Titularon los medios por doquier en el mismo sentido: «Alemania recorta el Estado de bienestar para pagar el rearme». Nadie pareció reparar en que esa forma de analizar el Estado lo identifica con la sociedad civil. Ante un gasto extraordinario en una situación novedosa, imprevista e imprevisible, usted, señora, recorta algún otro gasto. Es lógico, ¿no? Pero el Estado no es una persona, ni una empresa, ni una comunidad de vecinos, ni un club. El Estado es la única institución que puede arrebatarle por la fuerza el dinero a la gente y no ir a la cárcel. Recurramos ahora a la notable hipótesis de Anthony de Jasay en «El Estado» (Alianza Editorial), e imaginemos que usted, señora, fuera el Estado. ¿Sería lógico que usted recortara sus gastos? ¿Por qué iba a hacerlo? Veamos las dos partidas de las que estamos hablando en el caso de Alemania. Por un lado, en un mundo relativamente pacífico, y sumamente pacífico si lo comparamos con el mundo de nuestros abuelos o bisabuelos, se trata de aumentar el gasto en armamento –y encima en un país que no es cualquier país en lo que la historia de las guerras se refiere–. Y, por otro lado, para pagar el rearme, se opta por recortar el Estado de bienestar, es decir, la partida que más contribuye a legitimar la coacción fiscal en la política moderna. Todos aplauden la dinámica redistributiva de los Estados, desde el Partido Comunista hasta el Papa. ¿Por qué recortar precisamente allí y precisamente para sufragar el gasto en una partida que por regla general es cuestionada por la población, o al menos contemplada con más recelo que si nos referimos, por ejemplo, al gasto en sanidad o pensiones? La explicación estriba en que, aunque el Estado no tiene a la hora de gastar las mismas restricciones que usted, señora, no por ello puede gastar indefinidamente. Como supuestamente le dijo Talleyrand a Napoleón: «Con las bayonetas se puede hacer de todo, menos sentarse sobre ellas». Es decir, el poder no puede ser solo coerción. Cualquier poder necesita legitimarse, aunque se trate de un poder que puede quitarle a usted su dinero sin que la policía lo detenga. Al Estado, por tanto, se le plantea un dilema de ingresos y gastos. Yo que usted no me perdería este rincón el próximo domingo.
Cualquier poder necesita legitimarse, aunque se trate de un poder que puede quitarle a usted su dinero sin que la policía lo detenga
Titularon los medios por doquier en el mismo sentido: «Alemania recorta el Estado de bienestar para pagar el rearme».Nadie pareció reparar en que esa forma de analizar el Estado lo identifica con la sociedad civil. Ante un gasto extraordinario en una situación novedosa, imprevista e imprevisible, usted, señora, recorta algún otro gasto. Es lógico, ¿no?Pero el Estado no es una persona, ni una empresa, ni una comunidad de vecinos, ni un club. El Estado es la única institución que puede arrebatarle por la fuerza el dinero a la gente y no ir a la cárcel. Recurramos ahora a la notable hipótesis de Anthony de Jasay en «El Estado» (Alianza Editorial), e imaginemos que usted, señora, fuera el Estado. ¿Sería lógico que usted recortara sus gastos? ¿Por qué iba a hacerlo?Veamos las dos partidas de las que estamos hablando en el caso de Alemania.Por un lado, en un mundo relativamente pacífico, y sumamente pacífico si lo comparamos con el mundo de nuestros abuelos o bisabuelos, se trata de aumentar el gasto en armamento –y encima en un país que no es cualquier país en lo que la historia de las guerras se refiere–.Y, por otro lado, para pagar el rearme, se opta por recortar el Estado de bienestar, es decir, la partida que más contribuye a legitimar la coacción fiscal en la política moderna. Todos aplauden la dinámica redistributiva de los Estados, desde el Partido Comunista hasta el Papa. ¿Por qué recortar precisamente allí y precisamente para sufragar el gasto en una partida que por regla general es cuestionada por la población, o al menos contemplada con más recelo que si nos referimos, por ejemplo, al gasto en sanidad o pensiones?La explicación estriba en que, aunque el Estado no tiene a la hora de gastar las mismas restricciones que usted, señora, no por ello puede gastar indefinidamente. Como supuestamente le dijo Talleyrand a Napoleón: «Con las bayonetas se puede hacer de todo, menos sentarse sobre ellas». Es decir, el poder no puede ser solo coerción. Cualquier poder necesita legitimarse, aunque se trate de un poder que puede quitarle a usted su dinero sin que la policía lo detenga.Al Estado, por tanto, se le plantea un dilema de ingresos y gastos.Yo que usted no me perdería este rincón el próximo domingo.
