Cuando España ganó su anterior mundial, el de 2010, con un gol de Iniesta que hizo brincar a todo el país en un sintonizado salto de júbilo, se desencadenó uno de esos movimientos de autoestima nacional en torno a la bandera de todos, que por cierto se vendió como churros y que vino a aliviar el ánimo colectivo de unos muy difíciles momentos de crisis económica, con el fantasma del rescate en el horizonte. Justo a partir de ahí comenzaron a moverse algunas arenas en el entorno del separatismo, especialmente catalán, manifiestamente incómodo con todo lo que contribuye a la argamasa nacional y dando paso a unos movimientos en la hoja de ruta soberanista que transformaron el nacionalismo en separatismo, desembocando en el golpe del «procés» ya en 2017. A quienes les salen sarpullidos por el mero hecho de portar un DNI del estado español se les derrumban todos los esquemas cuando los éxitos deportivos hacen aflorar el sentimiento de unidad en una nación centenaria y estos días sencillamente ha vuelto a ocurrir. La bilis del separatismo, de una minoría que a duras penas sobrepasa el cinco por ciento de la ciudadanía y el electorado, ha amargado como nunca con el segundo triunfo de «La Roja» y al ridículo solo se le ha podido coadyuvar con algunos gestos de violencia poco tolerable y con llamadas al antiespañolismo, gestos intimidatorios en ambos casos que solo se pueden corresponder con una lamentable permisividad hacia el independentismo que ya dura demasiados años. La España real de estos días no se corresponde con encapuchados que agreden a quienes ven el partido de la selección en un espacio público, ni con quienes despliegan pancartas insultando a la selección en la plaza de toros de Pamplona (ahí el Gobierno hizo mutis por el foro, no vaya a ser que Otegui se enfade, a diferencia de sus sofocos cuando una minoría lanzaba cánticos supuestamente xenófobos en el estadio del RCD Español). La España real eran, por el contrario, miles de personas lanzadas a la calle con banderas nacionales en mano, no solo en Sevilla, Madrid, Valencia o Zamora, sino en Pamplona, San Sebastián, Tolosa, Vic, Gerona o Rentería, para mayor desesperación de unos paletos agarrados al soberanismo a los que convendría de entrada empezar a viajar. Tal vez no sea mal momento para poner freno a tanta impunidad.
La bilis del separatismo, de una minoría que a duras penas sobrepasa el cinco por ciento de la ciudadanía y el electorado, ha amargado como nunca con el segundo triunfo de «La Roja» y al ridículo solo se le ha podido coadyuvar con algunos gestos de violencia poco tolerable y con llamadas al antiespañolismo
Cuando España ganó su anterior mundial, el de 2010, con un gol de Iniesta que hizo brincar a todo el país en un sintonizado salto de júbilo, se desencadenó uno de esos movimientos de autoestima nacional en torno a la bandera de todos, que por cierto se vendió como churros y que vino a aliviar el ánimo colectivo de unos muy difíciles momentos de crisis económica, con el fantasma del rescate en el horizonte. Justo a partir de ahí comenzaron a moverse algunas arenas en el entorno del separatismo, especialmente catalán, manifiestamente incómodo con todo lo que contribuye a la argamasa nacional y dando paso a unos movimientos en la hoja de ruta soberanista que transformaron el nacionalismo en separatismo, desembocando en el golpe del «procés» ya en 2017. A quienes les salen sarpullidos por el mero hecho de portar un DNI del estado español se les derrumban todos los esquemas cuando los éxitos deportivos hacen aflorar el sentimiento de unidad en una nación centenaria y estos días sencillamente ha vuelto a ocurrir.La bilis del separatismo, de una minoría que a duras penas sobrepasa el cinco por ciento de la ciudadanía y el electorado, ha amargado como nunca con el segundo triunfo de «La Roja» y al ridículo solo se le ha podido coadyuvar con algunos gestos de violencia poco tolerable y con llamadas al antiespañolismo, gestos intimidatorios en ambos casos que solo se pueden corresponder con una lamentable permisividad hacia el independentismo que ya dura demasiados años. La España real de estos días no se corresponde con encapuchados que agreden a quienes ven el partido de la selección en un espacio público, ni con quienes despliegan pancartas insultando a la selección en la plaza de toros de Pamplona (ahí el Gobierno hizo mutis por el foro, no vaya a ser que Otegui se enfade, a diferencia de sus sofocos cuando una minoría lanzaba cánticos supuestamente xenófobos en el estadio del RCD Español). La España real eran, por el contrario, miles de personas lanzadas a la calle con banderas nacionales en mano, no solo en Sevilla, Madrid, Valencia o Zamora, sino en Pamplona, San Sebastián, Tolosa, Vic, Gerona o Rentería, para mayor desesperación de unos paletos agarrados al soberanismo a los que convendría de entrada empezar a viajar. Tal vez no sea mal momento para poner freno a tanta impunidad.
