En algún momento, Los Javis planearon rodar «la mayor película gay de la historia»; luego se metieron en faena y, para vender el filme, ya rebajaron ese titular y se añadieron otros atractivos, digamos que reivindicativos y culturales, no vaya a ser, supongo, que el público que no es del «colectivo» o «gay friendly» no fuera a verla, que no creo a estas alturas. En Cannes afirmaron que se puede hacer «una película de guerra queer» y ahora en España dicen que «nadie va a sentir viendo “La bola negra” que es una película gay». No eran necesarias tantas explicaciones contradictorias, sobre todo cuando el mensaje que lanzan es machaconamente perverso a favor de que, efectivamente, si algo es «La bola negra», es un artilugio queer: «A Lorca lo mataron por maricón», repiten. Esta versión no es nueva, aunque diríase que los directores hubieran descubierto el gran secreto de la guerra civil española. Hiere oír según qué cosas. A Lorca lo mataron. Punto.. Si «La bola negra» se sostiene y se entiende, es porque, como querían en un principio sus autores, es una de las mayores películas gays de la historia. Lo han conseguido. En esa categoría lo tiene todo: el exceso continuo, el travestismo constante de las personalidades que cohabitan en el filme, la iconografía que forma parte del canon, de los marineros de Gaultier, y antes los del «Querelle» de Jean Genet, al asaeteado San Sebastián, la hipermasculinidad dulce, la mujer hecha de la carne mentirosa de «Betty Boop», la historia que termina el corto «Extraña forma de vida» de Almodóvar, y las frases contundentes que solo podrían acabar con un taconeo: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos». Le sobra a la película, precisamente Lorca, que es como los que esperaban que fuera carnaval para vestirse de mujer sin levantar sospechas. No hacía falta. Tenían la mayor película gay. Por ello pasará a la historia. Lorca, al cabo, acaba siendo una rémora en este arriesgado «blockbuster» que hará llorar a las mariliendres.
El exceso continuo, el travestismo constante de las personalidades que cohabitan en el filme, la iconografía que forma parte del canon, de los marineros de Gaultier
En algún momento, Los Javis planearon rodar «la mayor película gay de la historia»; luego se metieron en faena y, para vender el filme, ya rebajaron ese titular y se añadieron otros atractivos, digamos que reivindicativos y culturales, no vaya a ser, supongo, que el público que no es del «colectivo» o «gay friendly» no fuera a verla, que no creo a estas alturas. En Cannes afirmaron que se puede hacer «una película de guerra queer» y ahora en España dicen que «nadie va a sentir viendo “La bola negra” que es una película gay». No eran necesarias tantas explicaciones contradictorias, sobre todo cuando el mensaje que lanzan es machaconamente perverso a favor de que, efectivamente, si algo es «La bola negra», es un artilugio queer: «A Lorca lo mataron por maricón», repiten. Esta versión no es nueva, aunque diríase que los directores hubieran descubierto el gran secreto de la guerra civil española. Hiere oír según qué cosas. A Lorca lo mataron. Punto.. Si «La bola negra» se sostiene y se entiende, es porque, como querían en un principio sus autores, es una de las mayores películas gays de la historia. Lo han conseguido. En esa categoría lo tiene todo: el exceso continuo, el travestismo constante de las personalidades que cohabitan en el filme, la iconografía que forma parte del canon, de los marineros de Gaultier, y antes los del «Querelle» de Jean Genet, al asaeteado San Sebastián, la hipermasculinidad dulce, la mujer hecha de la carne mentirosa de «Betty Boop», la historia que termina el corto «Extraña forma de vida» de Almodóvar, y las frases contundentes que solo podrían acabar con un taconeo: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos». Le sobra a la película, precisamente Lorca, que es como los que esperaban que fuera carnaval para vestirse de mujer sin levantar sospechas. No hacía falta. Tenían la mayor película gay. Por ello pasará a la historia. Lorca, al cabo, acaba siendo una rémora en este arriesgado «blockbuster» que hará llorar a las mariliendres.
