‘Mi vida con los chicos Walter’ consigue plasmar una evolución de sus personajes principales, pero sigue teniendo muchos frentes abiertos
No hay dos sin tres y ‘Mi vida con los chicos Walter’ acaba de regresar a Netflix con su tercera temporada. La serie retoma la historia exactamente donde terminó, con la familia Walter en vilo en el hospital debido al ictus que sufre el patriarca, George Walter, en el último episodio de la segunda temporada. Pero lo que en 2023 aupó a este drama adolescente al número 1 en el Top 10 global del gigante del streaming, posicionándose en el primer lugar en 50 países, fue el triángulo amoroso entre Jackie, Alex y Cole.. Los nuevos episodios se centran en abordar la situación que se produce después de que la neoyorquina confesara a Cole que le amaba, con Alex, hasta entonces su novio, escuchándolo todo. Esto tiene sus consecuencias y, sin desvelar en demasía, la ficción finalmente encuentra su equilibrio con las decisiones que tomarán sus personajes.. En esta ocasión, la dinámica a tres deja de ser un abuso y el crecimiento personal, no exento de drama, comienza a abrirse paso, sin dejar de lado los besos y las escapadas románticas que exigen este tipo de producciones.. Por un lado, Jackie afrontará una lucha interior para descubrir que la chica responsable y sensata que vivía en Nueva York se ha transformado en Silver Falls, libre de las expectativas de los demás, mientras intenta instaurar un espacio común para los jóvenes de su edad. Del mismo modo, se percibe un Cole más seguro de sí mismo, mientras que sobre Alex recae un halo de melancolía que le hará replantearse qué es lo que realmente quiere.. Aún así, la creadora Melanie Halsall no se olvida de echarle pimienta y cocina un nuevo perfil romántico para la protagonista: Eliot (Naveen Paddock), un elegante amigo de la infancia de Jackie que pronto entrará en Harvard y que aparece en la zona rural de Colorado para hacer prácticas con el tío Richard (Alex Quijano). Eso sí, su interpretación no pasará a los libros de historia.. A pesar de este salto cualitativo en la narración, la producción tropieza con una factura técnica desprolija. En casi todos los episodios son evidentes los descuidos en la continuidad y el ‘raccord’: en un mismo diálogo, las miradas entre los personajes no terminan de coincidir al cambiar de plano, rompiendo la coherencia espacial y el eje de visión. Un descuido delator en la sala de edición que podría denotar cierta prisa por finiquitar la producción.. Esa prisa se traslada también al ritmo. La ficción peca de una sobreacumulación de escenas tan frenética que no deja respirar al espectador. En lugar de posar el drama, la realización salta de un espacio a otro sin tregua, empeñada en abarcar a un reparto desmedido donde la mayoría son meros figurantes. Si el matrimonio que componen Katherine y George tiene ocho hijos, la única chica es una presencia testimonial con dos líneas de guion como máximo, exactamente igual que Jordan y Benny, los más pequeños. Si pronuncian su nombre en un episodio, ya es un milagro.. De Will, el hijo mayor, casi no hay rastro y su trama avanza a paso de tortuga, al igual que la de Nathan, un chico abiertamente gay que sufre ataques de epilepsia y cuyas apariciones podrían aportar otro tipo de peso argumental, pero duran menos que las pausas de hidratación en el fútbol. Junto a ellos conviven los primos Isaac y Lee García, que esta vez tienen su minuto de gloria cuando su madre aparece por el rancho para demostrar que no es una mala progenitora. Al final, ella misma actúa como metáfora del espectador: al igual que ella, no conocemos nada sobre estos muchachos.. Sumado a esto, en el tramo final la producción decide abrir aún más el abanico e intentar desarrollar historias tardías como las de Erin y Danny, Kylie o el tío Richard, recargando un plato que ya estaba de por sí saturado. En realidad, la idea de su creadora era la de crear un pueblo entero donde se pudieran contar historias intergeneracionales, pero las peripecias de los adultos no quedan ni relegadas a un segundo plano. El único personaje que adquiere mayor relevancia, actuando como el pegamento de cada uno de ellos, es el de la matriarca, aunque su presencia sabe a poco para sostener el peso de tantas tramas desarticuladas.. La tercera temporada de ‘Mi vida con los chicos Walter’ consigue que su triángulo central madure, pero descuida el tratamiento hacia el resto de personajes, con descuidos de montaje que le impiden volar más alto dentro del género y que un público nuevo se quede atrapado como Jackie lo está con sus líos con los chicos Walter.. Presentada como una mezcla entre ‘Dawson crece’ y ‘Friday Night Lights’, esta ficción sigue a la joven Jackie, quien pierde a sus padres y su hermana Lucy en un trágico accidente de coche. Tras ello, se ve obligada a mudarse de Nueva York a la zona rural de Colorado para vivir con su tutora: la mejor amiga de su madre, que cría a diez niños con su marido. Mientras se adapta a su nueva y caótica casa de campo, Jackie pretende seguir adelante con su sueño de entrar en Princeton, pero antes debe comprender sus sentimientos por dos hermanos Walter muy diferentes: el confiable y estudioso Alex y el misterioso y problemático Cole.
No hay dos sin tres y ‘Mi vida con los chicos Walter’ acaba de regresar a Netflix con su tercera temporada. La serie retoma la historia exactamente donde terminó, con la familia Walter en vilo en el hospital debido al ictus que sufre el patriarca, George Walter, en el último episodio de la segunda temporada. Pero lo que en 2023 aupó a este drama adolescente al número 1 en el Top 10 global del gigante del streaming, posicionándose en el primer lugar en 50 países, fue el triángulo amoroso entre Jackie, Alex y Cole.. Los nuevos episodios se centran en abordar la situación que se produce después de que la neoyorquina confesara a Cole que le amaba, con Alex, hasta entonces su novio, escuchándolo todo. Esto tiene sus consecuencias y, sin desvelar en demasía, la ficción finalmente encuentra su equilibrio con las decisiones que tomarán sus personajes.. En esta ocasión, la dinámica a tres deja de ser un abuso y el crecimiento personal, no exento de drama, comienza a abrirse paso, sin dejar de lado los besos y las escapadas románticas que exigen este tipo de producciones.. Por un lado, Jackie afrontará una lucha interior para descubrir que la chica responsable y sensata que vivía en Nueva York se ha transformado en Silver Falls, libre de las expectativas de los demás, mientras intenta instaurar un espacio común para los jóvenes de su edad. Del mismo modo, se percibe un Cole más seguro de sí mismo, mientras que sobre Alex recae un halo de melancolía que le hará replantearse qué es lo que realmente quiere.. Aún así, la creadora Melanie Halsall no se olvida de echarle pimienta y cocina un nuevo perfil romántico para la protagonista: Eliot (Naveen Paddock), un elegante amigo de la infancia de Jackie que pronto entrará en Harvard y que aparece en la zona rural de Colorado para hacer prácticas con el tío Richard (Alex Quijano). Eso sí, su interpretación no pasará a los libros de historia.. A pesar de este salto cualitativo en la narración, la producción tropieza con una factura técnica desprolija. En casi todos los episodios son evidentes los descuidos en la continuidad y el ‘raccord’: en un mismo diálogo, las miradas entre los personajes no terminan de coincidir al cambiar de plano, rompiendo la coherencia espacial y el eje de visión. Un descuido delator en la sala de edición que podría denotar cierta prisa por finiquitar la producción.. Esa prisa se traslada también al ritmo. La ficción peca de una sobreacumulación de escenas tan frenética que no deja respirar al espectador. En lugar de posar el drama, la realización salta de un espacio a otro sin tregua, empeñada en abarcar a un reparto desmedido donde la mayoría son meros figurantes. Si el matrimonio que componen Katherine y George tiene ocho hijos, la única chica es una presencia testimonial con dos líneas de guion como máximo, exactamente igual que Jordan y Benny, los más pequeños. Si pronuncian su nombre en un episodio, ya es un milagro.. De Will, el hijo mayor, casi no hay rastro y su trama avanza a paso de tortuga, al igual que la de Nathan, un chico abiertamente gay que sufre ataques de epilepsia y cuyas apariciones podrían aportar otro tipo de peso argumental, pero duran menos que las pausas de hidratación en el fútbol. Junto a ellos conviven los primos Isaac y Lee García, que esta vez tienen su minuto de gloria cuando su madre aparece por el rancho para demostrar que no es una mala progenitora. Al final, ella misma actúa como metáfora del espectador: al igual que ella, no conocemos nada sobre estos muchachos.. Sumado a esto, en el tramo final la producción decide abrir aún más el abanico e intentar desarrollar historias tardías como las de Erin y Danny, Kylie o el tío Richard, recargando un plato que ya estaba de por sí saturado. En realidad, la idea de su creadora era la de crear un pueblo entero donde se pudieran contar historias intergeneracionales, pero las peripecias de los adultos no quedan ni relegadas a un segundo plano. El único personaje que adquiere mayor relevancia, actuando como el pegamento de cada uno de ellos, es el de la matriarca, aunque su presencia sabe a poco para sostener el peso de tantas tramas desarticuladas.. La tercera temporada de ‘Mi vida con los chicos Walter’ consigue que su triángulo central madure, pero descuida el tratamiento hacia el resto de personajes, con descuidos de montaje que le impiden volar más alto dentro del género y que un público nuevo se quede atrapado como Jackie lo está con sus líos con los chicos Walter.. Sobre la serie. Presentada como una mezcla entre ‘Dawson crece’ y ‘Friday Night Lights’, esta ficción sigue a la joven Jackie, quien pierde a sus padres y su hermana Lucy en un trágico accidente de coche. Tras ello, se ve obligada a mudarse de Nueva York a la zona rural de Colorado para vivir con su tutora: la mejor amiga de su madre, que cría a diez niños con su marido. Mientras se adapta a su nueva y caótica casa de campo, Jackie pretende seguir adelante con su sueño de entrar en Princeton, pero antes debe comprender sus sentimientos por dos hermanos Walter muy diferentes: el confiable y estudioso Alex y el misterioso y problemático Cole.
