Christian Salmon, francés, investigador y escritor, asistente en su día de Milan Kundera (1929-2023), desmitificó y descalificó el «relato» político. En 2007 publicó «Storytelling: la máquina de fabricar historias y formatear las mentes». Los estrategas electorales estadounidenses fueron los primeros en utilizar el «storytelling», el método o técnica para fabricar o difundir un relato. Enseguida se aplicó en Europa. Los equipos de Sarkozy y de Zapatero fueron de los primeros en subirse a ese carro. Salmon explicó que convierte la política en teatro, emocionalidad y gestión de percepciones, desplazando el debate de ideas. Además, criticó «el uso instrumental, masivo y emocional del relato para sustituir la deliberación y modelar la realidad percibida». Ahora es una referencia para entender el «relato político» por la descripción del paso de una política basada en programas e ideologías a otra apoyada en historias, emociones y enemigos.. Los asesores de Pedro Sánchez y él mismo, incluso antes de llegar a La Moncloa, abrazaron con entusiasmo las posibilidades que ofrecía el «relato» y las exprimieron hasta sus límites. Durante años, la política sanchista fue, sobre todo, «relato», poco más, y arrojó buenos resultados para sus intereses. Ahora, con las elecciones a la vista, habían empezado a crear un nuevo relato, «el partido del amor», escenificado en la imagen icónica del beso de Sánchez y Begoña. Todo se truncó, sin embargo, en Urda (Toledo), el miércoles pasado, poco después de que el ministro Óscar Puente lanzara su enésimo «tuit» en el que jaleaba a los suyos y descalificaba a los adversarios. Luego llegó la tragedia y el escudero sanchista –que soñó con la sucesión– no tardó en señalar a un simple trabajador para eludir la responsabilidad. Puente, además, quiso erigirse en víctima de la situación y no dudó en decir, con muchos fallecidos en proceso de identificación, que iba a ser un «calvario» para él. Hoy acude a la Diputación Permanente del Congreso para dar explicaciones, aunque casi nadie espera poco más que lágrimas de cocodrilo. Sánchez y Puente, en vísperas electorales, están presos de sus propios y engañosos «relatos». Su política ha consistido en decir lo que iban a hacer, decirlo bien para convencer a sus fieles y a los ingenuos, sin que, en la inmensa mayoría de los casos, hicieran nada. Anunciaron que actualizarían los sistemas de seguridad del AVE Madrid-Sevilla, pero todo quedó en una declaración. Como tantas otras veces, pero también formateó muchas mentes, según la crítica al relato de Salmon.
Su política ha consistido en decir lo que iban a hacer, decirlo bien para convencer a sus fieles y a los ingenuos, sin que, en la inmensa mayoría de los casos, hicieran nada
Christian Salmon, francés, investigador y escritor, asistente en su día de Milan Kundera (1929-2023), desmitificó y descalificó el «relato» político. En 2007 publicó «Storytelling: la máquina de fabricar historias y formatear las mentes». Los estrategas electorales estadounidenses fueron los primeros en utilizar el «storytelling», el método o técnica para fabricar o difundir un relato. Enseguida se aplicó en Europa. Los equipos de Sarkozy y de Zapatero fueron de los primeros en subirse a ese carro. Salmon explicó que convierte la política en teatro, emocionalidad y gestión de percepciones, desplazando el debate de ideas. Además, criticó «el uso instrumental, masivo y emocional del relato para sustituir la deliberación y modelar la realidad percibida». Ahora es una referencia para entender el «relato político» por la descripción del paso de una política basada en programas e ideologías a otra apoyada en historias, emociones y enemigos.. Los asesores de Pedro Sánchez y él mismo, incluso antes de llegar a La Moncloa, abrazaron con entusiasmo las posibilidades que ofrecía el «relato» y las exprimieron hasta sus límites. Durante años, la política sanchista fue, sobre todo, «relato», poco más, y arrojó buenos resultados para sus intereses. Ahora, con las elecciones a la vista, habían empezado a crear un nuevo relato, «el partido del amor», escenificado en la imagen icónica del beso de Sánchez y Begoña. Todo se truncó, sin embargo, en Urda (Toledo), el miércoles pasado, poco después de que el ministro Óscar Puente lanzara su enésimo «tuit» en el que jaleaba a los suyos y descalificaba a los adversarios. Luego llegó la tragedia y el escudero sanchista –que soñó con la sucesión– no tardó en señalar a un simple trabajador para eludir la responsabilidad. Puente, además, quiso erigirse en víctima de la situación y no dudó en decir, con muchos fallecidos en proceso de identificación, que iba a ser un «calvario» para él. Hoy acude a la Diputación Permanente del Congreso para dar explicaciones, aunque casi nadie espera poco más que lágrimas de cocodrilo. Sánchez y Puente, en vísperas electorales, están presos de sus propios y engañosos «relatos». Su política ha consistido en decir lo que iban a hacer, decirlo bien para convencer a sus fieles y a los ingenuos, sin que, en la inmensa mayoría de los casos, hicieran nada. Anunciaron que actualizarían los sistemas de seguridad del AVE Madrid-Sevilla, pero todo quedó en una declaración. Como tantas otras veces, pero también formateó muchas mentes, según la crítica al relato de Salmon.
