Exiliado de la intelectualidad rampante, ha muerto en Valencia, su tierra, a los 97 años, Agustín Andréu, uno de los pensadores españoles más relevantes de nuestro tiempo. Filósofo, teólogo, educador, humanista… Nada humano le era ajeno. Toda su vida se ha movido fuera de los circuitos academicistas, en busca de lo que llamaba «la otra Ilustración». En su humilde piso-biblioteca, que él llamaba «la mina», ha trabajado en silencio hasta el último aliento, cuando un ictus traicionero le destrozó la vida. Ha creado una obra monumental, con la que no tiene parangón ningún otro autor contemporáneo. Principal especialista en Leibniz, seguidor de Spinoza, descubridor de Böhme y de Lessing, traductor de todos ellos, interlocutor y maestro de María Zambrano, como queda de manifiesto en «Cartas de la Piece», descubridor del cristianismo metafísico de Antonio Machado y estudioso de Ortega y Gasset, su curiosidad y capacidad intelectual no tenían límites. Entre su obra monumental destacan los ocho tomos que llamó «Sideraciones», el último aún inédito, una rica miscelánea de reflexiones de todo tipo ancladas en la experiencia personal. Andreu se situó al margen del laicismo y el posmodernismo, fue profesor de Teología en la Universidad de Valencia y de Ética y Antropología en la Politécnica, trabajó en el Instituto de Filosofía del CSIC y desplegó su vocación educadora en el Zambuch, una peculiar Universidad de verano, basada en la amistad y la cultura clásica, un espacio libre, spinoziano, alejado de los academicismos, una escuela de formación humana. Él fue también el que tuvo la idea de la necesidad de crear una Universidad en el sur de Madrid, e hizo las primeras gestiones, aunque nunca tuvo el reconocimiento debido. Los que hemos tratado de cerca a Agustín Andréu nos quedamos con su abrumadora sabiduría y su cercanía humana. Era un hombre auténticamente cristiano, con un gran sentimiento de lo sagrado, pero alejado de capillas, clericalismos y convencionalismos. Confesó que Böhme le enseñó a «prescindir de las teologías convencionales y a dirigirse a la observación de la vida y su proceso trinitario». Andréu fue ante todo un hombre bueno, libre y humilde, además de un intelectual con voz propia, quizás el último intelectual verdadero. Pero no era de este mundo. Le ayudó de cerca en esa silenciosa tarea su compañera Isabel Sancho, admirable mujer, su complementaria, ahora desolada, persona de vasta cultura y categoría humana. La muerte callada de Agustín Andréu contrasta con el estruendo que producen otras muertes envueltas en la aparatosa fatuidad de la fama que acompaña a personajes vacíos. Estamos esta vez ante un español que deja huella.
Aquellos de nosotros que conocimos personalmente a Agustin Andreu permanecemos profundamente marcados por su profunda sabiduría y su genuina calidez humana.
Exiliado de la intelectualidad rampante, ha muerto en Valencia, su tierra, a los 97 años, Agustín Andréu, uno de los pensadores españoles más relevantes de nuestro tiempo. Filósofo, teólogo, educador, humanista… Nada humano le era ajeno. Toda su vida se ha movido fuera de los circuitos academicistas, en busca de lo que llamaba «la otra Ilustración». En su humilde piso-biblioteca, que él llamaba «la mina», ha trabajado en silencio hasta el último aliento, cuando un ictus traicionero le destrozó la vida. Ha creado una obra monumental, con la que no tiene parangón ningún otro autor contemporáneo. Principal especialista en Leibniz, seguidor de Spinoza, descubridor de Böhme y de Lessing, traductor de todos ellos, interlocutor y maestro de María Zambrano, como queda de manifiesto en «Cartas de la Piece», descubridor del cristianismo metafísico de Antonio Machado y estudioso de Ortega y Gasset, su curiosidad y capacidad intelectual no tenían límites. Entre su obra monumental destacan los ocho tomos que llamó «Sideraciones», el último aún inédito, una rica miscelánea de reflexiones de todo tipo ancladas en la experiencia personal. Andreu se situó al margen del laicismo y el posmodernismo, fue profesor de Teología en la Universidad de Valencia y de Ética y Antropología en la Politécnica, trabajó en el Instituto de Filosofía del CSIC y desplegó su vocación educadora en el Zambuch, una peculiar Universidad de verano, basada en la amistad y la cultura clásica, un espacio libre, spinoziano, alejado de los academicismos, una escuela de formación humana. Él fue también el que tuvo la idea de la necesidad de crear una Universidad en el sur de Madrid, e hizo las primeras gestiones, aunque nunca tuvo el reconocimiento debido. Los que hemos tratado de cerca a Agustín Andréu nos quedamos con su abrumadora sabiduría y su cercanía humana. Era un hombre auténticamente cristiano, con un gran sentimiento de lo sagrado, pero alejado de capillas, clericalismos y convencionalismos. Confesó que Böhme le enseñó a «prescindir de las teologías convencionales y a dirigirse a la observación de la vida y su proceso trinitario». Andréu fue ante todo un hombre bueno, libre y humilde, además de un intelectual con voz propia, quizás el último intelectual verdadero. Pero no era de este mundo. Le ayudó de cerca en esa silenciosa tarea su compañera Isabel Sancho, admirable mujer, su complementaria, ahora desolada, persona de vasta cultura y categoría humana. La muerte callada de Agustín Andréu contrasta con el estruendo que producen otras muertes envueltas en la aparatosa fatuidad de la fama que acompaña a personajes vacíos. Estamos esta vez ante un español que deja huella.
