Pedro Sánchez y los secuaces en los que se apoya han dejado a España hecha un erial. El trágico accidente ferroviario de Urda es otra consecuencia más de ese falso «progresismo» del que tanto alardean el presidente del Gobierno y sus adláteres, y que no consiste en otra cosa más que en dilapidar el dinero saqueado a través de los impuestos a los ciudadanos mientras se les engaña y los servicios públicos se caen a pedazos. El ferrocarril, antaño orgullo de nuestro país, está literalmente destrozado, y buena parte de la culpa la tienen los dos últimos titulares de un Ministerio que es conocido ya como el epicentro de la corrupción y de las mordidas en la era funesta del socialcomunismo, pese a los excelentes funcionarios y profesionales sin carné del partido con los que aún cuenta. Si José Luis Ábalos y su amigo Koldo dejaron su impronta negra en él, ejemplificando con su actuación casposa y repulsiva lo que es hoy la izquierda que nos gobierna, Óscar Puente no les ha ido a la zaga en Transportes. Su tardanza en dimitir después de las catástrofes de Adamuz y de Toledo, cuando han quedado acreditados los fallos en las vías y en los sistemas de seguridad, que eran de su competencia, habla mucho de la catadura moral de un personaje que tanta valentía demuestra desde las redes sociales como cobardía y ruindad acredita a la hora de asumir sus responsabilidades y empatizar con las víctimas. Que dicho sujeto que no sabe quiénes son Kelsen o Radbruch sea licenciado en Derecho es indicativo del triste nivel educativo que ha alcanzado España, y que haya sido ministro describe el nivel político de un Gobierno repleto de incompetentes adictos al marketing y alérgicos al trabajo. Lo sucedido con el AVE no es un hecho aislado, una coincidencia fatal e inevitable, ni un producto de la mala suerte. En la España sanchista ha habido apagones, los bosques arden sin freno entre falsas promesas de medios antiincendios que nunca llegan, los pueblos se inundan y las carreteras se resquebrajan víctimas de la falta de inversión. Conviene estar atentos a las alertas de los controladores sobre el riesgo del tráfico aéreo por las condiciones en las que trabajan, como ya avisaron también los maquinistas y los sindicatos ferroviarios serios sobre lo que podría ocurrir con los trenes. Esperemos que sea una falsa alarma. Tampoco parece que las infraestructuras hídricas vivan su mejor momento. Si lo que se dice de las presas es cierto, hay que echarse a temblar ante lo que pueda ocurrir. Pese a la propaganda oficial con la que nos obsequia el sanchismo, la educación y la sanidad también van mal. Peor que nunca. España suspende en el informe Pisa y lo hace en la mayoría de los indicadores que la inefable Mónica García ha pretendido modificar para que su incompetencia no quedara retratada. Pese a la gravedad de lo sucedido, que nadie se caiga de un guindo ni diga que no estaba avisado. La pandemia fue un compendio de lo que después vendría. Durante la primera y la segunda ola encontramos resumido lo que sería luego España bajo el mandato de la izquierda. En ese periodo, sobre todo en 2020, hubo mentiras a los ciudadanos, comisiones ilegales, enchufismo de amiguetes y paniaguados de partido, errores constantes y letales, y propaganda, mucha propaganda. Y todo, bajo la gestión de tipos auténticamente nefastos.
Su tardanza en dimitir después de las catástrofes de Adamuz y de Toledo habla mucho de su catadura moral
Pedro Sánchez y los secuaces en los que se apoya han dejado a España hecha un erial. El trágico accidente ferroviario de Urda es otra consecuencia más de ese falso «progresismo» del que tanto alardean el presidente del Gobierno y sus adláteres, y que no consiste en otra cosa más que en dilapidar el dinero saqueado a través de los impuestos a los ciudadanos mientras se les engaña y los servicios públicos se caen a pedazos. El ferrocarril, antaño orgullo de nuestro país, está literalmente destrozado, y buena parte de la culpa la tienen los dos últimos titulares de un Ministerio que es conocido ya como el epicentro de la corrupción y de las mordidas en la era funesta del socialcomunismo, pese a los excelentes funcionarios y profesionales sin carné del partido con los que aún cuenta. Si José Luis Ábalos y su amigo Koldo dejaron su impronta negra en él, ejemplificando con su actuación casposa y repulsiva lo que es hoy la izquierda que nos gobierna, Óscar Puente no les ha ido a la zaga en Transportes. Su tardanza en dimitir después de las catástrofes de Adamuz y de Toledo, cuando han quedado acreditados los fallos en las vías y en los sistemas de seguridad, que eran de su competencia, habla mucho de la catadura moral de un personaje que tanta valentía demuestra desde las redes sociales como cobardía y ruindad acredita a la hora de asumir sus responsabilidades y empatizar con las víctimas. Que dicho sujeto que no sabe quiénes son Kelsen o Radbruch sea licenciado en Derecho es indicativo del triste nivel educativo que ha alcanzado España, y que haya sido ministro describe el nivel político de un Gobierno repleto de incompetentes adictos al marketing y alérgicos al trabajo. Lo sucedido con el AVE no es un hecho aislado, una coincidencia fatal e inevitable, ni un producto de la mala suerte. En la España sanchista ha habido apagones, los bosques arden sin freno entre falsas promesas de medios antiincendios que nunca llegan, los pueblos se inundan y las carreteras se resquebrajan víctimas de la falta de inversión. Conviene estar atentos a las alertas de los controladores sobre el riesgo del tráfico aéreo por las condiciones en las que trabajan, como ya avisaron también los maquinistas y los sindicatos ferroviarios serios sobre lo que podría ocurrir con los trenes. Esperemos que sea una falsa alarma. Tampoco parece que las infraestructuras hídricas vivan su mejor momento. Si lo que se dice de las presas es cierto, hay que echarse a temblar ante lo que pueda ocurrir. Pese a la propaganda oficial con la que nos obsequia el sanchismo, la educación y la sanidad también van mal. Peor que nunca. España suspende en el informe Pisa y lo hace en la mayoría de los indicadores que la inefable Mónica García ha pretendido modificar para que su incompetencia no quedara retratada. Pese a la gravedad de lo sucedido, que nadie se caiga de un guindo ni diga que no estaba avisado. La pandemia fue un compendio de lo que después vendría. Durante la primera y la segunda ola encontramos resumido lo que sería luego España bajo el mandato de la izquierda. En ese periodo, sobre todo en 2020, hubo mentiras a los ciudadanos, comisiones ilegales, enchufismo de amiguetes y paniaguados de partido, errores constantes y letales, y propaganda, mucha propaganda. Y todo, bajo la gestión de tipos auténticamente nefastos.
