encerado, a las suspensas nos sentaban atrás, un lugar perfecto para hacer cualquier cosa menos atender al enseñante. No se fijaban, por ejemplo, que yo desde los cuatro años llevaba unas gafitas de miope muy llamativas y que, seguramente, en la última fila no vería ni la pizarra ni al maestro. Como era un colegio de pago fueron aprobándome hasta que terminé el bachillerato, evento que coincidió con el encuentro de mi primer amor. De pronto, ya en la universidad, con el corazón colmado de asombro por sentirme amada, comencé a sacar notazas.. Mi madre, peleona, fue a enseñárselas a la directora del viejo colegio que exclamó: «Sí señora, a veces, ocurren milagros». Quizá luego reflexionó y pensó que por fin me gustaba lo que estaba estudiando, quizá. Ahora los expertos dirían que el problema de la niña de las gafitas es que, aparte de no ver un pijo, era una persona con vulnerabilidad socio-emocional. En fin, de familia desestructurada. Así es, en mi época no había psicólogos, ni orientadores, ni los trastornos tenían nombre de siglas: TEA, TDAH, TEAF, etcétera, de modo que a los tontos, vagos y malos nos ponían a trabajar enseguida. Ahora, dicen, se han triplicado los casos de niños con problemas de aprendizaje, pobres criaturas a los que el diagnostico no da solución. Porque para ayudarlos habría que triplicar los recursos en conocimiento, humanidad y dinero. Y eso sigue a la espera de otro milagro.
En mi época no había psicólogos, ni orientadores, ni los trastornos tenían nombre de siglas
Antes se nos llamaba malos estudiantes y no nos hacían ni caso. Ahora se les llama niños con necesidades especiales y, sinceramente, creo que tampoco se les hace mucho caso. Al menos ahora no se les llama vagos, tontos o malos. Yo de pequeña era de las llamadas tontas. La pobre no se concentra, no se entera, no aprende, le decían a mi madre. No sospechaban que no aprendía porque no me interesaba.. En mi colegio, que era privado, sentaban a las niñas por orden de sus notas. Es decir, a las pequeñas de sobresaliente las situaban en la primera fila frente al encerado, a las suspensas nos sentaban atrás, un lugar perfecto para hacer cualquier cosa menos atender al enseñante. No se fijaban, por ejemplo, que yo desde los cuatro años llevaba unas gafitas de miope muy llamativas y que, seguramente, en la última fila no vería ni la pizarra ni al maestro. Como era un colegio de pago fueron aprobándome hasta que terminé el bachillerato, evento que coincidió con el encuentro de mi primer amor. De pronto, ya en la universidad, con el corazón colmado de asombro por sentirme amada, comencé a sacar notazas.. Mi madre, peleona, fue a enseñárselas a la directora del viejo colegio que exclamó: «Sí señora, a veces, ocurren milagros». Quizá luego reflexionó y pensó que por fin me gustaba lo que estaba estudiando, quizá. Ahora los expertos dirían que el problema de la niña de las gafitas es que, aparte de no ver un pijo, era una persona con vulnerabilidad socio-emocional. En fin, de familia desestructurada. Así es, en mi época no había psicólogos, ni orientadores, ni los trastornos tenían nombre de siglas: TEA, TDAH, TEAF, etcétera, de modo que a los tontos, vagos y malos nos ponían a trabajar enseguida. Ahora, dicen, se han triplicado los casos de niños con problemas de aprendizaje, pobres criaturas a los que el diagnostico no da solución. Porque para ayudarlos habría que triplicar los recursos en conocimiento, humanidad y dinero. Y eso sigue a la espera de otro milagro.
