Conviene no engañarse, hoy por hoy no es que el PSOE carezca de corrientes internas o sensibilidades varias, ya saben, de esas que en otro tiempo llegaron a enriquecer el armazón ideológico de esta formación política, sino que ni siquiera existe ya como partido tal y como se entendería en un contexto de democracia occidental. Cuando se apela al espíritu socialdemócrata del PSOE que hace décadas refundó junto a otros Felipe González, se ignora que ya no existe corriente socialdemócrata y lo peor es que ya ni siquiera se la espera. Cuando se clama por un golpe de decencia por parte de los dirigentes y cuadros actuales, se ignora también que mientras Sánchez esté al frente del gobierno manejando BOE y presupuesto, ni uno solo de los miembros entre los grupos parlamentarios ni en las direcciones regionales o la federal del partido se van a desviar un ápice de lo que marquen Ferraz o la Moncloa, sencillamente porque (salvada alguna exótica excepción como la de García Page) su razón de ser en política hoy depende de la permanencia del líder al que se debe el ministerio, la portavocía parlamentaria o cualquier otro cargo que se iría a la tumba junto a todo el ajuar del faraón una vez desaparecido. Más allá, cuando se señala la necesaria reconstrucción de la organización a partir del post sanchismo, lo que también se está ignorando es que difícilmente se pueden iniciar labores de restauración cuando lo que queda es el solar. PSOE no hay ni uno ni varios, este partido comenzó a volatilizarse desde el mismísimo día en que sus órganos de dirección fueron convenientemente convertidos en estatuas de sal por obra y gracia del poder omnímodo que se arrogó el voto de unas cuantas decenas de militantes en proceso de primarias. Atrás quedan para el recuerdo los «guerristas» y «renovadores», los congresos federales con intensos debates abiertos a cara de perro hasta altas horas de la madrugada o esas ejecutivas en las que evitando llamar al antagonista por su nombre se le atendía como «el compañero de enfrente». La sana confrontación de sensibilidades ha dado paso al modelo norcoreano y el siguiente escenario, desterrada la social democracia y puede que, con el sanchismo en sus últimas bocanadas, bien podría mostrarnos un tránsito a la italiana del PSI al «Olivo» y esperemos que sin un Craxi fugado a Túnez.
PSOE no hay ni uno ni varios, este partido comenzó a volatilizarse desde el mismísimo día en que sus órganos de dirección fueron convenientemente convertidos en estatuas de sal por obra y gracia del poder omnímodo
Conviene no engañarse, hoy por hoy no es que el PSOE carezca de corrientes internas o sensibilidades varias, ya saben, de esas que en otro tiempo llegaron a enriquecer el armazón ideológico de esta formación política, sino que ni siquiera existe ya como partido tal y como se entendería en un contexto de democracia occidental. Cuando se apela al espíritu socialdemócrata del PSOE que hace décadas refundó junto a otros Felipe González, se ignora que ya no existe corriente socialdemócrata y lo peor es que ya ni siquiera se la espera. Cuando se clama por un golpe de decencia por parte de los dirigentes y cuadros actuales, se ignora también que mientras Sánchez esté al frente del gobierno manejando BOE y presupuesto, ni uno solo de los miembros entre los grupos parlamentarios ni en las direcciones regionales o la federal del partido se van a desviar un ápice de lo que marquen Ferraz o la Moncloa, sencillamente porque (salvada alguna exótica excepción como la de García Page) su razón de ser en política hoy depende de la permanencia del líder al que se debe el ministerio, la portavocía parlamentaria o cualquier otro cargo que se iría a la tumba junto a todo el ajuar del faraón una vez desaparecido. Más allá, cuando se señala la necesaria reconstrucción de la organización a partir del post sanchismo, lo que también se está ignorando es que difícilmente se pueden iniciar labores de restauración cuando lo que queda es el solar.PSOE no hay ni uno ni varios, este partido comenzó a volatilizarse desde el mismísimo día en que sus órganos de dirección fueron convenientemente convertidos en estatuas de sal por obra y gracia del poder omnímodo que se arrogó el voto de unas cuantas decenas de militantes en proceso de primarias. Atrás quedan para el recuerdo los «guerristas» y «renovadores», los congresos federales con intensos debates abiertos a cara de perro hasta altas horas de la madrugada o esas ejecutivas en las que evitando llamar al antagonista por su nombre se le atendía como «el compañero de enfrente». La sana confrontación de sensibilidades ha dado paso al modelo norcoreano y el siguiente escenario, desterrada la social democracia y puede que, con el sanchismo en sus últimas bocanadas, bien podría mostrarnos un tránsito a la italiana del PSI al «Olivo» y esperemos que sin un Craxi fugado a Túnez.
