Agustín de Hipona escribió entre los años 412 y 426 los 22 libros que forman De civitate Dei. La BAC y Gredos han publicado la obra del Santo en ediciones asequibles. San Agustín escribió hace milenio y medio largo esta frase certera: «Sin la Justicia, qué serían los reinos sino una partida de salteadores». He citado esta afirmación de San Agustín desde hace años al menos en cuatro o cinco artículos, siempre en defensa de la independencia judicial. Me alegra que el presidente de la Conferencia Episcopal, el controvertido cardenal Luis Argüello, se haya referido a ella sin especificar ni reinos ni gobiernos. Sorprendentemente Pedro Sánchez se ha sentido aludido y ha reaccionado agriamente. San Agustín tenía razón, toda la razón. Sin una Justicia independiente y cabal, el riesgo de que los poderes públicos abusen es muy alto. Por eso, incluso en las democracias pluralistas del siglo XXI hay algunos partidos que se esfuerzan por controlar o manipular a los jueces. Sin embargo, no es la corrupción lo que caracteriza a la clase política española, la mayor parte de la cual es honrada y constructiva. Bien está que se subrayen las corrupciones de la política. Y que se combatan. España no es una excepción. En Italia, en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en Países Bajos, la corrupción se encuentra agresivamente extendida. Pero lo que caracteriza a la clase política española no es la corrupción sino la mediocridad. Son muchos los jóvenes que renuncian al estudio y a la formación universitaria para integrarse en un partido político, con la esperanza de prosperar rápidamente. Por supuesto que en España existen políticos, mujeres y hombres, sólidamente formados. Pero son demasiados los ineptos, los ignaros, los cínicos y sinvergüenzas dispuestos no solo a prosperar sino también a gobernar a los ciudadanos desde la incapacidad y la incompetencia. Ese es el gran problema de la clase política española, sin desdeñar lo que la corrupción significa, y que tanto indigna al ciudadano medio. El ejercicio de la política exige una formación cualificada y una buena parte de los partidos políticos pasan por alto esta exigencia para terminar gestionados y zarandeados por ineptos e ignorantes. Luis María Anson, de la Real Academia Española
«Una buena parte de los partidos políticos no exigen a sus dirigentes la debida formación y terminan zarandeados por la ineptitud»
Agustín de Hipona escribió entre los años 412 y 426 los 22 libros que forman De civitate Dei. La BAC y Gredos han publicado la obra del Santo en ediciones asequibles. San Agustín escribió hace milenio y medio largo esta frase certera: «Sin la Justicia, qué serían los reinos sino una partida de salteadores».He citado esta afirmación de San Agustín desde hace años al menos en cuatro o cinco artículos, siempre en defensa de la independencia judicial. Me alegra que el presidente de la Conferencia Episcopal, el controvertido cardenal Luis Argüello, se haya referido a ella sin especificar ni reinos ni gobiernos. Sorprendentemente Pedro Sánchez se ha sentido aludido y ha reaccionado agriamente.San Agustín tenía razón, toda la razón. Sin una Justicia independiente y cabal, el riesgo de que los poderes públicos abusen es muy alto. Por eso, incluso en las democracias pluralistas del siglo XXI hay algunos partidos que se esfuerzan por controlar o manipular a los jueces.Sin embargo, no es la corrupción lo que caracteriza a la clase política española, la mayor parte de la cual es honrada y constructiva. Bien está que se subrayen las corrupciones de la política. Y que se combatan. España no es una excepción. En Italia, en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en Países Bajos, la corrupción se encuentra agresivamente extendida.Pero lo que caracteriza a la clase política española no es la corrupción sino la mediocridad. Son muchos los jóvenes que renuncian al estudio y a la formación universitaria para integrarse en un partido político, con la esperanza de prosperar rápidamente. Por supuesto que en España existen políticos, mujeres y hombres, sólidamente formados. Pero son demasiados los ineptos, los ignaros, los cínicos y sinvergüenzas dispuestos no solo a prosperar sino también a gobernar a los ciudadanos desde la incapacidad y la incompetencia.Ese es el gran problema de la clase política española, sin desdeñar lo que la corrupción significa, y que tanto indigna al ciudadano medio. El ejercicio de la política exige una formación cualificada y una buena parte de los partidos políticos pasan por alto esta exigencia para terminar gestionados y zarandeados por ineptos e ignorantes.Luis María Anson, de la Real Academia Española
