Karishma cuenta en primera persona cómo ha impactado en su vida el regreso de los fundamentalistas, tras tomar el poder hace cinco años
Me llamo Karishma y tengo 24 años. Hasta 2021, cuando los talibanes tomaron el poder en mi país, Afganistán, estudiaba Informática en una universidad de una ciudad afgana [el nombre no se menciona por motivos de seguridad]. En realidad, ese no es mi nombre real; solo el apelativo por el que me conocen las otras activistas; el que uso para mi lucha para reclamar los derechos que nos han arrebatado a las afganas. Sé que ese activismo conlleva un enorme riesgo, pero sigo con él porque creo que el silencio no nos devolverá los derechos de los que nos vemos privadas.. Esta es mi historia:. El día que recibí la carta en la que se me aceptaba por primera vez en la facultad de Informática en una universidad pública fue uno de los momentos más felices de mi vida. Mi familia estaba orgullosa de mí y yo creí que un nuevo capítulo empezaba para todos nosotros. Me veía graduándome, trabajando y ayudando a mis padres y mis cinco hermanos después de tantos años de precariedad.. Para mí, esa educación ahora fuera de nuestro alcance [los talibanes han prohibido a las afganas estudiar a partir de los 12 años] nunca fue solo una forma de obtener un diploma o construir una carrera. A mis ojos, equivalía a la libertad, la independencia, la dignidad y la posibilidad de un futuro mejor para mí y mi familia.. Ese sueño estuvo muy cerca al menos tres veces. En todas ellas, me vi obligada a abandonarlo por circunstancias ajenas a mi voluntad, que son las de muchas mujeres de Afganistán.. Primero, la pobreza; después, la inseguridad y los atentados terroristas contra escuelas de niñas. Por último, la toma del poder por parte de los talibanes, que cerraron ante nosotras las puertas de institutos e universidades —mis cuatro hermanas han sido también privadas de educación— y, en mi caso, incluso me impidieron salir del país y proseguir mis estudios en Irán, donde había conseguido un visado de estudiante.. Poco después de entrar en la universidad, mi madre cayó enferma y precisó tratamiento médico. Mi padre no tiene estudios y trabajaba transportando pesados fardos hasta que él también enfermó. Soy la mayor de seis hermanos y me convertí en la única persona que podía ganar nuestro pan. Dejé los estudios y empecé a trabajar a tiempo completo. Fue duro, pero entonces al menos tenía la esperanza de que un día retomaría mi educación, como así hice.. Estudiantes en una graduación de una escuela religiosa para mujeres en Kabul, en enero de 2025.SAMIULLAH POPAL (EFE). Eran los últimos años de la República de Afganistán [el sistema político apoyado por Occidente que gobernaba el país antes de 2021]. La seguridad empeoró mucho y las estudiantes salían de sus casas sin saber si volverían vivas. Los ataques [terroristas] contra escuelas para chicas, donde murieron muchas estudiantes, sembraron el miedo. Mi padre temía que me mataran por estudiar y me pidió que dejara de nuevo la universidad. Aunque quería desesperadamente continuar, acepté.. Cuando la situación de seguridad y la salud de mi madre mejoraron, me inscribí en Informática en otra universidad. También seguía trabajando como recepcionista en un hospital, en el turno de noche. Cuando salía de mi trabajo por la mañana, me dirigía directamente y sin dormir a mi facultad. Por la tarde, daba clases particulares para contribuir a la economía familiar. Estaba exhausta, pero seguía porque pensaba que la educación era mi camino hacia un futuro mejor. En 2021, solo me quedaba un año para graduarme.. Después, todo cambió.. Refugiadas afganas en Pakistán regresan a su país en un autobús, en noviembre de 2023.SAMIULLAH POPAL (EFE). Cuando los talibanes volvieron al poder, cerraron las puertas de las universidades para las afganas. De la noche a la mañana, el futuro que llevaba años construyendo desapareció. Los años de estudio y sacrificio me fueron arrebatados en un momento. Hoy vivo pagando las consecuencias de esas oportunidades arrebatadas. A veces incluso siento que una parte de mí ha desaparecido.. Sin embargo, hay algo en mi interior que todavía está vivo: mi voz.. Esa voz no es solo mía; es la de cada niña afgana expulsada de las aulas y apartada de sus sueños, obligada a cerrar sus libros y mirar hacia un futuro vacío.. Por esa razón, me convertí en activista. Lo hice porque me di cuenta de que esa lucha no era solo por mi propia y perdida oportunidad. Se trataba de los derechos de miles de mujeres a quienes se les ha arrebatado su futuro. Juntas, con otras afganas, empecé a participar en actividades civiles pacíficas para reclamar nuestro derecho a la educación. Salimos a las calles y levantamos nuestras voces con la esperanza de que la comunidad internacional oyera los gritos de las mujeres afganas, cuyos derechos más básicos están siendo negados.. A medida que me implicaba en esas protestas, mi seguridad personal se vio crecientemente amenazada. Yo ya no era solo una universitaria cuya educación había sido interrumpida, sino una mujer que reclamaba que se le devolvieran sus derechos, algo que, en Afganistán, es muy arriesgado.. El peligro que se cernía sobre mí y la esperanza de retomar mis estudios me obligaron a tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida: dejar Afganistán, mi patria, y marcharme a Irán. Allí obtuve un visado de estudios y comencé de nuevo la universidad, pero esa posibilidad se desvaneció pronto. Mi madre volvió a caer enferma y tuve que regresar a Afganistán. Cuando intenté volver a Irán, [los talibanes] me lo impidieron tres veces.. Primero, me dijeron que no podía viajar sin un tutor masculino (mahram) [las afganas no pueden viajar solas sin un pariente varón cercano]. Luego, cuando revisaron mi pasaporte y descubrieron que tenía un permiso de residencia de estudiante, me dejaron claro que las afganas no podemos viajar al extranjero para estudiar; que no tenemos permitido estudiar y que debía quedarme en Afganistán.. En esa frontera, sabiendo que mi universidad y mi futuro estaban a corta distancia, pero completamente fuera de mi alcance, viví uno de los momentos más duros de vida. Me perdí los exámenes finales; mi visado de estudiante expiró y perdí de nuevo la oportunidad de proseguir mis estudios.. Las afganas no podemos estudiar porque nos han cerrado las puertas de las universidades; tampoco nos permiten salir del país para estudiar en el extranjero. No podemos trabajar porque las oportunidades laborales están gravemente restringidas [por las leyes de los talibanes]. No puedo estudiar, no puedo trabajar y no puedo construir el futuro con el que pasé años soñando. En mi caso, lo más penoso es que mi familia está atravesando serias dificultades económicas y yo tengo que quedarme mirando sin poder hacer nada para ayudarlos.. Cuando escribo este testimonio, temo no poder expresar con palabras todo el pesar que siento, pero, sin duda, lo más doloroso de la situación que vivimos es que nuestras voces, las de las mujeres afganas, no están recibiendo la atención que esperábamos de la comunidad internacional, cuando tantas de nosotras seguimos luchando por nuestros derechos básicos; cuando las afganas seguimos excluidas de la educación, el trabajo y la vida pública.. Las historias de las mujeres y niñas afganas importan. La mía no es solo un relato de pérdida; también lo es de resiliencia, valor y esperanza. Mi sueño ha quedado aplazado, pero no ha desaparecido.. Ese sueño es también que cada niña afgana puede entrar en una clase sin miedo, sin prohibiciones y sin imaginar ni temer siquiera que un día pueda ser obligada de nuevo a abandonar su futuro. La educación no es solo un sueño personal; es también el pilar, los cimientos, de la dignidad, la igualdad de oportunidades y de un futuro mejor para cada sociedad. También en Afganistán.
Me llamo Karishma y tengo 24 años. Hasta 2021, cuando los talibanes tomaron el poder en mi país, Afganistán, estudiaba Informática en una universidad de una ciudad afgana [el nombre no se menciona por motivos de seguridad]. En realidad, ese no es mi nombre real; solo el apelativo por el que me conocen las otras activistas; el que uso para mi lucha para reclamar los derechos que nos han arrebatado a las afganas. Sé que ese activismo conlleva un enorme riesgo, pero sigo con él porque creo que el silencio no nos devolverá los derechos de los que nos vemos privadas.. Seguir leyendo
