Cada 30 de septiembre, Día Internacional de la Traducción, se repite el mismo homenaje: se recuerda a quienes acercan culturas, se cita a San Jerónimo, se felicita al gremio por su discreción. Este año, sin embargo, la efeméride llega en un momento incómodo. Según el primer gran informe de FUNCAS sobre el impacto de la inteligencia artificial en el empleo español, entre 1,7 y 2,3 millones de puestos cambiarán de forma permanente en la próxima década, y la traducción figura entre las profesiones que ya lo están notando. La pregunta que nadie hace en las felicitaciones institucionales es qué queda del oficio cuando la máquina traduce primero.. La respuesta, desde dentro de una agencia de comunicación, es clara: queda casi todo, pero en otro sitio. Yo ya no «traduzco» en el sentido clásico de sentarme frente a un texto en blanco. Reviso, ajusto y valido lo que un modelo de IA genera en segundos. Puede ser la versión en inglés de una nota de prensa, la adaptación de un artículo de opinión para un medio extranjero o el tono de un contenido corporativo que debe sonar igual de creíble en dos idiomas. El trabajo se ha desplazado del teclado al criterio. Ese desplazamiento tiene ya un nombre técnico en el ámbito de la traducción: postedición, la tarea de revisar y validar los textos generados por sistemas automáticos. Lejos de desaparecer, el traductor incorpora nuevas funciones de control lingüístico, adaptación cultural y verificación contextual que la IA todavía no puede asumir de forma autónoma.. Este desplazamiento tiene también nombre en el sector tecnológico: «automatización ciega», el concepto que describe procesos sin supervisión humana suficiente, sin métricas de error ni mecanismos de apelación. Equipos de legaltech, salud y compliance ya están detectando el mismo problema. El retorno real de la IA cae en cuanto obliga a rehacer trabajo para corregir errores que un humano habría detectado antes de publicar. En comunicación corporativa el patrón es idéntico. La IA acelera la primera versión de un texto, pero alguien tiene que responder con su firma de que esa versión dice exactamente lo que la empresa quiere decir. Un matiz mal trasladado en un titular, una cifra de crecimiento que suena a advertencia, un término técnico traducido de forma literal que en el sector significa otra cosa: nada de esto aparece en los titulares sobre la IA, pero sí en la crisis de reputación que viene después.. Algo parecido está ocurriendo ya en el terreno de la creación. En sectores como la ilustración y la literatura han empezado a surgir sellos de «contenido hecho por humanos», distintivos que certifican que una pieza no ha tenido intervención de IA, pensados para proteger el valor del trabajo humano frente a la producción sintética masiva. La idea, todavía incipiente, plantea una pregunta que en comunicación corporativa ya no es teórica: si un cliente pide explícitamente que su artículo de opinión o su nota de prensa lleve supervisión humana real, ¿quién certifica que la ha tenido? Esa validación, hoy informal y sin nombre en la mayoría de agencias, es una función cada vez más relevante para traductores, revisores y editores profesionales, responsables de garantizar que el mensaje mantiene su significado e intención antes de publicarse.. Esto es una cuestión de responsabilidad, más allá de la nostalgia gremial. Cuando una empresa firma un comunicado, un artículo o una respuesta a un medio, asume el riesgo de lo que ahí se dice. La IA no asume ese riesgo, ni puede hacerlo. Lo asume la persona que revisa el texto antes de enviarlo. Sabe que una expresión traducida de forma literal puede sonar arrogante en un idioma y neutra en otro. Sabe también que una frase perfectamente correcta en inglés puede leerse como una amenaza legal en español si nadie ajusta el registro antes de publicarla. Ese trabajo de contención, silencioso y poco glamuroso, sostiene la reputación de una marca cuando cruza fronteras. Explica también por qué las agencias serias siguen pagando a alguien para hacerlo, en lugar de confiar el texto final directamente a la máquina.. Por eso creo que la reivindicación de este 30 de septiembre debería mirar hacia adelante, además de hacia atrás. El oficio de traducir está incorporando cada vez más tareas de revisión, validación y control de calidad. La IA escribe la primera versión, y el criterio humano actúa como último filtro antes de que un mensaje salga al mundo. Dentro de unos años, probablemente celebremos otra fecha: el día en que reconozcamos oficialmente a quienes revisan, contextualizan y corrigen lo que las máquinas escriben por nosotros. Mientras esa fecha llega, conviene no dar por sentado ese filtro. Cuesta menos mantenerlo que reconstruir la confianza de un cliente, un lector o un mercado después de que falle.. Mireia Llaudó Burgueño, traductora, content manager y ejecutiva de cuentas de The White Rabbit
El trabajo se ha desplazado del teclado al criterio
Cada 30 de septiembre, Día Internacional de la Traducción, se repite el mismo homenaje: se recuerda a quienes acercan culturas, se cita a San Jerónimo, se felicita al gremio por su discreción. Este año, sin embargo, la efeméride llega en un momento incómodo. Según el primer gran informe de FUNCAS sobre el impacto de la inteligencia artificial en el empleo español, entre 1,7 y 2,3 millones de puestos cambiarán de forma permanente en la próxima década, y la traducción figura entre las profesiones que ya lo están notando. La pregunta que nadie hace en las felicitaciones institucionales es qué queda del oficio cuando la máquina traduce primero.. La respuesta, desde dentro de una agencia de comunicación, es clara: queda casi todo, pero en otro sitio. Yo ya no «traduzco» en el sentido clásico de sentarme frente a un texto en blanco. Reviso, ajusto y valido lo que un modelo de IA genera en segundos. Puede ser la versión en inglés de una nota de prensa, la adaptación de un artículo de opinión para un medio extranjero o el tono de un contenido corporativo que debe sonar igual de creíble en dos idiomas. El trabajo se ha desplazado del teclado al criterio. Ese desplazamiento tiene ya un nombre técnico en el ámbito de la traducción: postedición, la tarea de revisar y validar los textos generados por sistemas automáticos. Lejos de desaparecer, el traductor incorpora nuevas funciones de control lingüístico, adaptación cultural y verificación contextual que la IA todavía no puede asumir de forma autónoma.. Este desplazamiento tiene también nombre en el sector tecnológico: «automatización ciega», el concepto que describe procesos sin supervisión humana suficiente, sin métricas de error ni mecanismos de apelación. Equipos de legaltech, salud y compliance ya están detectando el mismo problema. El retorno real de la IA cae en cuanto obliga a rehacer trabajo para corregir errores que un humano habría detectado antes de publicar. En comunicación corporativa el patrón es idéntico. La IA acelera la primera versión de un texto, pero alguien tiene que responder con su firma de que esa versión dice exactamente lo que la empresa quiere decir. Un matiz mal trasladado en un titular, una cifra de crecimiento que suena a advertencia, un término técnico traducido de forma literal que en el sector significa otra cosa: nada de esto aparece en los titulares sobre la IA, pero sí en la crisis de reputación que viene después.. Algo parecido está ocurriendo ya en el terreno de la creación. En sectores como la ilustración y la literatura han empezado a surgir sellos de «contenido hecho por humanos», distintivos que certifican que una pieza no ha tenido intervención de IA, pensados para proteger el valor del trabajo humano frente a la producción sintética masiva. La idea, todavía incipiente, plantea una pregunta que en comunicación corporativa ya no es teórica: si un cliente pide explícitamente que su artículo de opinión o su nota de prensa lleve supervisión humana real, ¿quién certifica que la ha tenido? Esa validación, hoy informal y sin nombre en la mayoría de agencias, es una función cada vez más relevante para traductores, revisores y editores profesionales, responsables de garantizar que el mensaje mantiene su significado e intención antes de publicarse.. Esto es una cuestión de responsabilidad, más allá de la nostalgia gremial. Cuando una empresa firma un comunicado, un artículo o una respuesta a un medio, asume el riesgo de lo que ahí se dice. La IA no asume ese riesgo, ni puede hacerlo. Lo asume la persona que revisa el texto antes de enviarlo. Sabe que una expresión traducida de forma literal puede sonar arrogante en un idioma y neutra en otro. Sabe también que una frase perfectamente correcta en inglés puede leerse como una amenaza legal en español si nadie ajusta el registro antes de publicarla. Ese trabajo de contención, silencioso y poco glamuroso, sostiene la reputación de una marca cuando cruza fronteras. Explica también por qué las agencias serias siguen pagando a alguien para hacerlo, en lugar de confiar el texto final directamente a la máquina.. Por eso creo que la reivindicación de este 30 de septiembre debería mirar hacia adelante, además de hacia atrás. El oficio de traducir está incorporando cada vez más tareas de revisión, validación y control de calidad. La IA escribe la primera versión, y el criterio humano actúa como último filtro antes de que un mensaje salga al mundo. Dentro de unos años, probablemente celebremos otra fecha: el día en que reconozcamos oficialmente a quienes revisan, contextualizan y corrigen lo que las máquinas escriben por nosotros. Mientras esa fecha llega, conviene no dar por sentado ese filtro. Cuesta menos mantenerlo que reconstruir la confianza de un cliente, un lector o un mercado después de que falle.. Mireia Llaudó Burgueño, traductora, content manager y ejecutiva de cuentas de The White Rabbit
